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Quién se quedó con las joyas

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El llamado a donar joyas para recuperar el país se convirtió en algo así como el grito de una herida que necesita urgente ser sanada.

En esos momentos de extrema locura militar, cuando todo el país era una larga cárcel, en cadena nacional y al borde de las lágrimas, luego de comentar las paupérrimas arcas fiscales, había que darlo todo.

Salvemos Chile, sonaban con banda de música los gritos desde los cuarteles.

Despójense de sus joyas, con ellas vamos a iniciar el amanecer de la patria anunciaban los carteles en todas las oficinas públicas. También colgaban los anuncios de los que eran intensamente buscados para que rindieran y dieran cuenta de sus conductas. Algunos ya habían sido fusilados como José Liendo, Joan Alsina y otros encarcelados en isla Dawson.




Los zarpazos del puma seguían matando carne en el norte y el sur de Chile.

Comenzaban a llegar los familiares a la Vicaría de la Solidaridad para preguntar cómo hacer para buscar a sus familiares que fueron detenidos y que se encontraban desaparecidos.

Comprométase con Chile fue bautizado este llamado que sin lugar a dudas se convirtió descaradamente en un robo del cual las que más aprovecharon fueron las esposas, amantes bañadas en perfumes traídos de Paris de los altos mandos militares.

Los medios de comunicación clausurados y otros con presencia militar permanente, sólo actuaban como ventrílocuos o voceros de la junta militar. Jamás se publicó alguna foto del baúl donde fueron depositadas perlas naturales, camafeos y hasta dólares. Había poco miedo en el sector donante, más bien un quedar bien con los nuevos administradores que portaban armas, y que desde la radio Moscú denunciaban lo que sucedía en el país.

Cambie argollas con la patria anunciaba la propaganda. Entregada las argollas de oro la patria te devolvía una de cobre, el intercambio tenía un ganador el bando militar. En esos tiempos en que las cartas estaban todas marcadas y se iniciaba una noche de más de 17 años.

Acompañada esta campaña con la difusión de un llamado Plan Zeta que en la jerga militar consistía en la eliminación que haría la izquierda de los militares, sus familiares, y la apropiación de parte del Estado de casas y sus fábricas. Haber impedido la violenta agresión soviética era una cuenta que era necesario pagar.

Posiblemente sean esos los primeros inicios de esos largos años de robos, bonos, trafico de drogas, boletas, facturas y timbres falsos. La corrupción se convirtió en el cura que aceptaba las confesiones en la misa del domingo.

Por esos meses lentamente se fueron entregando los asesinos del general René Schneider. Coincidieron en aquella acción de extrema violencia contra el general, oficiales, civiles y el cura Karadima, quien escondió a los que dispararon contra el comandante en jefe del ejército. Aquella puede ser la razón del porque en página entera de El Mercurio tantos conspicuos chilenos, voceros y dueños de grupos económicos, se cortaron las venas para defender a uno de los peores maltratadores y abusadores sexuales que recuerde la historia de la iglesia católica chilena.

Los asesinos del comandante en jefe del ejército fueron todos amnistiados. Rafael Avilés, Adolfo Ballas, Luis Gallardo, Javier Ebel Vial, Allan Leslie, Diego Izquierdo, Jorge Arce, Juan Luis Bulnes y otros. El decreto fue firmado por Gonzalo Prieto Gandara, ministro de justicia de la dictadura.

Todos fueron obsequiados por su aporte al golpe militar. Los camioneros recibieron la responsabilidad de transportar toda la carga por carretera, ellos principalmente por haber cumplido con su deber patriótico y haber aceptado la generosidad en dólares que era entregada en la embajada de los Estados Unidos. Tiempo después los ferrocarriles, una de las empresas del Estado muy antigua guardaba los dinosaurios de fierro condenados al fuego eterno. Desde esos tiempos usan vestimentas de lacayos y serviles.

Eduardo Frei y su esposa con el pecho constreñido recibieron dignamente una argolla de cobre que a la semana ponía el dedo anular de color negro. El costo había que asumirlo. Muchos años después los militares no tuvieron asco en asesinar al presidente de Chile 1964-1970.

Las joyas con perlas fueron asistentes y danzarinas permanente en las fiestas de la casa del comandante en jefe, posteriormente autoproclamado capitán general. Nunca se conoció en detalle lo entregado, ni los nombres, al parecer existió un baúl que así como pasaban los años, fue disminuyendo su volumen producto de las garras y rapiña que existía ya desde esos tiempos en los cuarteles.

Pasada ya la borrachera golpista nadie habló de las piedras preciosas, nadie conoció ninguna casa construida con esas perlitas brillantes, menos un puente, ni una escuela. Todo se alojó en el olvido. Se comenta que de tarde en tarde los donantes se quejaban en voz baja, pero en esos tiempos la vieja ya había pasado. Alguna suspiraba porque su nieta no usaría un colgante con dibujos chinos que estaba acomodado en diamantes comprados en la ciudad de Amberes en Bélgica.

Lentamente se fue instalando al interior de los golpistas el gusto por el dinero, el lujo, la reverencia, el auto con olor a nuevo.

La patria maltratada desde sus cimientos. Los ciudadanos que se despidieron de este mundo con el muro marcado en sus espaldas. Las casas de tortura en el trabajo más infernal y condenable. Tantas cartas escritas que se quedaron en el tiempo con letras cargadas de promesas y besos. Los muros de las prisiones donde estaba escrito que había estado allí.

Establecer que fue la Operación Colombo que permitió conocer las acciones en conjunto de los aparatos represivos de Chile, Argentina, Paraguay. Los agentes de Estado actuaron a su regalado antojo, nacidos para matar y convirtieron la tortura en un asunto cotidiano.

Asombra en los tiempos actuales tanta oficialidad militar ocupando cargos de representación popular en el congreso, justamente el primer poder del Estado cerrado por orden de la dictadura militar. La extrema derecha espera su hora para seguir desde los cuarteles y dispuesta al llamado para volver a ser los serviles de siempre.

De las joyas regaladas a la patria sabemos que adornan los delgados y finos cuellos que se levantan erguidas cuando recuerdan como fueron conseguidas a tan bajo valor.

 

Pablo Varas

 



Pablo Varas

Escritor

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