Columnistas

¿En decadencia? Sí, pero aún sin fecha de vencimiento

Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 58 segundos

El secuestro del presidente Nicolás Maduro, las amenazas a Irán y ahora, el intento de hacer colapsar a Cuba al privarla de combustible, retratan a un Estados Unidos embarcado en una prepotente demostración de fuerza. Donald Trump, en los hechos, está diciéndole al mundo que hace lo que se la da la gana. (O al menos eso pretende). Él mismo, en una entrevista hace unas semanas, cuando fue interrogado sobre sus límites, señaló que ellos eran los de su propia moralidad. Conocidas las andanzas del personaje, tanto en su vida empresarial como en sus aficiones sexuales, esa afirmación, por cierto, no da seguridad alguna.

 

Trump, si ha de sacarse algún saldo positivo de su accionar, ha hecho algo indudablemente original: ha transparentado las intenciones y el verdadero carácter de Estados Unidos en cuanto potencia imperialista. Ya no hay lugar a las frases edulcoradas de otros mandatarios estadounidenses donde se hacía referencia al “mundo libre”, la “democracia”, incluso la “civilización cristiana occidental” para justificar las invasiones, ataques o asesinatos de líderes que no eran de su agrado. Esos pretextos ahora sólo quedan como piezas de utilería en un escenario en que lo único que cuenta es la seguridad nacional de Estados Unidos y, por cierto, sus intereses económicos. Eso rompe incluso con valores que se creían consensuados, como el apego a normas de derecho internacional, el respeto a los tratados y la predictibilidad en las relaciones comerciales. Todo eso está prácticamente muerto, como señaló con mucha lucidez el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos.

 

Este despliegue de fuerza por parte de Estados Unidos bajo Trump, deja también algunas interrogantes, en especial en los círculos de la izquierda a nivel mundial. Debe tenerse presente que, aunque este nuevo gobierno de Trump era anticipado como uno que sacudiría tanto el escenario político doméstico como el internacional, cualquier predicción que se hubiera hecho sobre sus alcances seguramente se habrá quedado corta. Por de pronto, incluso a los analistas en el propio Estados Unidos les cuesta darle un sentido a mucho de lo que está ocurriendo allí. ¡Qué quedará entonces para quienes, desde fuera de Estados Unidos tenemos que vivir con los efectos creados en este nuevo escenario!

 

Una respuesta muy frecuente en algunos círculos de la izquierda, ha sido la de caracterizar estas acciones agresivas de Washington como expresiones de un imperio en decadencia, algunos van tan lejos como decir que son como “manotazos de ahogado” para lo cual esgrimen cifras de endeudamiento, de deterioro en su estructura económica, de creciente desigualdad en los ingresos y por ende, un potencial polvorín para un estallido social, etc.




 

Aunque esas consideraciones son en gran medida ciertas, por otro lado, hay que advertir contra una cierta tendencia a lo que pudiéramos llamar mecanismo de defensa, o racionalización, o más simplemente wishful thinking, en cuanto a que todas estas recientes acciones agresivas al fin de cuentas serían expresiones de un imperio poco menos que a punto de colapsar. Es explicable que cuando a uno le están ocurriendo cosas muy malas y el panorama se ve oscuro, busque algunas aristas de la situación que le puedan servir de consuelo o que minimicen esas percepciones negativas. Sin embargo hay que tener cuidado de no hacerse ilusiones que al final resultan falsas: wishful thinking, una simple expresión de nuestros deseos, pero nada más.

 

Johan Galtung, un sociólogo noruego, había incluso predicho el colapso de Estados Unidos para 2025–fecha que luego incluso adelantó para 2020—naturalmente nada de eso ocurrió y este buen académico quedó por cierto muy desfasado con esto de las predicciones. Poco le faltó para dar fecha y hora del anunciado colapso. Es que, ahora seriamente, esas no son cosas que puedan predecirse, mucho menos con tal pretendida exactitud. No es muy científico ponerse a jugar a ser Nostradamus. Dicho esto, uno bien puede aplicar una metodología inductiva y al revisar la historia constatar que “todos los imperios que en el mundo han sido” (parafraseando a Fray Luis de León en otro contexto, por cierto) han tenido un proceso de surgimiento, auge, apogeo, para finalmente llegar a su ocaso. No hay razón alguna para pensar que el imperio de Estados Unidos vaya a escapar a ese destino.

 

El actual proceder de su gobernante invita a comparaciones con situaciones parecidas en imperios del pasado: Calígula y Nerón son mencionados como signos anticipatorios de la declinación romana, pero recordemos que después de esos emperadores habría pasado unos cinco siglos antes que Roma colapsara. Una simple observación intuitiva hace pensar que no tedremos que esperar cinco siglos más para la debacle de Estados Unidos, pero lo que uno sí puede afirmar con mucha certeza es que tal colapso no va a ocurrir de aquí a mañana. Más aun, es altamente probable que al menos esa generación que creció inspirada por los grandes cambios revolucionarios en los albores de la segunda mitad del siglo pasado, no vaya a presenciar ese colapso: nuestros deseos y la realidad son dos cosas distintas. Y lo siento si echo un balde de agua fría a los que creen que el imperio está a punto de caer. No lo está, lo que—insisto—no significa que no vaya a derrumbarse.

 

Mientras es innegable que hay signos que denotan un fuerte potencial para una eventual crisis terminal en la economía estadounidense (fuerte endeudamiento, agotamiento de fuerzas productivas en particular en modernización industrial, insuficiencias energéticas, creciente desigualdad en la distribución de los ingresos, etc.), por otro lado el comportamiento de Trump, en especial su desprecio por las reglas de todo tipo a nivel internacional, podría situar a Estados Unidos en la categoría de un rogue state, un país que decide no respetar norma ni compromiso internacional alguno y que además asume que ello no le va a traer consecuencias. Todo esto simplemente basándose en una posición de fuerza: ¿quién va a atreverse a embargar a Estados Unidos?

 

Por otro lado, este imperio aun tiene el respaldo de su fuerza militar, sumado a un importante desarrollo de su tecnología aplicada a la guerra—como se demostró en el secuestro de Maduro, más allá de la vieja práctica de la infiltración en el campo enemigo—la que, por el momento, no parece tener parangón, los chinos probablemente estén muy cerca de equipararla, pero los rusos—como se ha demostrado en Ucrania—aun están lejos de alcnzar ese nivel de eficacia tecnológico-militar.

 

Mientras no hay duda de que Estados Unidos en tanto potencia imperial en algún momento va a colapsar—queda  por verse si ello será abrupto, incluso violento o si  más bien será una lenta transición a la irrelevancia como sucedió con el imperio francés o el británico—tampoco hay que autoengañarse con la ilusoria esperanza de que muy luego vamos a ver pasar por la calle el cadáver de nuestro enemigo.

 

Esto, porque sólo con una mente fría y mucha lucidez se puede articular alguna estrategia viable para combatir a un enemigo aun muy peligroso y con muchos recursos a su disposición. Las ilusiones, en cambio, adormecen o conducen a creer en espejismos.

 

Sergio Martínez

(temporalmente desde Ñuñoa, Chile)



Foto del avatar

Sergio Martinez

Desde Montreal

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *