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Que no pare la bola

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Trump amenaza al mundo y a América Latina con lo que no tiene.

 

El actuar persistente de Trump es intimidar con su supuesta ventaja bélica ofensiva.

 

Las acciones hostiles del gobierno republicano de USA se enmarcan en un intento desesperado de recapitalizar y reposicionar una economía en quiebra, al  viejo estilo de los imperios.

 

EEUU pretende hacerlo a través de la militarización de la política internacional y del despojo, no obstante, el contexto del siglo XXI cambia las posibilidades de esta antigua práctica que permitió la expansión territorial de los poderes, desde el mundo antiguo hasta el siglo XX.




 

Hoy el control dinámico del mercado, las comunicaciones en todas sus formas y la refocalización de los puntos neurálgicos de los sistemas operativos macrosociales, establecen nuevas condiciones que los poderes emergentes de alcance global demuestran manejar de modo tan eficiente que les otorga ventajas operativas que van más allá de las “catapultas enchuladas”.

 

No basta con tener más portaaviones ni más de mucho en las planillas contables ni en el inventario de sus FFAA. Iniciar una guerra de alcance estratégico para el equilibrio de poderes, en el Caribe o donde sea, se cruza con intereses de más de una potencia de incidencia planetaria, que hoy erosionan la hegemonía histórica de Occidente e implica -y esto es como siempre- ganar el botín que determina el sentido de su propósito: la ocupación y dominio territorial, político y económico, asociado a los recursos que solo la naturaleza es capaz  de otorgar. El problema es que hoy no es solo tomar posesión territorial con “tanques y bayonetas”, como pudo hacerse hasta hace algunos decenios, porque ya no es el aplastamiento abusivo de soberanías que no constituyen contrapeso.

 

Una guerra por el petróleo y las tierras raras del Caribe o de otras latitudes, sin duda se transformaría en un conflicto prolongado o en una guerra fulminante de exterminio que no tendría  sentido (aunque sí lo puede tener en la cabeza de  sociópatas narcisistas). Y una guerra prolongada -por su parte- requiere un soporte económico e industrial que USA perdió  hace ratos, atrapado en una dependencia industrial muy difícil de recuperar en medio de una creciente animadversión de la comunidad internacional hacia las ambiciones norteamericanas, en un concierto de contrapoderes que jamás experimentó el imperialismo.

 

Requiere también una logística energética, industrial y comercial rápida que USA  no tiene, dependiendo en la actualidad de extensas, costosas y vulnerables líneas de abastecimiento, empobrecida infraestructura industrial, y un ejército industrial y militar moralmente débil.

 

Los Norteamericanos lo saben, pero al parecer no se han enterado, ni Trump ni su elenco de coreógrafos que baila sus rabietas de monarca de pacotilla.

 

Por ello las acciones hostiles no podrán  continuar sin un riesgo catastrófico para USA con una guerra como la que arriesga iniciar, a orillas  de sus fronteras y en otras geografías, porque existe una distancia potencialmente fatal entre poder iniciar un gran conflicto y poder terminarlo a conveniencia.

 

La estrategia armamentista del imperio transparenta con nitidez su foco esencialmente ofensivo. Por ello, la “superioridad” -principal y casi exclusivamente expresada en la cantidad de portaaviones que supera a Rusia y a China- nunca ha sido un desvelo para el bloque oriental, pues ninguna de las contrafuerzas al imperialismo norteamericano, tiene como propósito políticas militares como soporte a un expansionismo colonialista decimonónico.

 

El foco militar oriental, está preponderantemente orientado a la defensa y control territorial. Por su parte, las acciones de larga distancia –eventualmente necesarias- más que sostenerlas con el desplazamiento de costosas, grotescas y lentas moles marinas que se mueven como suculentas presas, se  basa mas bien en un vasto arsenal de misiles de alto poder destructivo y en fuerzas de ocupación  terrestre insuperablemente superiores, así  como en una sólida alianza estratégica refrendada hace ya algunos años entre Rusia y China, y que hoy suma importantes y fundamentales países y territorios. Esta fuerza, puesta  en acción real en el terreno bélico, sin duda tendrá -y ya tiene- un alto poder persuasivo para no pocos miembros de la OTAN, que quedan geopolíticamente complicados en una alianza en torno a un propósito claramente hegemónico de Estados Unidos y ‘para’ Estados Unidos, que hace que no cuente con el soporte moral suficiente, sosteniéndose preferentemente en la amenaza velada y a veces explícita, como ya se ha normalizado durante la actual administración republicana.

 

Trump mordió un anzuelo que su narcisismo no le dejó  advertir. Por ello Putin se alegró  con razón cuando Trump ganó su primer período, porque nada mejor que el enemigo histórico elija su peor gobierno.

 

Putin leyó muy bien la personalidad patológica de Trump y la coyuntura, porque sabía que USA iniciaría un camino de equivocaciones, al tiempo que Oriente fortalecería  el mayor y más poderoso arco de alianzas de la historia, y que hace hoy cuestionarse a los países miembros de la OTAN, si es que en realidad vale tener los huevos en esa canasta.

 

Hoy USA no tiene una alianza sólida, no tiene economía sólida, no tiene industria sólida, no tiene un tejido social sólido y tiene los petrodólares ya resbalándose por el acantilado. Tiene solo armas, y tropas de ocupación con jóvenes cansados de destruir sus vidas en guerras ajenas; reclutas cuyos orígenes son los bolsones de inmigrantes y minorias maltratadas. Tiene también una matriz de gasto insostenible en tiempos de paz y menos sostenible aun en tiempos de guerra en contra de la mayoría de la humanidad.

 

Lo que se juega EEUU con su agresión a  Venezuela, el Caribe y otros puntos del globo, es el intento de recuperar una hegemonía que hoy pierde ante una creciente alianza oriental y ante la caída libre del poder estratégico del dólar, y por ello,  se ha vuelto un conflicto de poderes globales.

 

Por esto, las respuestas de Xi Jinping y de Putin han sido cautelosas en lo militar, porque saben que el imperio  actúa desde la desesperación y en dicho estado se pueden dar peligrosos pasos equivocados que podrían desencadenar una escalada bélica devastadora para la humanidad, y porque tienen la certeza de que tanto sus políticas armamentistas, la correlación de fuerzas y la naturaleza de una guerra de gran magnitud en este siglo, les obligaría a una reacción que no tendrá medias tintas, estando de por medio  consolidaciones estratégicas de fondo.

 

La respuesta -por ahora, y esperemos que ahí quede– se mantiene  en un conjunto de medidas muy inteligentes, centradas en movimientos de exquisita elegancia ajedrecística de las piezas del tablero de la economía mundial, que están asfixiando el futuro de la economía norteamericana y dando una clara y urgente señal para la sensatez de la sociedad estadounidense y para los países de la OTAN.

 

¿Qué  tiene USA para salvarse de la debacle? Tiene una sociedad civil harta de sacrificarse por la avidez de un grupito de magnates desencajados de la humanidad. Y tiene también  un Poder Legislativo que ya busca cómo destituir a Trump y sus republicanos, y lo destituirá, primero como un delincuente común, para  luego  juzgarlo  como un terrorista internacional, por delitos de lesa humanidad.

 

(Podemos decir “que no pare la bola”).

 

Marcos Uribe



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