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¿Qué clase de civilización somos? ¿Acaso una civilización estúpida?

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Una vez le preguntaron al Mahatma Gandhi qué pensaba de la civilización inglesa; no demoró en responder de manera irónica: “Sería una buena idea”. Una respuesta genial, para quien pudo entenderla.

Si miramos y tratamos de tener una idea de nuestra civilización occidental, de la cual nuestro Chile forma parte, creo que la respuesta de Gandhi nos queda ajustada a derecho.

¿Qué es una civilización?

La forma de vida occidental es, para muchos historiadores, una civilización, pero es diversa y compleja. Tenemos similares formas de vida, de valores, de producir, de comunicarnos, de instituciones, creencias y destinos posibles. Pero en el sentido del Mahatma, no somos una civilización, pues tenemos tantas cosas que no nos unen y tantos valores que nos degradan y segregan, tantas injusticias que nos separan, tantos destinos que nos condenan a la dispersión que, en justicia, no somos para nada civilizados, por lo menos en el sentido ético, que era a lo que aludía ese gran moralista indio.




Sin embargo, muchos siguen hablando de nuestra civilización occidental, con lo que nos separan de las civilizaciones asiáticas, de Oriente Medio, la musulmana o la africana.

Pero bien: lo que nos interesa aquí es saber qué está sucediendo con nuestra supuesta civilización occidental. ¿Estamos decayendo, es decir, vivimos en medio de una crisis, pero decadente? ¿O nos estamos transformando en una nueva forma de civilización, nos estamos sincerando?

Lo más probable es que estamos en medio de un tiempo, como bien decía el gran Gramsci: “El viejo mundo no termina de morir y el nuevo no termina de nacer”. Es decir, vivimos, al parecer, entre dos mundos, lo que es algo esquizoide y muy desconcertante y desequilibrante.

Erasmo de Rotterdam, que vivió montado entre el viejo régimen medieval y la enunciación del Renacimiento, lanzó un relato al que llamó “Elogio”, justamente porque es en este espacio que aparecen “las locuras”, como esa que se atrevió a describir en su famoso “Elogio de la locura” (más propiamente de la “necedad”, como se tituló en las ediciones europeas [Basilea 1515]).

Gramsci dice que en el intertanto emergen los monstruos. También Cervantes y Flaubert (como modernistas en la novela, especialmente en El Quijote y en Bouvard y Pecuchet), Robert Musil y Marcel Proust, describieron los cambios civilizatorios en la literatura, correspondientes al nuevo espíritu de la modernidad y la decadencia de esa etapa en la Europa de fines del siglo XIX y previo a la Primera Guerra Mundial (“El hombre sin atributos” y “En busca del tiempo perdido”).

Giordano Bruno, desde una postura metafísica del pensamiento, buscó el cambio en la cosmovisión, desafiando la aristotélica y ortodoxa, encaminándola hacia la científica moderna inaugurada por Copérnico, Galileo, Kepler y Newton.

Los cambios parecen, a los estamentos establecidos instalados en el poder, como “cosas de locos”, gente afiebrada, transgresora, herética (a Bruno le costó la hoguera), confirmándose el destino correccional que ha afligido a quienes rompen las normas fijadas por esos poderes dominantes, hasta nuestros días. Es la estupidez como dogma.

Walter Benjamin, en cambio, aborda el tema de la “transgresión” como la “destrucción creativa”, esa que destruye para abrir espacio a lo nuevo. La transgresión es un motor para explorar la realidad y la historia y abrir la esperanza a nuevas posibilidades, pues rejuvenece la cultura. Critica la lógica agustiniana y teleológica de la historia, es decir niega que la historia siga un curso indefectible hacia una meta (la Ciudad de Dios). Para Benjamin, el derecho es un sistema encaramado con los poderes fácticos, por tanto embebido en el aparato burocrático estatal, sometido al juego ciego de las fuerzas, que constituyen el monopolio estatal de la violencia (“Tesis sobre la historia”, 1942).

Como podemos ver, las posiciones no son pacíficas entre quienes quieren preservar y los que desean cambiar. Surge el espacio de lucha agonal, cuando uno de los grupos obstruye al otro por mucho tiempo o el otro desea cambiar todo de prisa y muy profundamente. El estrés social se agudiza y con ello la conducta de las personas y los grupos se tensan, llevando a conductas cercanas a varios tipos de anormalidad conductual y de percepción.

Conductas anormales

Descartes es, para algunos pensadores, el gran culpable de estas salidas de madre de los humanos. Este pensador de la RAZÓN vino a sostener que “el buen sentido”, es decir la RAZÓN, es el bien más igualitariamente repartido por el Creador. Pero además agrega que todo el mundo está y permanece tan contento con la razón que posee, que no quisiera más de la que ya tiene.

Entonces, para Descartes la RAZÓN es universal y se reparte a todos por igual. No hay diferencias genéticas o accidentales que den cuenta de las discrepancias dentro de la Razón universal. Cuando la razón falla es, simplemente, por falta de voluntad, entre ese gran número que no quiere hacer buen uso de ella.

Paul Tabori señala en su famoso libro “Historía de la estupidez humana” que “Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez y hay otros individuos que el estado de estupidez se les adhiere”. “La estupidez no se hereda ni se contagia por el ambiente, las más de las veces son estúpidos como consecuencia de un gran esfuerzo personal. Hacen el papel de tontos y siempre son los últimos en saberlo, y uno no se atreve a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a una especie de bienaventuranza”.

La estupidez reviste formas muy variadas, como el orgullo, la vanidad, la credibilidad, el temor y el prejuicio. Sostiene Tabori que casi nunca la estupidez es inofensiva o inocua. Más bien se encuentra en el transcurso de la historia a la estupidez humana apareciendo siempre en dosis muy abundantes y mortales. Por tanto las consecuencias de la estupidez no sólo suelen ser cómicas sino trágicas.

Vamos al grano: el ESTÚPIDO, será entonces ese “ser común” que confunde la razón universal con la razón propia (individual). El ESTÚPIDO es el que confunde el “buen juicio” (universal) con sus prejuicios (que son siempre individuales).

Existe, entonces una “razón formal”, que es una capacidad genérica de juzgar y un estilo particular de aplicarla (“razón aplicada”). Descartes adjudica a la Razón una capacidad teórica de unificación y confluencia de las diversidades pragmáticas, pero la historia se ha encargado de desmentir tal teoría, según Gilles Deleuze (“Diferencia y repetición”, 1968).

J. Habermas también adjudica esa capacidad de unificación de las diversidades culturales, pero a las comunicaciones, cosa que hoy queda cuestionada, pues a través de las comunicaciones es que se construye el gran cisma de la cultura contemporánea (“Historia crítica de la opinión pública”, 1962).

La RAZÓN de Descartes en la religión profética equivale a la “Gracia”, que se ofrece a toda la humanidad, pero en la práctica muchos la “desgracian”.

La ESTUPIDEZ cae entre las “anormalidades”, y es al parecer la más común, tanto así que muchos han tratado de exponer sus cualidades y defectos, con lo que no les ha sido fácil salir del atolladero en el que inocentemente ingresaron. Incluso la “inocencia” es uno de los términos con lo que se aproximan al concepto huidizo de la ESTUPIDEZ, como es el caso de Voltaire y su famosa obra “Cándido”, que entra en el campo de la inocencia crédula.

Semántica de la estupidez

Pero vamos a adentrarnos en estas áridas definiciones, ya que se trata de “un problema con cuernos”, como los llamaba Nietzsche.

Hay entre los tratadistas dos tipos de problemas con el juicio humano (uso de la razón aplicada):

Los que derivan de incapacidad física/psíquica (discapacitados mentales) y los que derivan de un sesgo mental que, sin embargo, conservan plena capacidad mental para obrar.

