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Bachelet sigue en carrera sin Chile: el apoyo de Lula y México expone la impresentable fractura interna

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La candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas ha dejado de ser únicamente una apuesta diplomática para convertirse en un espejo de las tensiones políticas chilenas. Lo que comenzó como un proyecto impulsado por el gobierno de Gabriel Boric, con respaldo regional y ambición multilateral, hoy avanza sin el apoyo de su propio país, pero sostenido por dos de las principales potencias de América Latina: Brasil y México. En esa paradoja —una candidata chilena respaldada en el extranjero pero desahuciada por su propio gobierno— se condensa una disputa más profunda sobre el rumbo político, la memoria reciente y el lugar de Chile en el mundo.

El punto de inflexión fue la decisión del presidente José Antonio Kast de retirar el apoyo del Estado a la postulación de Bachelet, apenas días después de haber asumido el cargo el 11 de marzo. La medida puso fin a semanas de incertidumbre que el propio Kast había alimentado desde su campaña, cuando evitó comprometer respaldo y señaló que evaluaría la candidatura una vez instalado en La Moneda. Finalmente, la decisión llegó en un momento políticamente cargado, en medio de la controversia por el alza de los combustibles y el ajuste del Mepco, un contexto que acentuó la lectura de que el gesto tenía también un componente interno, más allá de los argumentos diplomáticos.

La respuesta no tardó en llegar desde el exterior. Michelle Bachelet confirmó que seguiría en carrera, y casi de inmediato el respaldo internacional se reafirmó. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ratificó el apoyo de su país, mientras que el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, fue aún más explícito. A través de redes sociales, Lula no solo confirmó que Brasil mantendría su respaldo, sino que destacó la trayectoria de la exmandataria chilena como una de las más sólidas para el cargo. “Bachelet cuenta con una sólida trayectoria y el currículum ideal”, escribió, subrayando su experiencia como presidenta en dos ocasiones, su rol como Alta Comisionada de Derechos Humanos y su liderazgo en ONU Mujeres. En el mismo mensaje, fue más allá: la posicionó como una candidata con credenciales para convertirse en la primera mujer latinoamericana en dirigir la organización, capaz de promover la paz, fortalecer el multilateralismo y situar el desarrollo sostenible en el centro de la agenda global.

El contraste es evidente. Mientras Brasil y México insisten en proyectar una candidatura regional, Chile ha optado por dar un paso al costado. Y ese gesto no es menor. Durante décadas, la política exterior chilena se caracterizó por una cierta continuidad, incluso en medio de alternancias políticas. Respaldar a figuras nacionales en instancias multilaterales no era una concesión ideológica, sino una estrategia de posicionamiento internacional. En ese marco, la decisión de Kast rompe con una práctica arraigada y abre interrogantes sobre la orientación futura de la diplomacia chilena.




El argumento oficial apunta a la viabilidad. La Cancillería ha señalado que la dispersión de candidaturas en América Latina y las complejidades del escenario internacional hacían poco probable el éxito de la postulación. Es un razonamiento atendible en términos estrictamente estratégicos. Sin embargo, en política exterior, las decisiones rara vez son solo técnicas. También son simbólicas. Y aquí el símbolo es potente: Chile decidió no respaldar a una de las figuras más reconocidas internacionalmente que ha producido en las últimas décadas.

Esa decisión, además, no puede separarse del contexto político interno. Bachelet no es una figura neutral en la escena chilena. Su trayectoria encarna un ciclo político marcado por la expansión de derechos sociales, la institucionalización del feminismo, un mayor rol del Estado y una activa inserción en el multilateralismo. En ese sentido, su candidatura no solo representaba una oportunidad diplomática, sino también la proyección de un determinado modelo de país. Retirarle el apoyo implica, por tanto, algo más que un cálculo de probabilidades: es una forma de marcar distancia con ese legado.

La paradoja es que esa distancia no encuentra eco fuera de Chile. Para actores como Brasil y México, Bachelet sigue siendo una figura de consenso en el ámbito internacional, con credenciales que trascienden las disputas internas chilenas. Su paso por Naciones Unidas, su experiencia presidencial y su perfil moderado la convierten en una candidata viable en un escenario donde el equilibrio político global es clave. Que su propio país no comparta esa evaluación no debilita automáticamente su posición, pero sí introduce una anomalía difícil de ignorar.

En ese sentido, la candidatura de Bachelet ha pasado a operar en dos planos distintos. En el exterior, se mantiene como una apuesta regional con respaldo significativo. En el interior, se ha transformado en un punto de fricción política, un nuevo capítulo en la disputa por el significado de su legado y, más ampliamente, por el rumbo del país. Esa dualidad no es nueva en la historia chilena, pero pocas veces se había manifestado de forma tan nítida.

Lo que está en juego, en último término, no es solo el futuro de una candidatura, sino la forma en que Chile se relaciona consigo mismo y con el mundo. Apostar por una figura propia en el escenario global implica asumir que la política exterior puede —y quizás debe— trascender las diferencias internas. Renunciar a ello, en cambio, supone aceptar que esas diferencias son hoy más determinantes que cualquier estrategia común.

Bachelet, por ahora, sigue en carrera. Lo hace con apoyo internacional, con una trayectoria difícil de igualar y con una legitimidad construida más allá de las fronteras nacionales. Chile, en cambio, observa desde una posición incómoda: ni protagonista ni opositor, sino espectador de una candidatura que ayudó a impulsar y que ahora decide no acompañar.

En esa distancia se juega algo más que una elección en Naciones Unidas. Se juega, también, la definición de qué tipo de actor quiere ser Chile en el mundo.



  1. Serafín Rodríguez says:

    Ya veremos cuán efectivo puede ser el apoyo internacional a Bachelet ante el eventual veto de EE.UU. con una presidenta de México que silenciosamente ha bajado la cervis ante Trump en cuanto al envío de petróleo a Cuba, entre otras cuestiones, y un vociferante Ptesidente anti-Trump en Brasil, quien además bien podría perder la reelección ante su contendor de extrema derecha.

    En cuanto al cacareado papel que podría jugar Chile en el mundo, es muy probable que, en los tiempos que corren, nunca logre superar las patéticas videoconferencias entre Boric y Zelenski, a menos de que se trate de algo por el mismo estilo.

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