
En el final de un ciclo
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En poco más de un mes José Antonio Kast asumirá la presidencia de Chile, un proceso que pareciera algo así como el retorno a un punto de partida. Después de todos estos años de lo que se llamó la transición a la democracia, Chile estará presidido por alguien que ―independientemente de los matices que algunos quieran darle— es, después de todo, un genuino exponente de lo que fue el pinochetismo.
Por cierto, esto no significa que su gobierno vaya a ser una copia de lo que fue la dictadura. Eso simplemente porque, dado el grado de control que la clase dominante ha impuesto en Chile, esas medidas extremas no son necesarias. La idiotización de la población orquestada por la televisión, especialmente, hace innecesarias esas medidas. El deterioro de la educación y el acomodo a una cultura de individualismo más el evidente estado de precariedad en los empleos de mucha gente, hacen muy improbable que en un futuro inmediato vaya a verse movilizaciones muy significativas.
Queda por verse cuál va a ser el enfoque que Kast va a dar a su gobierno. Al respecto, Axel Kaiser, hermano del líder del Partido Nacional Libertario, recomendaba hace un tiempo: “ir al shock de inmediato, no adoptar el gradualismo como había hecho (Mauricio) Macri en Argentina porque eso fracasaba”. ¿Podría ser ese el modelo que adopte el futuro presidente? En cierto modo y desde una perspectiva de extremismo duro ese approach podría tener sentido: medidas que sacudan aspectos importantes de la estructura del país pueden sorprender a una ciudadanía básicamente desmovilizada. Eso sí, dependiendo de cuan “chocantes” sean las medidas, ello podría desencadenar, a mediano plazo, un proceso parecido a lo que fue el estallido de 2019. Kast también debe considerar esa arista en aquel hipotético escenario extremo.
Sin embargo, si quiere empezar moviendo sus piezas con cierta habilidad, podría impulsar medidas en un área en que haya un apoyo transversal, la seguridad, por ejemplo. Prácticamente todos están por atacar del modo más duro posible el flagelo de la criminalidad. En ese terreno, podría proseguir y profundizar medidas que ya se han estado implementando en la actual administración como la remoción de los llamados toldos azules en el sector poniente de la comuna de Santiago, tarea en la que han convergido el alcalde derechista Mario Desbordes y el delegado regional de la presidencia, Gonzalo Durán.
El desalojo de esos verdaderos campamentos de comercio ambulante, controlados por bandas criminales, es una medida necesaria y que un futuro gobierno en búsqueda de consenso, por lo menos en el inicio de su gestión, bien podría extender: la Alameda en Santiago o la Avenida Valparaíso en Viña del Mar, que hoy lucen como gigantescos bazares de baratijas, bajo los cuales además se mueve mucha droga, deberían ser limpiadas y devolver así cierta seguridad a esas zonas. Eso sí, esos desalojos podrían no agradar a algunos en su sector: los capos que controlan las calles puede que sean donantes de su propia campaña, en tanto que los ambulantes seguramente son parte de ese conglomerado de pobres que votan por Kast y la derecha.
En búsqueda de medidas populacheras pero efectistas, la nueva administración bien puede escoger un blanco fácil: la cultura. Ya durante la campaña para la primera vuelta la entonces candidata Evelyn Matthei había sugerido que algunos de los recursos destinados a la cultura mejor se canalizaran a la seguridad y al ministerio público. Para un tipo de mentalidad en que la actividad cultural y artística es vista como algo si no superfluo al menos prescindible, el futuro gobierno puede sentirse tentado a desmantelar las estructuras que en la actualidad proveen apoyo financiero a la cultura.
Por cierto, no es que la derecha no tenga una política cultural, la tiene, pero no cuesta imaginar que esa es una política de mercado, por ejemplo reducir el rol del Estado o incluso sacarlo del apoyo a la actividad cultural, promoviendo en cambio, mediante deducciones tributarias, el mecenazgo empresarial. No extrañaría tampoco que se intente implementar algo parecido a lo que ha sido la política de financiamiento del cine en Argentina bajo Milei: producir lo que el mercado pide. Una política cultural basada en el mercado nos llevaría necesariamente a que el modelo de vulgaridad y tontería que hoy prevalece en los matinales televisivos o en las rutinas de los “humoristas” del Festival de Viña se transforme en el paradigma de la cultura chilena bajo el próximo gobierno.
Si Kast decide seguir la recomendación de Axel Kaiser y dar un sacudón fuerte en materia de gastos sociales, cortando beneficios que hoy favorecen a sectores de menores ingresos en la sociedad, es posible que no encuentre una reacción eficaz inmediata, y la que pueda surgir sería respondida al estilo de Milei, reprimiendo a los jubilados, por ejemplo. La actual fragmentación de la izquierda y de la futura oposición en general, seguramente sería aprovechada por el gobierno de Kast en ese escenario de shock intenso. Pero, por otro lado, un tal sacudón, aunque no inmediatamente sino en un mediano plazo, podría echar las bases de un estallido mucho mayor (y, esperamos, con real conducción política y no con puros impulsos) que podría poner en jaque todo el modelo neoliberal que ahora Kast busca reforzar.
Por cierto, como muchos otros análisis que se están haciendo en diversos campos de la izquierda y de la futura oposición, todas estas son hipótesis cuya factibilidad no es posible predecir. Lo único claro es que la asunción de Kast al gobierno el próximo 11 de marzo marcará un hito importante incluso en términos generacionales. Aquella generación de jóvenes de los años 60, que marchamos por Cuba y Vietnam, que veíamos el mundo girar a la izquierda, que soñamos construir un nuevo país en 1970 (“porque esta vez no se trata de cambiar un presidente…” como decía la canción), que vimos esas esperanzas truncadas tres años más tarde, aun seguimos vibrando cuando los últimos soldados estadounidenses huían humillados de Vietnam o cuando Nicaragua era liberada, y que terminada la dictadura en Chile parecía que al fin podrían “abrirse las grandes alamedas”, hoy ya en los tramos finales de nuestras existencias vemos con frustración que en realidad, se ha llegado al final de un ciclo.
El período que se viene, y no sólo en Chile, sino que en prácticamente todo el mundo, se ve bastante oscuro. Nuestra generación ya no verá el amanecer, pero como Eduardo Galeano menciona en uno de sus textos refiriéndose a “para qué sirve la utopía”, la que equipara a la línea del horizonte que mientras más uno avanza, más parece alejarse, pues bien, dice Galeano, para eso sirve: “para caminar”. En ese camino, otros seguramente tomarán el relevo. Ahora, en este momento, es triste ver este lamentable final del ciclo, pero, si se me permite un “último acápite”, la travesía valió la pena. Y como decía Patricio Manns en una de sus canciones, “la derrota es siempre breve…” Aunque, claro está, uno bien puede preguntar qué es la brevedad.