Entre los primeros están los “tontillos”. Estos personajes adoptan una condición infantil, de falta de desarrollo y experiencia vital. Dicen despropósitos, pero conservan gran parte de las capacidades mentales de un niño. Este punto lo resalta muy bien el filósofo Johann Erdmann, en su exposición “Sobre la estupidez” (Berlín, 1866). Se trata de estupideces con cara de inocencia más que de perversión; una especie de infantilismo.

El “Lelo”: es aquel personaje que habla sin ton ni son, sin coherencia, pero además tiene algún defecto físico que lo limita (sordera, problema del habla, incultura extrema). Es diferente el “Bobo” que es quien habla tonterías, tonterías fingidas o propias de su personalidad payasesca.

El “pasmado”: es la persona que está como estupefacta, paralizada por algo, como poseída por algo, en tal grado que llega a perder su capacidad de juicio, es un real estado de estupor.

El “mentecato”: o “mente-captus” (mente capturada). Es aquel tipo de personalidad que vive como secuestrado y obsesionado, por tanto no puede sino conducirse guiado por una referencia obsesiva.

Todos estos personajes son calificados de “in-firmus”, es decir que no están firmes o han perdido firmeza, sustentabilidad existencial. Se les califica también de “desquiciados”, pero no corresponden a la categoría de los ESTÚPIDOS.

Hegel denominaba al estúpido como “ALÓGICO” y se traduce en el lenguaje común como el “NECIO” (de Erasmo de Rotterdam). Es el que se resiste a la razón, se le califica como “falto de sesos”. La verdad no les convence, lo noble queda forzado por la estulticia. Sobre este tipo de personas se da un juicio moral tanto en Hegel (“Ciencia de la lógica”) como en Musil (“Sobre la estupidez”,1937).

Entonces el estúpido es porque quiere, no así el “Lelo” ni el “Bobo”.

El estúpido está poseído por algo que lo puede degradar moralmente, o lo puede llevar igualmente a la santidad, dependiendo del tipo de obsesión que lo posea.

Está la variación del “Estúpido”, al que se le define como “TONTO”. Es aquel personaje tan débil de personalidad (opuesto al estúpido obsesivo) que se deja llevar por todos los vientos. Está como inerte, todo le parece bien, ya sea la razón A o la razón divergente. Se trata del “veleta existencial”.

Para santo Tomás de Aquino, el ESTÚPIDO es esencialmente un poseído de sí mismo, no de algo externo (amor a Dios). En cambio el TONTO es poseído por algo de afuera. El ESTÚPIDO conserva su autonomía. Tomás señala entonces que el ESTÚPIDO, al ser un insensato, cree que todos los otros lo son.

El ESTÚPIDO es esencialmente un poseído de sí mismo, de su personal EGO, adopta una RAZÓN que la piensa como la única válida, se acuartela en ella y dispara contra todo lo que pretenda amenazar su convicción. Es en ese sentido un ESTÓLIDO, un MENTECATO, una mente instalada en una posición o posesión (mente-captus). Está paralizado por una sola razón rígida, tanto que Schelling lo llega a calificar como un “Éxtasis de la razón” (Filosofía de la revelación, 1841-42).

De forma que, reiteramos, el ESTÚPIDO es el opuesto al TONTO, para el pensador, pues para Hegel y también Schelling, el ESTÚPIDO es un “egoísta trascendental”.

Al ESTÚPIDO nada le conmueve ni arrastra, salvo su propia y muy personal estupidez. Se encierra en su razón (Félix Duque; prólogo sobre la estupidez; 2018).

El filósofo hegeliano Edermann, ya citado, sostiene que la ESTUPIDEZ no es una mera desgracia ―como la ceguera―. La estupidez es como un vicio y puede, por tanto, ser enmendada. El estúpido es algo así como un embustero y da muestras de una mala voluntad. Distinto al ignorante que, según Musil (Viena, 1931), puede posponer su juicio. En cambio el estúpido jamás lo hace. El estúpido debe diferenciarse del deficiente mental o del que sufre una patología mental o retraso. Esta gente no es responsable de sus actos, no puede mejorar su condición. En cambio el estúpido, siempre que tenga disciplina y buena voluntad, puede alcanzar cierto nivel de inteligencia, que lo haga funcional a la sociedad, lo que hace que el estúpido no tenga excusa ninguna. Su problema es de mala voluntad o pereza mental. (R. Musil: “Sobre la estupidez”, cit.).

