Columnistas

Hace 50 años: golpe de Estado en Argentina

Tiempo de lectura aprox: 4 minutos, 11 segundos

Me imagino que no debe ser muy habitual que alguien viva la experiencia de dos golpes de Estado en un plazo relativamente breve de su vida. Esa fue, sin embargo, mi experiencia, así como la de muchos otros chilenos, uruguayos, brasileños y bolivianos que, después de que los militares asaltaran el gobierno en sus respectivos países en las décadas de los 60 y 70, habían hecho de Argentina, y en particular de la hermosa ciudad de Buenos Aires, su lugar de asilo temporal. Asilo que, por cierto, iba a ser breve y no exento de riesgos. Como en el caso chileno, tres años antes, las señales de que “algo se venía” circulaban con profusión.

El 24 de marzo de 1976, finalmente, esos signos se materializaron en lo que, en un primer momento, fue un proceso sin el despliegue de violencia espectacular que había tenido el golpe en Chile. Con el correr del tiempo, sin embargo, los militares argentinos desataron una de las más sangrientas campañas de exterminio contra sus “enemigos”. En términos estadísticos, la dictadura argentina, en sus siete años de duración, asesinó o hizo desaparecer a una cantidad de personas aproximadamente diez veces mayor que la que la dictadura de Pinochet mató en Chile (30 mil desaparecidos según el Informe Sábato, frente a los 3 mil y tantos chilenos), y Argentina no tiene diez veces la población de Chile, lo que puede dar una idea de la magnitud de la matanza.

Arribé a Buenos Aires a fines de marzo o comienzos de abril de 1974, tratando de recordar algunos parajes de aquella ciudad que había conocido brevemente 12 años antes, durante un viaje con mi padre. En lo personal, y me imagino que también era la experiencia de los otros chilenos que entonces estaban allí, era un momento de alivio y de relajarse, luego de que uno había dejado atrás la pesadilla de la dictadura en Chile. Unos días después de mi llegada, debería ponerme en contacto con una persona del partido en que militaba. Paradójicamente, una de esas primeras noches en la capital argentina, luego de salir de un café en la mítica Avenida Callao (la misma de la Balada para un loco: “¿No ves que va la luna rodando por Callao…?”) me encuentro con que a lo ancho de la avenida avanzaba una muchedumbre y de pronto puedo escuchar mejor las consignas: “¡Chile no se rinde, carajo, …!”  Era una de las manifestaciones en apoyo al pueblo de Chile y contra la dictadura, que se desplazaba desde el centro hasta el frente de la embajada chilena. Sin duda, era una linda experiencia sentir la solidaridad del pueblo argentino; era como ver realizarse esa expresión de “hermandad latinoamericana” más allá de las palabras.  Y en los dos años que viví en Buenos Aires, tuve muchas expresiones concretas de solidaridad y aprecio que allí tuve ocasión de recibir.

La situación política, sin embargo, pronto empezaría a deteriorarse. El 1º de mayo de 1974 fue el momento en que las “dos almas” del peronismo marcaron su definitiva separación. La Plaza de Mayo estaba repleta; había un ambiente festivo, pero eso solo ocultaba la tensión. Hasta ese momento, Perón había podido reunir en su movimiento a sectores de izquierda, liberales, burócratas sindicales, derechistas y hasta gente de corte abiertamente fascista. En su discurso ese día, sin embargo, dejó en claro que ya no quería en su entorno a la izquierda: “Jóvenes imberbes…” llamó a quienes se atrevían a cuestionar a los viejos burócratas del movimiento sindical. Los Montoneros, a los que Perón una vez había llamado “sus soldados”, ya no eran bienvenidos en las filas del peronismo. Otras destacadas figuras históricas del peronismo, como Héctor Cámpora, fueron desplazadas de sus posiciones de influencia en el Movimiento.




La muerte de Perón, el 1º de julio de ese año, definitivamente selló la total derechización del gobierno peronista, ahora conducido por su viuda Isabel Martínez, aunque en las sombras los hilos los movía un siniestro personaje: José López Rega, un ex cabo de la policía que, en los años de exilio de Perón en Madrid, se había ganado su confianza.

Para los exiliados chilenos y de otros países, a partir de ese momento, la situación también se volvió muy incierta. Allanamientos de hoteles y otros recintos utilizados como refugios para los asilados se hicieron cada vez más frecuentes. Varios chilenos fueron arrestados en 1975 cuando la represión arreciaba. Eso aún bajo el gobierno civil de Isabel.

Al mismo tiempo, la clase política argentina percibía que el gobierno, además de corrupto, era incapaz de afrontar los serios problemas económicos que afectaban al país. En Argentina, era frecuente que esos sectores, ligados a la oligarquía, cuando se enfrentaban a situaciones como la que entonces se vivía, recurrieran a los militares como su tabla de salvación. Si a los militares con ambiciones golpistas se los llamaba “gorilas”, también había una suerte de “gorilismo” enquistado en muchos sectores civiles que, de vez en cuando, abogaban por la intervención de los uniformados. Estos tampoco se hacían de rogar en esto de “salvar a la nación.”

El golpe de Estado de 1976, sin embargo, desató la mayor ola represiva que se haya producido en Argentina y, sin duda, uno de los mayores exterminios de opositores en América Latina. Entre todo eso, en un modo muy similar al chileno, se introdujo a sangre y fuego el modelo neoliberal bajo el Ministro de Economía Alfredo Martínez de Hoz, aunque, curiosamente, ello no se consumó totalmente. Después de todo, Argentina era hasta entonces una de las mayores potencias industriales de América Latina; el modelo importador chocaba con una industria aún fuerte y con una clase obrera fogueada. Irónicamente, fueron gobiernos posteriores, elegidos en democracia, como el de Carlos Menem y la ahora aberrante administración de Javier Milei, los empeñados en liquidar la industria nacional argentina.

Los que definitivamente terminaron muy mal fueron los dictadores que habían usurpado el poder a partir de ese fatídico 24 de marzo: el general del ejército Jorge Rafael Videla terminó muriendo en una cárcel común en 2013 (al revés de Chile, a los militares culpables de delitos de lesa humanidad no se les dio mayores privilegios), el almirante Emilio Massera, murió en prisión en 2010. Probablemente el personaje más patético fue el general Leopoldo Fortunato Galtieri, quien, pensando que se convertiría en un héroe nacional, ideó en 1982 una invasión fallida a las Islas Malvinas, lo que desencadenó la llamada Guerra del Atlántico Sur contra el Reino Unido. Por cierto, el viejo imperio ya no es lo que fue hasta el siglo 19, cuando “Britania domina las olas”, como dice un tradicional himno, pero tampoco está para que cualquier tiranuelo de opereta le venga a robar los huevos… Si algo bueno tuvo ese absurdo episodio, fue el descrédito de la dictadura y de los propios militares (“ni siquiera fueron capaces de hacer el trabajo para el cual se les paga”, decían indignados los civiles que reclamaron el retorno democrático).  El retorno democrático finalmente vino en 1983, pero si uno observa las tendencias actuales y el panorama internacional, hay que ver con preocupación porque en Argentina, como también en Chile, los ecos de las consignas negacionistas se empiezan a multiplicar y habrá que estar muy vigilante porque si se reivindica un supuesto valor en esas atroces dictaduras, se estará dando marcha atrás no sólo en materia de derechos humanos, sino en términos de valores éticos, del sentido mismo de humanidad.

 

Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

 



Foto del avatar

Sergio Martinez

Desde Montreal

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *