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Ha partido un rebelde: Manuel Cabieses ha muerto

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Fue un honor haber tenido la oportunidad de contar con la amistad de un hombre de esos con letras grandes, un hermoso rebelde, un revolucionario a carta cabal cuyo ejemplo en estos tiempos de tránsfugas y traidores, destella por su contraste de consecuente, por su valentía y por su pedagógico decoro.

En un tiempo en que las ideas de un país amable con su pueblo y generoso con sus más desposeídos han sido acorraladas por el imperio y traicionadas por quienes por discurso principios e historia debieron no haberse salido del carril, el ejemplo de Manuel Cabieses honra en toda su extensión a aquel que dispuso su vida a la causa más humana.

Compartimos iniciativas políticas que quedarían a la espera de tiempos propicios que se ven lejanos aún. Y tuve la posibilidad de sostener con Manuel conversaciones que iban de un lado a otro entre los márgenes de la vida que nos tocó, en la que volvíamos a resistir, negándonos a la traición y al abandono.

Recuerdo cuando con cierta timidez le envié mi primera columna que desafiaba las técnicas, extensiones y precisiones periodísticas, hace un cuarto de siglo. Le publico lo que me mande, compañero, fue su respuesta.




Desde ese momento y por más de veinte años, fui acogido por Manuel, la Paca y los demás compañeros, en el ambiente insurgente y cálido de Punto Final. Era una sensación maravillosa cuando desde el pasillo se sentía el teclear de las máquinas de escribir y un aroma a café y a tabaco.

Creo haber sacado buen provecho de esas conversaciones con Manuel, afirmado su brazo en su antigua máquina de escribir sobrepuesta a un inútil computador, en las que repasábamos iniciativas, ideas, propuestas, personajes y una que otra cuita personal.

Y caíamos en cuenta que la cosa era cuesta arriba ante la irrupción de una cultura que había sido capaz de transfigurar las ideas de quienes antes parecían hechos de pólvora y banderas rojas. Aún recuerdo la primera vez que Manuel me dio la tarea de escribir el texto editorial de la revista y me sobresalta la misma emoción de entonces.

La revista Punto Final fue la última trinchera no solo de un periodismo valiente, alerta, decidido y veraz. En esas páginas traqueteadas por una economía que no permite la opinión distinta, se retomaban las causas que habían sido derrotadas y, peor aún, abandonadas.

Se analizaban los hechos que conformaban tiempos duros para los desposeídos. Se tentaban nuevas ideas y construcciones. Se recordaba con merecido homenaje a quienes habían sido víctimas de la bestia parda del fascismo. Y se retrataba con certera pluma lo que acontecía en América Latina y el mundo.

Manuel no era hombre de rendirse e insistía con una voluntad de hierro. Dirigida por la Paca, su hija e inmediata colaboradora, las maniobras para sostener la revista de los nuevos tiempos se sucedían semana tras semana.

Los gobiernos de la Concertación y los que les siguieron, hicieron lo posible para ahogar a la prensa libre y revolucionaria. Prefirieron sostener a la canalla golpista y siniestra prensa que sostuvo al dictador mediante al avisaje del Estado. Con una mínima porción de esos ingresos que fueron dados generosamente a los oligopolios de la mentira y el fraude, habría podido sostenerse no solo Punto Final, sino la prensa que se sostuvo en la dictadura y fue determinante para su fin.

Solo por el ahogo económico fue posible arriar esa extensión de la voluntad férrea de Manuel Cabieses, la heroica revista Punto Final.

Sostengo en mis manos un libro titulado Autobiografía de un rebelde, en el que Manuel cuenta datos relevantes de su fructífera y consecuente vida. Es un trozo de la historia de este vapuleado y traicionado país en la voz de un protagonista que solo busco ser útil a la causa de los desposeídos.

Manuel cuenta su historia con la tranquilidad de las palabras precisas. Llama la atención su tono medido en adjetivos, su timbre austero y preciso. Cuenta esos retazos de su vida con la sencillez de su hablar. Su narración de cómo el diario del Ché llega a Cuba, en gran medida por su intercesión, es contada con la sencillez de quien dice como se cumple una tarea.

La última vez que tuve la oportunidad de estar con Manuel, fue cuando me invitó a almorzar a su casa, hace ya algunos años. En medio de la cazuela le dimos vuelta a sucesos, personajes, fracasos y posibilidades. Tengo de ese momento un par de recuerdo vívidos. La conversación varia y remontada a personajes y sucesos recientes, su pesimismo al considerar la necesidad de una izquierda que fuera capaz de decir y sobre todo hacer lo suyo. Siento aún en mi mano, la suya abarcadora, pesada y cariñosa.

Y, hasta hace poco, tenía aun las marcas de los afilados dientes de su perrita que me recibió con un preciso mordisco en una de mis piernas, para luego sentarse cariñosa y oportunista sobre mis rodillas.

Nunca más quise ir a su casa. Ni siquiera llamar a la Paca, a quien tanto quiero, para saber de su estado. Un susto me andaba al saber que Manuel vivía sus últimos tiempos. Y me inundaba una enorme pena saber de esa inminencia.

Como la que siento ahora que de apuro y emergencia escribo estas palabras que siempre serán pocas para un hombre valiente al que este país y su pueblo deben tanto.

 

Ricardo Candia Cares

 



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Ricardo Candia

Escritor y periodista

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