Contrario a los deficientes mentales, como pueden ser los “idiotas” y los “imbéciles” que según S.J. Gould, se diferencian porque el primero, el idiota, no puede alcanzar el dominio de la palabra más allá de lo que lo hace un niño de tres años, y el imbécil no puede alcanzar un dominio pleno de la escritura, quedando su edad mental estancada entre los tres y los siete años (“La mismidad del hombre”; N.Y. 1996). Según Roland Breeur, estos deficientes están demasiado dañados para alcanzar el nivel de estúpidos (Prólogo “sobre la estupidez”, de Musil y Edermann; Abad editores 2007).

Erasmo de Rotterdam proporciona un relato muy particular de la estupidez (necedad). Lo presenta como el hijo de Pluto y de Hebe, divinidades griegas de la riqueza y abundancia (Pluto) y diosa de la juventud eterna (Hebe).
Como se ve, Erasmo reivindica ciertas cualidades de la necedad, como la alegría de vivir, el humor, la risa, el buen carácter, el goce de los placeres, la actitud insensata que permite el matrimonio, la reproducción, la inocencia y espontaneidad de la infancia y el olvido en la vejez. Desarruga el ceño a los dioses y estoicos filósofos, religiosos y jueces, que siempre deben recurrir a su lúdica pasión, toda vez que la pulsión natural les llama a cortejar, amar o reproducirse.

Los sabios y retóricos deben entretener a sus auditores con algunas salidas ingeniosas y absurdas y hasta necias, si no quieren presenciar el espectáculo del rechazo en el rostro de su audiencia o del franco retiro y el abucheo. Pues la naturaleza humana acepta mejor la mezcla sabrosa de lo festivo con lo serio, antes que la pura sabiduría tronadora de lo respetable y profundo.

Es decir, Erasmo nos clasifica a todos como miembros activos del club de los necios, con diversa proporción, pero ninguno exento, como bien lo afirma en la introducción de su afamado texto.

Dimensión social de la estupidez

La ESTUPIDEZ, como fenómeno humano, tiene también una dimensión social. Si bien es el individuo quien la padece, se dan prácticas y teorías sociales que encaminan las sendas de la estupidez desde la dimensión privada a la dimensión social.

Las costumbres sociales de otros tiempos nos parecen en la actualidad impregnadas de estupidez, como lo documenta el húngaro Paul Tabori en su célebre libro “Historia de la estupidez humana”.

Cervantes, en El Quijote, también aborda el tema de manera alegórica, con ciertas idealizaciones, como las del manchego con Aldonza Lorenzo, donde se refleja una idealización romántica de lo femenino, propio del aporte creativo del Medioevo (que también lo trata Taboli en el capítulo sobre los modos de enamorara una dama, en la antigüedad). O el desuso del lenguaje caballeresco del hidalgo, que es contrarrestado por la simpleza pragmáticay llana de un Sancho, incapaz de elevar la mirada hacia las alturas idealistas de su señor, don Quijote.

La devaluación del ideal, en la sociedad que se abre a tiempos modernos y realistas, viene a representar ese cambio de la cultura que se escenifica de manera que la estupidez aparente del Hidalgo don Quijote aparezca emparentada con una genial forma jocosa de observar la ambivalencia de los desarrollos humanos, que fluye entre el enojo, la risa y la aparente normalización de lo extravagante. Taboli llega a decir que en un mundo totalmente perfecto, sin una dosis de estupidez, no se podría reír, tampoco se tendrían nacimientos. Para ambas cosas se requiere el contraste de dos lógicas, como también nos lo recuerda Erasmo en su “Elogio de la locura”.

