
La violencia como síntoma de un país enfermo de neoliberalismo
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Un muchacho de cuarto año medio asesina a puñaladas a una profesora y deja gravemente heridos a otras personas. En otro lugar, un estudiante recibe una golpiza por parte de sus propios compañeros. Más allá, muchachos menores de edad irrumpen en una casa con extrema violencia. Asaltos, riñas, golpizas, amenazas que involucran a jóvenes en edad escolar se suceden en todas las regiones del país. Surge el escándalo entre los ineptos que dirigen el Estado y sostienen el orden.
Pero ¿de dónde viene esa violencia?
Se multiplican las voces que exigen medidas para evitar esos casos. Las autoridades, junto con lamentar los luctuosos hechos, aseguran que se tomarán medidas para evitarlos. Se ofrecen planes y argumentan amenazas. En las escuelas se discute la pertinencia y necesidad de la instalación de tecnología que detecte el paso de armas hacia los establecimientos. Se idean protocolos y medidas.
Pero no pasa nada. Y no va a pasar si lo que se quiere es terminar con la violencia.
El cinismo de un sistema, una cultura, que falsea las cosas y no ve en donde ni siquiera mira, centra en las escuelas y los hogares la responsabilidad de evitar, controlar y reprimir estas conductas que, al parecer, salen de la nada y se instalan en niños y jóvenes que, por razones que nadie, o muy pocos se dan el trabajo de explorar, salen a golpear, amenazar y matar a propósito de nada. O por dos chauchas.
¿Qué origina este tipo de violencia que se ha encarnizado con muchachos que deberían estar en la escuela?
Sobre todo ¿qué hace el Estado?
Despejado los casos psiquiátricos descontrolados, lo cierto es que hay una violencia basal instalada en el seno de la sociedad que los administradores del poder del Estado no han sido capaces de controlar. Ni podrían, de querer.
El sistema, la cultura imperante, el orden, cierra los ojos mediante el expediente de decir que los tiene abiertos.
Durante decenios el sistema ha sobado donde no duele.
La cultura neoliberal, la del éxito a como dé lugar, oculta muy bien las condicionantes para que la sociedades se degraden al extremo de hacer que sus niños maten y mueran. Entre otras medidas, instala la escuela como dispositivo de reproducción legítima de un orden inmoral y a la policía como el brazo secular para contener, o intentar hacerlo, a los más audaces.
Así, se intenta buscar responsables en personas o instituciones que no juegan otro rol que administrar y reproducir los mecanismos que arman y sostiene el orden que genera las condiciones para una sociedad esencialmente violenta.
Lo que sucede con los jóvenes reclutados por la violencia en todas sus gamas, es un producto necesario de un orden económico, es decir cultural, que deshumaniza a las personas, las trata como números, como materias primas del enriquecimiento obsceno de un puñado de inmorales.
Un sistema al cual le da lo mismo cómo la gente nace, se alimenta, se educa, trabaja o se muere si en la suma ha sido un gasto menor y como ganancia un producto al alza.
La primera violencia es la explotación que obliga a millones a vivir del crédito que ya paga otros. Violencia es la escuela pública paupérrima por una decisión ideológica. Es una salud que mata. Un medio ambiente cercado de delincuencia, suciedad, abandono, desprecio y abuso. Es la condena a que los viejos mueran pobres. Violencia es creer que para tener una vida mejor es necesario pasar por sobre otro.
El sistema capitalista es necesariamente inmoral porque se alimenta del sufrimiento de las personas a las que explota sin que estas mismas se den cuenta y, peor aún, creen que el patrón, esa sombra omnipresente, les hace un favor dándoles un trabajo miserable, un crédito insalvable, un barrio de espanto y una vejez infame.
La humanidad está en una peligrosa cornisa porque el sistema que ha impuesto el precio por sobre el valor, ya no da para más. Algo huele mal no solo en Dinamarca.
Es la crisis.
El sistema creado para que un puñado de miserables dominen a miles de millones está siendo cuestionado y sus cimientos se debilitan en los campos bombardeados, en los déficit casi terminales de la vasalla Europa, cuando el campeón de los campeones del capitalismo es desafiado al extremo de entrar en un vórtice del cual será difícil, sino imposible, salir.
Mientras tanto, en este extremo del planeta comenzamos hace rato a ver los resultados de esa cultura que tambalea, pero que se sostiene solo por la miopía, flojera y anomia de quienes pueden hacer algo más.
Los detectores de metales de las escuelas no servirán sino para hacer ganar dinero al que los venda y a los que tramiten el decreto que los legalice.
Esos niños que asesinan imitando lo que pasa en otros lados son la representación de una cultura que no debería tener espacio en un país sano. Pero es fácilmente comprensible si se tiene en cuenta que esta sociedad está enferma de neoliberalismo, eso que explota, depreda, humilla, desprecia y expone razones para que un niño que debería estar en la escuela pruebe que el éxito va por la vía de robar y matar.
Ricardo Candia Cares





