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Sudán ante el riesgo de desintegración: la advertencia de Minni Minawi en Ginebra

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Mientras Sudán se hunde en una guerra prolongada que ha desmantelado el Estado, devastado ciudades enteras y desplazado a millones de personas, la voz de Minni Arko Minawi resuena en Ginebra como un llamado urgente a la comunidad internacional. En el 61º Consejo de Derechos Humanos, el gobernador de Darfur advierte sobre un país al borde de la fragmentación, atrapado entre la violencia de las Fuerzas de Apoyo Rápido, la intervención de potencias regionales y el colapso de las instituciones civiles. Su presencia en Suiza busca romper el silencio global y alertar sobre un riesgo que ya no es hipotético: la posible desintegración territorial de Sudán.

En Ginebra, durante el 61º Consejo de Derechos Humanos, la delegación sudanesa encabezada por Minni Arko Minawi expuso una preocupación que atraviesa hoy todas las capas del país: la posibilidad real de que Sudán se fragmente. No se trata de un temor abstracto ni de un recurso retórico. Para quienes representan al gobierno alineado con las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF), la continuidad territorial del país está en juego. La frase pronunciada en la conferencia de prensa lo resume con una claridad inquietante: «La partición… es un riesgo fundamental… Es por ese riesgo que estamos aquí.»

La advertencia se inscribe en un contexto de colapso estatal sin precedentes. Desde abril de 2023, la guerra entre las SAF y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) ha destruido las estructuras administrativas, ha vaciado las instituciones civiles y ha multiplicado los centros de poder armados. En amplias zonas del país, el Estado ha dejado de existir como autoridad efectiva. Las RSF controlan territorios enteros en Darfur, Kordofán y partes de Jartum; otras regiones están bajo la influencia de milicias locales, grupos armados históricos o redes económicas autónomas.

La fragmentación territorial no sería, por tanto, un acto formal decidido en una mesa de negociación, sino un proceso de facto que ya está en marcha. La guerra ha generado economías armadas regionales, donde el oro, el contrabando y las rutas transfronterizas sostienen estructuras militares paralelas. El control territorial por milicias ha sustituido a la administración pública en numerosas localidades. El colapso del Estado central ha dejado a millones de personas sin servicios básicos, sin protección y sin un marco político común. Y la ausencia de un proceso político inclusivo impide imaginar un horizonte compartido que pueda recomponer el país.




En este escenario, la partición aparece como una consecuencia lógica de la prolongación del conflicto. No como un proyecto político explícito, sino como el resultado de la erosión acumulada de la soberanía estatal. La comparación con Libia o Somalia no es exagerada: Sudán se desliza hacia un mosaico de territorios administrados por actores armados, cada uno con sus propias alianzas regionales, sus economías de guerra y sus lógicas de control social.

Un país desgarrado por la violencia

La delegación sudanesa insistió en que la guerra actual reproduce, con una escala ampliada, los patrones de violencia que marcaron Darfur en los años 2000. Las RSF son presentadas como la continuidad directa de las milicias yanyawid responsables de las masacres de aquella época: «Los mismos yanyawid… cometieron el genocidio… más de 300 000 personas… y hoy han cambiado de nombre: Fuerzas de Apoyo Rápido.»

Los testimonios sobre las atrocidades recientes son estremecedores. En Darfur Occidental, la delegación describió episodios de exterminio masivo: «En tres días mataron a unas 8.000 personas… En El-Fasher mantuvieron la ciudad bajo asedio durante casi dos años.»

La violencia no es solo militar: es estructural. La destrucción de hospitales, escuelas, mercados y redes de agua ha convertido la vida cotidiana en un ejercicio de supervivencia. Millones de personas han sido desplazadas, muchas hacia Chad, Egipto o Sudán del Sur, en una de las crisis humanitarias más graves del mundo.

La dimensión regional del conflicto

Para Minawi y su delegación, la guerra no puede entenderse sin la intervención de actores externos. La acusación más contundente se dirige a Emiratos Árabes Unidos, señalados como responsables de alimentar la maquinaria militar de las RSF: «Estamos aquí para transmitir nuestro mensaje… En Sudán hay una invasión extranjera… Los Emiratos Árabes Unidos han destruido muchas ciudades y han matado a numerosas personas.»

El conflicto sudanés se ha convertido en un espacio donde convergen intereses económicos —especialmente el oro de Darfur— y rivalidades geopolíticas. Países vecinos como Chad o Etiopía aparecen en la transcripción como territorios utilizados para el tránsito de armas o como plataformas logísticas. La guerra, así, deja de ser un enfrentamiento interno para convertirse en un conflicto regionalizado, sostenido por redes transfronterizas y economías ilícitas.

La búsqueda de una respuesta internacional

En Ginebra, la delegación sudanesa reclamó una posición más firme de la comunidad internacional. La demanda es explícita: «Necesitamos un lenguaje muy claro y significativo que condene el genocidio… y que la comunidad internacional se comprometa a llevar a todos los criminales ante la justicia.»

La expectativa no se limita a declaraciones simbólicas. Se exige un compromiso con la justicia internacional, con la protección de civiles y con la interrupción de los flujos de armas y recursos que sostienen la guerra. La delegación insiste en que la ONU y los Estados deben asumir su responsabilidad colectiva ante un conflicto que amenaza con desbordar toda la región.

Los desafíos que siguen abiertos

Sudán enfrenta una serie de desafíos estructurales que determinarán su futuro inmediato:

  • Reconstruir la protección de los civiles: Las masacres en Darfur, Kordofán y Jartum exigen mecanismos de monitoreo independientes y presión internacional coordinada para detener los ataques contra la población.
  • Desmantelar la economía de guerra: El oro, las rutas de contrabando y el flujo de armas —especialmente desde Emiratos Árabes Unidos— sostienen el conflicto. Sin intervenir estos circuitos, cualquier proceso de paz será frágil.
  • Restablecer un horizonte político común : La fragmentación territorial amenaza con consolidarse. La reconstrucción del Estado requiere una arquitectura política que supere el reparto de cuotas entre facciones armadas.
  • Reconfigurar el papel de la comunidad internacional : La ONU y los Estados deben pasar de la gestión humanitaria de la catástrofe a una estrategia política que aborde las raíces del conflicto: militarización, desigualdades regionales, economía extractiva y manipulación externa.

Un país al borde del abismo

La voz de Minni Minawi en Ginebra no es solo la de un dirigente político: es la expresión de un país que intenta hacerse oír desde el borde del abismo. Sudán vive una de las peores crisis humanitarias del mundo, y la comunidad internacional sigue atrapada entre declaraciones y silencios.

La pregunta que queda abierta es si este llamado será suficiente para evitar que Sudán se desintegre o si el país seguirá avanzando hacia una fragmentación que, una vez consolidada, será difícil revertir.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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