Flaubert, en su Bouvard y Pecuchet, toma esa arista de la estupidez de unos personajes que intentan ser expertos en todo, en tiempos en que una modernidad tecnológica y científica ensalza y exige ser un especialista, dejando por el camino una estela de chambonadas, fracasos y estropicios que sirven de campanillazos de advertencia a toda esa masa pretensiosa, que se afana por ser lo que no es o no puede alcanzar, sin el sacrificio del esfuerzo.

Flaubert sentía una especie de odio a la estupidez, y se afanó en crear un “Diccionario de lugares comunes”, en que va rememorando y resaltando una serie de creencias, mitos y falsedades que la sociedad toma y asume con pasmosa seriedad.

También el gran Molière en sus obras de teatro como “El avaro”, el “Enfermo imaginario” y otros de sus geniales escritos, expone a personas y prejuicios sociales, compulsiones patológicas de gentes con daño personal e impacto social, pero lo hace con el bálsamo del humor, la comicidad que todo lo alivia y matiza.

Molière señala: “Cuando asistes al teatro y ves una tragedia, lloras y lloras. Al llegar a casa exclamarás ¡Qué bien he llorado! Luego te duermes relajado. Te has pasado por alto el mensaje político. Mientras que para reírse hace falta inteligencia, agudeza. ¡En la carcajada se te abre la boca, pero también el cerebro y en el cerebro se te clavan los clavos de la razón!”

Darío Fo, gran comediante y escritor, premio Nobel, señala en referencia a sus ocho monólogos: “se confiere carne teatral a esos personajes donde el alma de la risa golpea en sus puntos más frágiles a esos antagonistas de las mujeres: los hombres. Donde se denuncia la falta de renuncia a sus privilegios heredados que tan duramente defienden. Todos constituidos sobre la base de prejuicios, violencia y leyes, tres materiales con que se construye mucha parte de la insensatez humana».

Antiguamente lo hicieron otros escritores satíricos como Luciano de Samosata en sus “Diálogo de los dioses”, “Diálogo de los muertos” o “Historia verdadera”, en la que confiesa que miente abiertamente en sus obras, que escribe sobre nada que haya visto o sucedido y que eso lo hace debido a que ha observado que nadie dice verdades, que mienten hasta los que filosofan sobre la misma verdad. “Para no ser el único desheredado con libertad para contar mentiras, puesto que nada verdadero tenía para contar, porque nada digno de mención me ha ocurrido, me he dedicado a la ficción de modo mucho más descarado que los demás, y en una sola cosa seré veraz: en decir que miento”.

También está Aristófanes, el gran literato griego que usa el humor y la sátira contra quienes pretenden innovar en temas del conocimiento aceptado, pues él era un conservador militante. Ppor eso se lanza contra Sócrates en su obra satírica “Las nubes” y contra diversas autoridades, como lo hace en “Las avispas”. A todos trata de dejarlos expuestos al ridículo, sean filósofos o tiranos, jueces o aristócratas.

Johann Erdmann (citado), escribe en la segunda mitad del siglo XIX su alocución-ensayo sobre la estupidez. Ahí sostiene que hasta los dioses tienen dificultad para encontrar las condiciones en que anida la estupidez en el mundo. Así, señala que “La limitación de una persona no consiste en que lo ponga todo en relación a las ideas que viven en ella o en que lo subordine a sus particulares puntos de vista sino lo hiciera, no juzgaría en absoluto, no sería ni estúpido ni inteligente― más bien el problema reside en que el número de dichas ideas y puntos de vista es muy reducido, siendo esta la razón por la que el círculo visual que ellos configuran sea tan limitado y estrecho. “Cuanto más se multiplican los puntos de vista, más inteligente se vuelve la persona; cuanto más se reduce su número y, por ende, se estrecha el círculo visual, más estúpida se vuelve”. Hasta llegar al punto en que el radio de las ideas coincide con su centro, estado en el que ya se hace imposible pensar: es la forma nuclear y final de la estupidez.

Por tanto, dice Erdmann, la “particularidad”, esa incapacidad de asomarse a lo diverso, a lo de afuera de sí, constituye la esencia de la estupidez. Los griegos antiguos llamaban a estos estúpidos, encerrados en sí mismos, con el apelativo de “idiotas” e “idiotismo”(cuando el fenómeno del idiota se popularizaba, lo llamaban “idiotismo”).

¿Civilización idiotizada?

Este “idiotismo” es el que nos interesa, ahora que hemos desentrañado el espíritu individualista de la estupidez.

Las sociedades dirigidas por un estamento jurídico demasiado dogmático (teocracias, totalitarismos ideológicos, racistas o supremacistas, conservadurismo ultramontano), adolecen de una uniformidad restrictiva de pensamiento autorizado. El pensamiento disidente es sancionado y reprimido, a tal punto, que los individuos que participan de ese medio de poder tienden a autocensurarse y a adoptar, como normalidad, una visión estrecha y unilateral del mundo, que de hecho se empieza a adoptar la visión unidimensional como el de las “anteojeras”, la visión en túnel o del estrecho círculo del ojo de la cerradura. Este fenómeno constituye la esencia de la estupidez humana, según Taboli, Musil y Erdmann.

Marcel Proust, en su magna obra “En busca del tiempo perdido”, 1913), resalta la superficialidad y frivolidad del trato social, en esos salones del ocio opulento, donde incluso están los intelectuales como Swann o el cirujano Cottard, el académico y erudito Brichot o el diplomático de renombre Norpois. Todos ellos son hombres instruidos en sus temas, pero unidimensionales en sus opiniones, de tal forma que sus juicios no pueden ser verdades, son simples opiniones que desbordan sus habilidades específicas. Su lenguaje y forma de razonar está restringido al círculo del ojo de la cerradura, lo que lo limita y desuniversaliza. El erudito por su falta de concreción y el especialista por su limitante formativa.

Pero también Proust identifica magistralmente otra característica de la sociedad francesa burguesa: tal es LA CRUELDAD. La anfitriona de esas reuniones burguesas, la señora Verdurín, es ambiciosa en la captación de fieles que participan de sus encuentros, pero su generosidad y solicitud se convierte en odio y agresión contra quien cometa deserción, así como ofende a quien considera por debajo de su estatura social, como es el caso del académico y pedante erudito Brichot. Madame Verdurín se ensaña con este hombre sin riqueza y que es invitado para agregar un ingrediente de cultura a las tertulias, invadidas de lo intrascendente y frívolo. La obsesión de capturar adherentes y retenerlos de manera sumisa vuelve a estos anfitriones verdaderamente despóticos, desconsiderados y belicosos.

También detecta Proust en este profesor Brichot, como asimismo en el experto diplomático Norpois, una erudición de “célibes del arte”, es decir un pensamiento disperso, abundante pero falto de profundidad, de penetración; sobre todo, falto de creatividad, de generación de lo nuevo, distinto y superior, debido, en el caso de Brichot, a la incapacidad de refrenar su impulso de atiborrar de datos y cifras a su audiencia, y que en el caso del diplomático Norpois se debe a su excesivo rigorismo del lenguaje sigiloso de la diplomacia. Esto se parece a la acusación que hacía Nietzsche de la academia de su tiempo, cuando decía que a las universidades se les debía exigir creatividad, engendrar lo nuevo, ser muy prolíficas, pero, más bien, eran comparables a la infertilidad propia de una solterona.

Robert Musil plantea que la única forma de eludir esa superficialidad y desperdicio de la estupidez en el campo de la “praxis del pensar” era dando con lo “SIGNIFICATIVO”, es decir aquello que tiene sentido en una verdad. En consecuencia al pensar se le debe exigir cierta “eficiencia”. La estupidez, para Musil, anida en una forma de pensar ineficiente”, a una incapacidad operativa como resultado de esa forma de pensar, de valorar y de enfrentar desafíos. Es lo que Erdmann llama, de manera muy gráfica,“La praxis de la estupidez”.

