
Boric ante el fin de ciclo: autocrítica y los límites del progresismo institucional
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Hay imágenes que condensan épocas. El despacho presidencial de Gabriel Boric en La Moneda, con vinilos de Leonard Cohen, Silvio Rodríguez o Kortatu girando a pocos metros del lugar desde donde Salvador Allende pronunció su último discurso, es una de ellas. No se trata de un detalle estético ni de una postal para consumo cultural: es la metáfora de un ciclo político que se cierra cargado de símbolos, contradicciones y preguntas sin resolver.
El 11 de marzo, Boric dejará esa oficina para entregarla a José Antonio Kast, el primer presidente abiertamente pinochetista desde el retorno a la democracia. El contraste no podría ser más brutal. Pero la entrevista concedida a El País revela algo más profundo que una simple transición de mando: expone el balance íntimo, político e ideológico de un proyecto que nació con promesas de transformación y termina defendiendo la coherencia, la responsabilidad y el orden democrático como sus principales credenciales.
Boric insiste, una y otra vez, en que no ha dejado de ser de izquierda. Lo dice sin estridencias, casi como quien defiende una convicción personal más que un programa político. Y probablemente tenga razón en el plano subjetivo. Sin embargo, la pregunta que atraviesa toda la entrevista no es quién es Boric, sino qué fue —y qué no fue— capaz de hacer el progresismo chileno cuando tuvo el poder institucional en sus manos.
El propio presidente reconoce que la esperanza que movilizó a millones en 2021 se frustró. No solo por el rechazo de los dos procesos constitucionales, sino porque el Gobierno no logró convencer a la mayoría de la población de que podía ofrecer un “orden deseable”. La derecha, en cambio, logró articular el miedo: miedo a la delincuencia, a la migración, a la precariedad. Boric lo admite sin rodeos: la izquierda no supo disputar el sentido del orden.
Esa confesión es clave. Durante décadas, el progresismo chileno cedió el concepto de orden a la derecha, asociándolo a autoritarismo y represión. Pero cuando el desorden se volvió una experiencia cotidiana para amplios sectores populares, la izquierda no tuvo un relato creíble ni políticas suficientemente visibles para responder a esa angustia. Las más de 70 leyes de seguridad aprobadas durante este gobierno no alcanzaron para revertir una percepción social que terminó definiendo la elección presidencial.
La entrevista también deja en evidencia otro punto crítico: el tránsito desde la épica a la administración. Boric reniega de los discursos incendiarios y de las promesas maximalistas. Reivindica, en cambio, la política como consistencia, diálogo y mejora gradual de las condiciones de vida. El problema es que ese giro, aunque racional y responsable, se produjo en un contexto donde millones esperaban cambios estructurales. La brecha entre expectativas y resultados fue demasiado grande.
En ese sentido, Boric parece asumir —aunque sin decirlo explícitamente— que el fracaso del proyecto constitucional fue un punto de quiebre irreversible. No solo por el contenido de los textos rechazados, sino por la incapacidad de construir mayorías sociales estables. “Un país no se construye negando a las minorías”, señala, en una autocrítica que llega tarde y que contrasta con el entusiasmo con que su gobierno acompañó el primer proceso.
La dimensión internacional de la entrevista refuerza esta imagen de un presidente que privilegió la coherencia ética por sobre la alineación ideológica. Su postura frente a Venezuela, Nicaragua y Cuba lo convirtió en una figura incómoda para amplios sectores de la izquierda latinoamericana. Boric no titubea en llamar dictadura a lo que considera dictadura, incluso cuando eso implica romper consensos históricos del progresismo regional. Para él, la vara es una sola: derechos humanos, soberanía y democracia, sin excepciones.
Esa posición le valió reconocimiento fuera de Chile, pero también aislamiento dentro de su propio campo político. La entrevista deja entrever que Boric es consciente de ese costo y que lo asume como parte de su legado. Un legado que él se resiste a definir, pero que inevitablemente estará marcado por una paradoja: haber defendido la democracia con convicción, mientras abría paso —por omisión, desgaste o incapacidad— a la llegada de la ultraderecha al poder.
Quizás uno de los pasajes más reveladores del texto sea cuando Boric reconoce que el Frente Amplio descuidó el trabajo de base, el vínculo territorial, la construcción comunitaria. Es una admisión que conecta directamente con el diagnóstico que hoy recorre a toda la izquierda chilena: sin organización social, sin arraigo popular y sin presencia cotidiana en los territorios, la política institucional se vuelve frágil y fácilmente capturable por discursos autoritarios.
Boric dice que quiere “crear comunidad”, volver al trabajo voluntario, fortalecer partidos y organizaciones. Lo dice cuando ya no será presidente. Y ahí emerge otra tensión: ¿es esta reflexión el punto de partida de una recomposición futura o el epílogo tardío de un proyecto que no logró consolidarse cuando tuvo la oportunidad histórica?
La entrevista no ofrece respuestas definitivas, pero sí deja una certeza incómoda: el progresismo chileno llega al final de este ciclo sin hegemonía, sin relato mayoritario y con una autocrítica todavía en proceso. Boric parece entenderlo mejor que muchos de sus aliados. Quizás por eso su tono no es el de la derrota, sino el de quien sabe que la política es de largo aliento, pero también que el tiempo perdido no se recupera fácilmente.
El problema no es si Boric seguirá en política —todo indica que sí—, sino si la izquierda será capaz de aprender de esta experiencia sin refugiarse en la nostalgia, la épica vacía o la mera administración del orden existente. Porque, como el propio presidente reconoce, no basta con tener razón: hay que ser mayoría. Y hoy, claramente, no lo son.






Antonio Pizarro says:
El estallido social fue observado por este pusilánime
desde un banco del parque Bustamante
Infame cuando no tramposa la entrevista al periódico español El País