
El sello Kast: pretensiones de empatía sepultadas por la realidad
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Si hubiera que elegir una imagen del primer mes de gobierno de José Antonio Kast, la más precisa para sintetizar el sello de su mandato es la de una estudiante de la Escuela de Formación Penitenciaria de Gendarmería quien, situada en primera fila, se desvanece durante un discurso del mandatario. Mientras la aspirante a oficial se desploma y es asistida por un grupo de personas, Kast se voltea, observa el desmayo y continúa con la lectura del discurso que debía haber pronunciado dos horas antes. Porque ese lapso llevaban parados los estudiantes sobre una tarima expuestos al sol, sin acceso a agua, en espera del arribo del Presidente de la República.
Antes se habían desvanecido otros dos aspirantes. En vez de detener su discurso y acercarse a la tercera joven afectada por el golpe de calor, José Antonio Kast se permitió hacer no uno sino varios chistes en torno a la situación. “Pedimos las disculpas por el retardo porque el retardo causa estragos… dentro de la infraestructura que nos falta la directora nos decía que faltaba sombra”, dijo en un intento fallido de sacar risas e hizo una concesión: anunció que leería más rápido para no aburrir a la audiencia.
Qué más gráfico que lo sucedido en la Escuela de Oficiales para dejar en evidencia la impronta del gobierno. Un presidente distante, falto de empatía, que observa con desdén a los ciudadanos y que da órdenes para que otros se hagan cargo de los “estragos” provocados por él (“vamos a pedir al doctor que asuma su rol”). Un mandatario incapaz de tomarse en serio una emergencia real como el colapso de tres afectadas por un golpe de calor.
Todo ello contrasta con la puesta en escena nocturna del miércoles 8 de abril en La Moneda, cuando José Antonio Kast apareció junto a las ministras Mara Sedini, de la Secretaría General de Gobierno; Trinidad Steinert, de Seguridad Pública; María Paz Arzola, de Educación; Judith Marín.de Mujer y Equidad de género; Natalia Duco, de Deportes; Francisca Toledo, de Medio Ambiente; y Ximena Linconao, de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, además de su esposa María Pía Adriasola, quien permaneció en segunda fila. El punto de prensa había sido diseñado para apoyar a la ministra Lincolao, quien había sido agredida en la tarde del mismo día por un grupo de alumnos de la Universidad Austral de Valdivia.
Kast aprovechó la mise en scéne -seguramente diseñada por su asesor Cristián Valenzuela- para respaldar a Mara Sedini por los “signos de violencia” ejercidos en su contra, a Judith Marín por los “momentos difíciles” vividos y a Natalia Duco por “algunos que osaron alzar la voz porque piensan distinto”. Ese despliegue impostado de empatía y de apoyo casi paternal hacia sus ministras se revelaría al día siguiente como un contrapunto de su actuar despectivo frente a los estudiantes descompensados. Con pocas horas de diferencia su lenguaje había mutado desde un discurso protector a uno indolente adornado con chistes de poca monta.
Si con la performance junto a las ministras pretendía figurar como un “pater familia” que se preocupa del bienestar de los integrantes de su familia, esa pretensión se desplomó con el episodio de la Escuela de Gendarmería, dejándolo a la par de esos individuos narcisistas que prefieren autocelebrar sus ocurrencias deslavadas mientras el resto cuenta los minutos para que acabe su perorata.





