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Venezuela y el nuevo desorden mundial

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En su retrato oficial 2025, puede verse a Donald Trump firme, enérgico, con mirada implacable, ataviado con una corbata roja y la bandera estadunidense en la solapa de su saco azul. En el pie de foto se presenta como “presidente interino de Venezuela” que ocupa el cargo desde enero de este año.

Desde la patria de Bolívar, Delcy Rodríguez reviró: “aquí hay un gobierno que manda en Venezuela. Aquí hay una presidenta encargada y un presidente rehén en Estados Unidos”.

Por supuesto, ni en su país ni en la nación caribeña nombraron al republicano presidente de Venezuela. Nadie votó por él allí, ni gobierna en esas tierras. Ninguna legislación avala su autodesignación.

En este caso, como en casi todas las cosas importantes que pasan en la relación entre Washington y Caracas, hay dos discursos distintos. Lo que Trump dice que va a acontecer en la patria de Simón Bolívar es diferente a lo que la presidenta encargada Delcy Rodríguez afirma que sucederá.




Esta esquizofrenia discursiva es un indicador del nivel de incertidumbre que sufre Venezuela. A partir del bombardeo, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la juramentación de la presidenta provisional, se abrió en ese país una nueva etapa. Se trata de un ciclo lleno de volatilidad, confusión, vacilaciones, recelos, sombras y sospechas.

Lejos de desembocar en un nuevo orden, lo que allí priva es la incertidumbre, parte del desorden mundial. Los imprevistos y la ruptura del derecho internacional con actos de fuerza unilaterales se suceden unos tras otros. No hay claridad en cuál será el desenlace de esta aventura neocolonial.

El teatro de operaciones está atravesado por múltiples y disímbolas contradicciones. Las directrices sobre las medidas a tomar en Caracas anunciadas por Donald Trump en su conferencia del 3 de enero, se han modificado. Pareciera que, más que tener un proyecto de acción preciso y ordenado, el horizonte de Washington en esa zona se va ajustando sobre la marcha. La confusión es aún mayor porque los planes anunciados por el mandatario no siempre coinciden con lo que dice Marco Rubio, su secretario de Estado. El papel negociador en el conflicto de Richard Grenell y sus desencuentros y choques con Rubio hacen aún más confusos los escenarios.

El sistema de contradicciones en juego abarca tanto lo que sucede en el país de las barras y las estrellas como lo que acontece en la tierra de Hugo Chávez. Pero involucra también los intereses en la región de China, Rusia, Irán y las otras naciones de América Latina. Aquí trataremos solamente los desafíos que enfrenta la apuesta de Trump dentro de su país.

La primera contradicción gira en torno al golpe que se llevó el sueño presidencial de disfrutar de los veneros del diablo bolivarianos al toparse con el escepticismo de los grandes tiburones petroleros. A pesar de que la agresión militar fue justificada en nombre del oro negro, los ejecutivos de las empresas petroleras evitaron comprometerse en apoyar un proyecto de inversión de 100 mil millones de dólares en Venezuela. Los mánagers señalaron que necesitan garantías de seguridad y una revisión del marco legal y comercial de Caracas. Sin darle demasiadas vueltas, el director de Exxon Mobil puso las cartas sobre la mesa. “Es inviable invertir”, sentenció.

Ante el descalabro, el inquilino de la Casa Blanca los amenazó. “Si no quieren entrar, sólo tienen que decírmelo, porque hay 25 personas que no están aquí hoy y están dispuestas a ocupar su lugar”, les dijo a los empresarios.

El segundo conjunto de contradicciones tiene varias distintas aristas. Una abarca la poca popularidad de la agresión militar dentro de la población estadunidense. Una encuesta de The Washington Post apunta que 40 por ciento apoyó la operación bélica, contra 43 por ciento que la desaprobó.

Otra nace del rechazo de una parte de la coalición presidencial conservadora, Make American Great Again (MAGA), a emprender nuevas agresiones militares en otros países. En su campaña presidencial, Trump ofreció que no lo haría, pero no lo cumplió.

Y una última consiste en el pleito por la exigencia de que cualquier ataque a Venezuela debe ser consultado con el Congreso y la determinación presidencial de hacer lo que le dé su regalada gana. En su más reciente aventura, el jefe de Estado no tomó el parecer de los legisladores. Su arrojo tuvo consecuencias. Cinco senadores republicanos desafiaron al mandatario y votaron en el Congreso a favor de una iniciativa para amarrarle las manos a la hora de emprender más acciones guerreristas. Un sondeo señala que 63 por ciento de los consultados se oponen a que el presidente Trump haya ordenado la operación bélica sin la aprobación del Congreso.

Simultáneamente, las calles de diversas ciudades estadunidenses han sido tomadas por ciudadanos que rechazan la intervención militar en la nación caribeña, y exigen la liberación del presidente Maduro. Estas protestas se han enlazado con las movilizaciones contra las redadas de inmigrantes por parte del ICE y en repudio por el asesinato de Renee Nicole Good.

Estas contradicciones económicas y políticas se enmarcan, inevitablemente, en una coyuntura en la que Trump se juega el resto de su mandato. El próximo 3 de noviembre habrá elecciones de medio término. Se elegirán 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 curules de la de Senadores y 35 de 50 gobernadores. Para infortunio del presidente, en las encuestas difundidas, los demócratas llevan la delantera. No puede descartarse que la guerra le sirva de pretexto para cambiar esta tendencia.

Venezuela es ya un asunto de política interna estadunidense, de manera que, además de la capacidad del pueblo venezolano y su dirección para resistir, el desenlace final de la ofensiva militar en su contra dependerá en mucho de lo que pase en las entrañas del imperio. El tren que arrastra el nuevo desorden mundial tiene en la ruta Washington-Caracas una estación obligada.

 

Luis Hernández Navarro

X:@lhan55



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