
Llegaron al poder y se rindieron: qué asustó a la generación del recambio
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La pregunta no es por qué esta generación se derechizó. Esa explicación es demasiado cómoda, casi automática. La pregunta incómoda —la única que vale la pena hacerse— es otra: ¿qué vio cuando llegó al poder?
Porque el giro no ocurrió de improviso, ni fue producto exclusivo de derrotas electorales o correlaciones adversas. Ocurrió antes, en silencio, sin estridencia. Ocurrió cuando la generación que decía venir a cambiarlo todo se enfrentó al Estado real y descubrió que no tenía con qué.
Vio el Estado tal como es: burocrático, capturado, con inercias profundas, atravesado por intereses que no aparecen en los programas de campaña. Vio al empresariado organizado, disciplinado, con capacidad de presión permanente. Vio a los mercados, a las clasificadoras de riesgo, a la prensa económica. Vio los teléfonos sonar. Vio los informes “técnicos” que delimitan lo posible.
Y frente a todo eso, no tuvo una respuesta política.
No es que no supiera que eso existía. Es que no estaba preparada para enfrentarlo.
Esta generación llegó al gobierno con un discurso encendido, con una retórica de ruptura, con promesas de reformas profundas. Pero no llegó con una convicción estratégica, ni con un programa realmente asumido como horizonte de conflicto. Gobernar implica confrontar intereses. Implica decidir a quién se incomoda. Y ahí apareció el vacío.
La adaptación fue inmediata. No traumática. No hubo pelea.
Por eso el giro no se explica solo por “pragmatismo” o “maduración”. Se explica por algo más grave: una irresponsabilidad histórica. Porque quienes pidieron el mandato de millones de personas para transformar el país no tenían la disposición ni la claridad para sostener ese mandato cuando el costo apareció.
No estaban preparados.
Y esa falta de preparación no es solo técnica; es política e ideológica. Porque cuando se entra al poder sin un proyecto realizable —no en términos administrativos, sino en términos de voluntad— lo que queda es adaptarse al orden existente y llamar a eso gobernabilidad.
El contraste entre el discurso inicial de Gabriel Boric y lo que efectivamente se hizo no tiene muchos precedentes en la historia política chilena reciente. No se trata de matices ni de ajustes. Se trata de un viraje completo. De una distancia abismal entre lo prometido y lo ejecutado.
No porque las reformas no avanzaran lo suficiente. Sino porque el conflicto fue abandonado como método. El gobierno eligió no tensar. Eligió no disputar. Eligió no incomodar. Y en política, cuando se renuncia al conflicto, se renuncia a la transformación.
El punto de inflexión fue temprano. La señal inaugural fue clara: el Ministerio de Hacienda, el lugar desde donde se define qué es posible y qué no, fue entregado desde el primer día a un representante de la continuidad. No fue una imposición externa. Fue una decisión. El mensaje fue leído de inmediato: no habrá cambios que alteren el corazón del modelo.
A partir de ahí, todo fue coherente. Coherente con esa renuncia inicial.
No hubo una traición dramática ni un golpe de timón forzado. Hubo algo más silencioso y más profundo: un vaciamiento del contenido original. El lenguaje progresista se mantuvo, pero desprovisto de filo. Las palabras siguieron, pero ya no empujaban nada.
El resultado fue devastador para la relación entre política y sociedad. Porque millones de personas no solo vieron frustradas sus expectativas: vieron confirmada la idea de que la política promete una cosa y hace otra. No por cinismo, sino por incapacidad.
Y aquí aparece la dimensión generacional. Esta generación —formada en la movilización, en la denuncia, en la crítica— no supo gobernar sin renunciar a sí misma, porque nunca resolvió qué estaba dispuesta a perder para cambiar algo. Quiso el poder sin el costo del poder. Quiso gobernar sin enemigos. Quiso administrar sin conflicto.
Eso no es ingenuidad. Es irresponsabilidad política.
Porque cuando se convoca a una sociedad agotada, desigual, frustrada, y se le promete transformación, no basta con buenas intenciones ni con sensibilidad discursiva. Se requiere convicción, incluso para fracasar luchando. Aquí no hubo fracaso luchando. Hubo abandono.
La consecuencia histórica está a la vista. Al vaciar de contenido la promesa de cambio, el gobierno dejó un espacio enorme. Ese espacio no lo llenó la apatía, sino el autoritarismo. Kast no inventó nada nuevo. Ocupó el vacío que dejó una generación que no supo —o no quiso— estar a la altura de su propio discurso.
La pregunta, entonces, no es qué hará ahora esa generación en la oposición. La pregunta es si será capaz de mirarse sin autoengaño. Porque mientras siga explicando su giro como una imposición externa y no como una renuncia interna, seguirá sin entender por qué perdió.
No se le pedía heroísmo. Se le pedía coherencia.
No se le exigía una revolución. Se le exigía no hacer lo contrario de lo que prometió.
La historia política chilena es dura con quienes llegan al poder sin convicción. Esta generación tuvo una oportunidad que otras no tuvieron. Y la dejó pasar sin pelear. Ese es el dato. Todo lo demás son excusas.
Félix Montano






Felipe Portales says:
Claramente, la generación del FA nunca tuvo consistencia doctrinaria e ideológica propia. Por algo la Concertación-Nueva Mayoría ¡apoyó (algo que generalmente se olvida) a Jackson en su primera elección como diputado! y los antecesores del FA entraron al gobierno concertacionista-nuevomayoritario en el Ministerio de Educación. Resultaron ser -como se dijo en su momento- los «hijos de la Concertación». Por tanto, tampoco debemos sorprendernos mucho de algo de extrema importancia y que el articulista soslaya: Que el gran vuelco del FA se produjo el 15 de noviembre de 2019, cuando Boric se convierte en personaje clave de la virtual rendición que significó el vergonzoso pacto efectuado ese día que, maquiavélicamente, con el nombre de un acuerdo que posibilitaría una nueva Constitución democrática, la impidió en la letra chica, al contemplar que cualquier alternativa que ganase en un plebiscito, dicha Constitución exigiría el quórum completamente antidemocrático de ¡dos tercios! vulnerando la regla democrática de la mayoría absoluta. Es decir, le dejaba a las derechas el poder de veto con un tercio de los convencionales electos. Y pocos días después, «El Mercurio» le «abrió sus puertas» en una extensa entrevista a… Gabriel Boric.