El estúpido, cuando se ve enfrentado a lo “significativo” y lo supera por complejidad, adopta una postura evasiva, elusiva o burlona. Se repliega desconsiderando su interés por el tema, y estrecha más su ya reducido campo de interés. En ese sentido la estupidez―dice Erdmann― tiene algo de destructivo, reactivo y defensivo. Por la burla o la cancelación sobre un tema, lo deja fuera del interés, con lo cual achica más su horizonte de miras, destruye esos elementos, pensamientos o problemas. Ese estrechamiento, significará, finalmente una disminución de la responsabilidad,la responsabilidad de alcanzar a comprender las cosas humanas de manera vital y existencial.

Es ese burlar las verdades que se demuestran, ese afán de “neutralizar” lo que no puede superar, lleva a la tarea de estropear todo valor. Por tanto, es su estatua inconmovible la única que queda en pie ante las mareas de ideas que chocan con su personalidad. Sus opiniones no le comprometen, sólo sirven para marcar su presencia, como el orinar de perro en el poste de la calle. Su opinión no busca entender lo que acontece, por el contrario, busca enmascarar o encubrir la necesidad de comprender.

Liderazgo y estupidez (O como los estúpidos llegan al poder)

Los que se han ocupado del tema de la estupidez son unánimes en considerar que esta condición puede ser estructural o puede ser ocasional, circunstancial. También coinciden en el hecho de que todos hemos actuado de manera estúpida, más de una vez, a través de nuestras vidas.

Pero la diferencia con el estúpido estructural está en que el estúpido circunstancial se da cuenta y se avergüenza, hasta puede que pida disculpas. En cambio el estúpido estructural persevera y profundiza en su estupidez; está como poseído por una obsesión que desea ver plasmada en la realidad. Entonces, cuando esas ideas fijas se apoderan de su existencia, buscan imponerlas sobre los demás.

Eso es lo que hace decir a Tomás de Aquino que como ese tipo de personas son insensatos, piensa, además, que todos los demás lo son. Eso lo conduce a actuar como un “mente-cato”, es decir como una mente capturada, como un fanático que se propone firmemente capturar la mente de tantos como se le crucen en su camino. Puede formar un ejército de adeptos, de seguidores enceguecidos, como una secta casi religiosa, donde él, el insensato estructural o “franco”, es el profeta autorizado, llevando a los demás a vivir en una especie de “Asylum ignoriantae” (Ignorancia sagrada), como decía Spinoza.

Saramago aborda estos temas en dos de sus libros: “Ensayo sobre la ceguera” (1995) y luego “Ensayo sobre la lucidez” (2004). Lo representa como una enfermedad que ataca a una comunidad, donde la ceguera corresponde, metafóricamente, a esa “ignorancia sagrada” respecto de sus causas como de su remedio.

Ahí es donde radica el peligro que representa este ataque de la estupidez, pues enceguece y produce enorme daño, al no ser nunca un mal inocente (Taboli). Esta clase de liderazgo viene marcada por el signo mefistofélico, es decir un plan que, por ser producto de lo falso o sesgado, deriva en ineficiencias destructivas.

Muchas veces los grandes dramas de la historia se generan por una fortuita composición neurológica del cerebro humano. De los tres cerebros, se articula una dominante de la Amígdala reptiliana y el Neocortex calculador, dando forma a la mente necrófila o Tánatus. Estas personalidades normalmente vienen con una tara en la parte ventral del lóbulo frontal, lo que los hace incontinentes compulsivos, es decir que se fijan ideas y las tienen que llevar adelante cueste lo que cueste. Son puntillosos al detalle en planificar sus trapacerías y los acompaña un carácter neurótico, lo que les convierte en líderes temibles y sin piedad. La pulsión dogmática y tiránica viene a ser el corolario de esta obsesión por imponer su sentido de la vida.

