
Los jóvenes quieren enseñar, pero Chile insiste en desalentarlos
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Los jóvenes chilenos sí se interesan en estudiar pedagogía, pero el sistema insiste en ofrecerles una profesión donde el prestigio social cae, la autonomía se reduce, la carga administrativa crece, el currículum exige una cobertura imposible y la formación inicial no se centra en lo que hoy define el aprendizaje: clima, convivencia y seguridad emocional.
Los datos confirman esta paradoja. El interés existe: casi nueve de cada diez postulantes (89,1%) que eligen pedagogía la incluyen dentro de sus tres primeras preferencias, según cifras de la Subsecretaría de Educación Superior. No faltan jóvenes con vocación; faltan condiciones que conviertan esa vocación en una opción de futuro sostenible.
Pero ocurre algo muy propio de nuestra política: “poner la carreta delante de los bueyes”. Chile diseñó un sistema de habilitación de acceso particularmente restrictivo para las pedagogías. Vías de ingreso atadas a puntajes, percentiles y combinaciones de ranking y NEM operan como un embudo que filtra antes de resolver lo esencial. No se trata de renunciar a los estándares; se trata de reconocer que se construyó el filtro sin corregir lo que realmente desincentiva: condiciones de trabajo, prestigio, autonomía y sentido profesional.
Y, sin embargo, enseñar sigue siendo uno de los oficios más nobles y transformadores. Gabriela Mistral lo expresó con una claridad que hoy vuelve a interpelarnos: “Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clases. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra”. La educación no es solo transmisión de contenidos; es presencia, ejemplo, vínculo. Es humanidad en acto.
La evidencia contemporánea confirma lo que Mistral intuía desde la experiencia. El aprendizaje florece donde hay confianza y seguridad emocional, y se bloquea bajo estrés crónico. Aulas recargadas de materia, presión constante por resultados y currículums interminables no mejoran el aprendizaje: lo deterioran. En educación, conviene decirlo sin rodeos: más contenido no es más aprendizaje.
La formación inicial docente reproduce este error. En Chile, las pedagogías se han especializado en exceso y demasiado temprano: menciones fragmentadas, didácticas parceladas y un foco desmedido en lo medible. Se prepara al futuro profesor para “cubrir” programas, pero no siempre para sostener comunidades de aprendizaje, leer climas emocionales, trabajar con familias y devolver sentido a quienes lo han perdido. Sin clima, no hay aprendizaje posible.
Lamentablemente, para buena parte del sistema universitario las pedagogías funcionan como un “buen negocio”, sin incentivos reales para una transformación profunda de la formación docente. La discusión política, por su parte, sigue concentrada en los procesos de admisión escolar, el financiamiento de establecimientos de élite o la carrera docente del magisterio. Estudiantes y enseñanza siguen siendo palabras sorprendentemente ausentes del debate público.
Esta columna no es solo crítica. Es también un mensaje a quienes hoy dudan. A los jóvenes que sienten el llamado de enseñar, pero temen el costo. A ellos hay que decirles, con honestidad y esperanza: la pedagogía sí transforma vidas. Cambia trayectorias, abre mundos, repara confianzas. Un buen profesor puede ser la diferencia entre resignarse o atreverse; entre repetir una historia o escribir una nueva.
A quienes sienten la vocación de enseñar, la invitación es a creer que la transformación del sistema educativo es posible y que se necesitan profesionales dispuestos a impulsar cambios desde dentro: luchar por la desregulación, la autonomía pedagógica y la libertad de enseñanza. La pedagogía es una hermosa aventura de las relaciones humanas, del desarrollo social y de la dignidad de las personas. Lo mejor es que cambia vidas, y eso se ve muy pronto.
Y para la sociedad y la política, el desafío es claro: menos sospecha y control, y más gratitud y libertad hacia quienes enseñan. Menos burocracia y más tiempo pedagógico real. Menos obsesión por pruebas y más cuidado por las personas. Si logramos eso entre todos, la pedagogía volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser: una profesión exigente, respetada y profundamente humana.
Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín





