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Ruido, revolución y confusión estratégica

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En toda crisis real, lo primero que se desata no es la claridad, sino el ruido. Las palabras del enemigo están llenas de engaño. Pero hoy el engaño rara vez viene rotulado como tal: circula como “análisis sensato”, como distancia crítica, como explicación rápida que reemplaza la historia por la opinión y la política por una moral de ocasión.
Ninguna revolución es perfecta. Nunca lo ha sido. Exigir pureza, coherencia absoluta y resultados inmediatos no es rigor: es idealismo impotente. Y en el período histórico que vivimos de crisis sistémica del capitalismo, ofensiva imperial abierta y reordenamiento geopolítico, las revoluciones no son un ejercicio retórico, sino una necesidad material.
Hablar de Venezuela sin hablar del descalabro previo al chavismo es una operación ideológica básica. La miseria estructural, el saqueo de los recursos, la exclusión obscena de grandes mayorías, desaparecen del relato. La historia comienza siempre donde conviene al juicio posterior. Todo lo que vino después se evalúa como si hubiese ocurrido en condiciones normales, cuando en realidad el proceso bolivariano ha gobernado bajo bloqueo, sabotaje económico, guerra financiera, desinformación permanente, intentos de golpe y presión externa constante. Es decir, todas las condiciones diseñadas para que cualquier gobierno fracase.
Y sin embargo, persiste.
Cuando falta estrategia y lectura del terreno, lo que aparece es el desorden. Quien carece de una estrategia clara, se agita en el desorden. En ese vacío prospera una crítica que se presenta como escepticismo lúcido, pero que termina atrapada en un circuito conocido: relecturas interminables, dudas permanentes, balances morales que jamás se miden contra la realidad material. Mucha severidad discursiva, poca comprensión histórica.
Es una crítica que siempre llega tarde y siempre llega desde arriba. Que se dice independiente, pero que repite con un tono más sofisticado, los marcos narrativos de los medios empresariales. Que no propone estrategia, pero sí exige resultados; que no asume correlación de fuerzas, pero sí reparte certificados de legitimidad.
El rumor, en este contexto, no es inocente. Cuando los rumores se multiplican, el mando está debilitado. No porque todo sea falso, sino porque el conflicto por el sentido está abierto. Y en ese terreno, confundir análisis con chisme, proceso histórico con caricatura moral, es funcional a quienes necesitan que la política se vuelva ruido.
Ahí se inscribe también la operación imperial más reciente, mal llamada “quirúrgica”. Lo que se buscaba no era solo golpear a una figura, sino provocar un escenario: masas desorientadas en la calle, fractura interna del chavismo, disputas intestinas, quiebre del mando político y, en última instancia, la desestructuración del proceso bolivariano. Un golpe de Estado por implosión, administrado desde el caos.
El cálculo era claro: sin conducción visible, vendría el desorden; con el desorden, el relato del fracaso; y con ese relato, la legitimación de una salida tutelada. Pero ese guion no se cumplió. No hubo la guerra interna que se esperaba, no hubo el vacío de poder imaginado, no hubo la rendición simbólica que algunos ya daban por hecha desde los estudios de televisión y las redes sociales.
Quien habla sin conocer el terreno, conduce al extravío. Desconocer el peso de los recursos naturales, la disputa energética, la presión geopolítica y las contradicciones internas reales de un proceso asediado no es realismo duro: es superficialidad vestida de gravedad.
Por eso resulta tan incómodo para ciertos analistas que el pueblo venezolano haya salido a las calles no solo a defender una abstracción llamada soberanía, sino también a defender a Maduro y al proceso. Esa escena rompe el libreto: el pueblo deja de ser víctima pasiva o masa manipulada y aparece como sujeto político consciente.
Frente a la crisis regional, con todas sus tensiones y contradicciones, lo que hoy existe en Venezuela es lo más avanzado que tenemos. El progresismo ya mostró su saldo: administración amable del mismo modelo, desmovilización social y el terreno preparado para la reacción. En Chile lo sabemos bien: después del progresismo, aparece Kast.
Mientras tanto, proliferan conjeturas en función de lo que se dice o se tuitea desde el norte, como si la política mundial se decidiera en redes sociales. Eso no es análisis: es descriterio estratégico.
El error más grave no es equivocarse en un dato, sino aceptar pelear en el terreno de la confusión. El estratega lúcido evita la batalla que ya está perdida en el terreno del ruido. Entrar en la guerra del chisme, del panel empresarial, del titular indignado, es renunciar a la política.
En tiempos de ofensiva ideológica, la tarea no es gritar más fuerte ni dudar por deporte, sino pensar mejor. Porque sin estrategia, la soberanía se vuelve consigna; sin memoria histórica, la crítica se vuelve ruido; y sin comprensión de la realidad material, la duda termina siendo cómplice.



  1. Renato Alvarado Vidal says:

    «El pueblo amando a la patria
    y tan mal correspondido»
    Así cantó la gran Violeta Parra.
    Tal parece que en Venezuela el pueblo sigue fiel al camino bolivariano, pero que las cúpulas civiles y castrenses no tienen la misma lealtad.

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