Como no poseen esa cualidad que resalta el sabio Montaigne como la más grande del mundo, es decir “la de conocer quién soy” (muy socrática), no son autocríticos; muy por el contrario, son fervientes autoafirmantes de sí mismos. Son antisocráticos y antidialécticos (ver capítulo III y la “Defensa de la propia alabanza” en el “Elogio de la locura”).

Buscan imponer con fervor profético sus obsesiones existenciales, siendo rigurosamente estrictos en sus métodos, por tanto sus adeptos deben ser incondicionales, son esa masa de mente capturada (mente-captos: mentecatos), conversos acríticos, capaces de las peores degradaciones, ya que su ética se vuelve negativa, es decir descienden en la escala moral hasta aceptar lo que se les impone como verdad. El espíritu crítico es el gran ausente. Toda disensión es condenada como traición, como herejía o anatema (ver Hannah Arendt, “La banalidad del mal”).

Se aplica la coerción interna, asumida como disciplina; luego se externaliza y se ejerce como represión, discriminación y violencia. Como bien dice el filósofo David Hume, a estas alturas la razón del estúpido se hace esclava de la emoción (“Investigación sobre el entendimiento humano”, 1748). Las emociones, alimentadas por una “razón única”, no derivan en grandes realizaciones sino, por el contrario, en grandes calamidades. Ello, debido a que tratan de forjar grandes utopías sobre unos preceptos falsos o, al menos, dudosos. Y ese mundo que anuncian como PERFECTO, termina oscureciendo el ánimo y el humor, pues como dijo un día el escritor y editor Christofer Morley: “En un mundo perfecto nadie reiría”.

Esta utopía de la estupidez no se parece en nada a la sugerida por Thomas Moro o Goethe: “Vivir un sueño como si fuera realidad”. Se parece más a la saga escrita magistralmente por John Kennedy Toole: “La conjura de los necios”, es decir una chambonada que hace historia. Claro que las acciones de Ignacius Reylli provocan risa, por su inocente estupidez, tal como lo logra en el cine Charles Chaplin personificando al “Gran dictador” o Peter Sellers en otra película del mismo estilo.

Pero las sandeces de estos graves estúpidos de la historia suprimen la risa, pues suelen terminar en horrores, donde la ética desciende a las profundidades del infierno, hasta incinerarse. Esto por lo que ha dicho Alex Boogers: que las cualidades morales e intelectuales habitualmente van juntas. “Un hombre bueno es inteligente y uno malo es, además, imbécil”.

Carlos Cipolla publicó un manual titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Señala que conocer estas leyes es esencial para prevenir, pues se debe saber reconocer a un estúpido a primera vista (siempre que usted mismo no sea un estúpido, pues el estúpido no sabe que lo es). La estupidez humana es la causante de todos los males sociales, es peor que la maldad, pues la maldad se delata pronto, pero la estupidez se disimula de mil maneras.

Bonhoffer, teólogo protestante y asesinado por los nazis, sostiene que “La estupidez, más que el mal, es peligrosa porque paraliza la reflexión moral y crea obediencia ciega”. De hecho, en su “Teoría de la estupidez”, señala que personas inteligentes pueden cometer atrocidades, simplemente por no pensar.

Volviendo a las leyes de Cipolla.

La primera de estas leyes es: Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.

Segunda ley: La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra.

Tercera ley: Una persona estúpida es una persona que causa pérdidas a otra gentes sin obtener ninguna ganancia para sí mismo, o incluso causándose pérdidas a sí mismo.

Cuarta ley: Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial de daño de las personas estúpidas.

Quinta ley: La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe en el mundo.

El filósofo Albert Camus dice algo que concentra toda esta exposición: “La intolerancia, la estupidez y el fanatismo se pueden combatir por separado, pero cuando se juntan, no hay esperanzas”.

En consecuencia, podemos abonar lo que un día dijo Darwin: “La decadencia del género humano se evidencia en que cada vez nos engañan personas con menos talento”.

Por último, el consejo de Horacio para mitigar los riesgos que implica la estupidez: “SAPERE AUDE” (atrévete a pensar).



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