
La disonancia sobre la Caja Fiscal es más que simple disonancia
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Sobre el Estado y la intención de clase
Las interpretaciones disonantes sobre la realidad de las finanzas fiscales encierran un asunto de perspectiva y conveniencia. Tanto el Estado como su función social se ven desde diferentes miradores, y los hechos históricos confirman que cuando la derecha se hace cargo del gobierno, lo hace desde su “legítima” convicción de que el Estado es suyo, porque así es en definitiva.
La derecha llega a poner orden en su casa, porque el actual Estado ha sido fundado como lo que es: el órgano de administración e imposición de los intereses de la clase dominante, que en este preciso caso, son los intereses de la burguesía.
Lamento que a la “nueva izquierda” y al progresismo le resulten incómodas las categorías del análisis del marxismo clásico, pero ya vemos dónde estamos con el abandono de esa conceptuación medular y precisa que ordena los intereses fundamentales de los trabajadores, frente a lo más relevante de la organización política del poder, que en su lógica esencial permanece intacta desde a lo menos un par de siglos, maquillajes más, maquillajes menos.
Este abandono (relativo) que hoy obnubila la teoría política como herramienta del campo popular en una híper-conceptuación microcategorial, ha operado como una compulsión inocua y estéril para enfrentar la sobre-fragmentación posmoderna que se eleva sobre un imaginario sin pie, y hace del posmodernismo –precisamente- la herramienta necesaria para que los nodos de dicho campo social operen sin ninguna capacidad de dar las puntadas con hilo que se requieren con urgencia para avanzar hacia las estructuras estratégicas del poder.
Desde la mirada de Quiroz (hoy Ministro de Hacienda y antes, organizador de más de un gran fracaso administrativo en su currículo; artífice de la criminal “colusión de los pollos”, y defensor férreo de los intereses de los grandes poderes económico-privados), la interpretación de la caja fiscal le es funcional, aunque falaz. Ya todos sabemos que diciembre, como punto de corte para el balance, le es muy conveniente y los datos no son falsos. No obstante, está claro que dicho corte no da cuenta del verdadero estado de las finanzas fiscales a fin de evaluar el real estado financiero con que se reciben dichas arcas, lo que ya se ha dicho y se ha demostrado con suficiente solvencia técnica por numerosos especialistas del área. Así también, sabemos de las maniobras obstruccionistas de la derecha, en ambas Cámaras, en función de entorpecer la distribución y ejecución del presupuesto fiscal durante su reciente operación opositora. También sabemos que las medidas correctivas se pretenden avalar mañosamente desde esta lectura sesgada de la realidad financiera del fisco, y se hacen pesar sobre los bolsillos de los ciudadanos peor posicionados en la escala de ingresos y de precarias condiciones patrimoniales, al mismo tiempo que se beneficia con disminución de carga tributaria a los sectores de mayores ingresos y a las megaempresas, desde el gastado pero aún vigente y absurdo imaginario del “chorreo” tan bien instalado por la narrativa neoliberal durante la dictadura militar.
Lo que está demasiado claro es que los sectores que no somos dueños de este Estado de poderes fáctico-empresariales, y la corrosión de la ideología dominante no ha calado toda nuestra epidermis, hacemos otra lectura particular de la realidad y de los datos, que resulta disonante con la férrea defensa de una concepción catastrófica del soporte económico del Estado, sin desconocer sus carencias en los marcos reguladores de las políticas de recaudación fiscal.
Desde esta contraparte consideramos necesario focalizar esfuerzos en disminuir las desigualdades propias del modelo económico sacralizado sobre la libertad absoluta del mercado y la desregulación estatal.
Nuestras orientaciones son otras, son otros nuestros intereses, y otras son nuestras evaluaciones de escenario y conveniencia, porque nuestro ideario también es diferente; porque no hemos perdido de vista que el desarrollo social se contrapone a la lucha frenética por la concentración privada del capital, aunque nuestra mirada no necesariamente converja en la demonización de todo lo privado, como un cierto fundamentalismo pudiera suponer y como convenientemente se pregona desde la propaganda terrorista del empresariado.
Comprendemos que la dinámica del mercado cumple un rol fundamental en la estimulación del motor de la economía, tal como lo ha confirmado con fuerza irrefutable la experiencia de China, que dicho sea de paso, deja en absoluto ridículo el imaginario instalado de que los socialismos reales y economías planificadas con sólido control del Estado, han fracasado en el mundo. Por cierto ya podemos tener claros signos históricos que demuestran las posibilidades de desarrollo alternativos sin caer en fundamentalismos básicos, al punto que hoy, con mucha mayor solidez que lo que hiciera la URSS, el gigante asiático comienza a rayar la cancha y a poner condiciones a quienes se emborracharon con el abuso del poder global, pensando que eran Pedro, y el mundo, su casa.
Bajo las actuales premisas de nuestra historia paisana, el diálogo y el acuerdo pueden operar en breves trechos del camino, pero nos encontramos lejos de compartir las mismas estaciones terminales, porque aún la patronada no despega de un cierto barbarismo cultivado desde la permanente acción de poderes subyugantes -nacionales y extranjeros- de intereses pequeños, que como bien nítido se muestra hoy en diversos puntos del planeta, corren el velo para mostrar su descomposición moral.
Estamos los que no nos alineamos con esa (y esta) barbarie, cuya indolencia no se altera en sus prácticas hipócritas, embadurnadas de una “fe religiosa” que nadie entiende si no es desde esa avidez enferma y desde el desprecio a la otredad.
Así, cuando las condiciones históricas lo ameritan, se expresan profundas e inconciliables diferencias que suelen llegar a grados de contradicciones y confrontaciones que nuestra historia ya conoce.
Sin duda el problema del poder es un problema pendiente, del cual no nos hemos hecho cargo claramente los sectores que debiéramos hacernos cargo de ello, para dejar de ser los bailarines feos en una fiesta que no nos pertenece.
Un pueblo sin referentes políticos claros no podrá hacer mucho más que jugar a la gallinita ciega, y esto ha quedado más que demostrado, tanto con los resultados del estallido social, como con los procesos constituyentes y con la elección de la peor alternativa para nuestros propios intereses: este gobierno de Kast y los “piérdete una”, que sin pudor alguno, en un dos por tres, han saturado al Estado de operadores con los peores antecedentes de probidad, salvo (solo por dar una chance) las excepciones que puedan existir. Y ante esta situación establecida en el actual escenario político y social, los partidos de esa izquierda residual del siglo XX deben tener la altura de asumir sus responsabilidades y disponerse a un salto cualitativo, sin el cual Chile seguirá constituyéndose y rodando históricamente como el latifundio que siempre ha sido.
Marcos Uribe





