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El retorno de los “estados vasallos”

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Las primeras referencias a esta categoría de países, a veces sólo pequeñas entidades tribales, en otras, comunidades más complejas, se remontan a la antigüedad. Ya en la Mesopotamia encontramos estos estados vasallos, como se los conoce históricamente: se trataba de estados que adquirían esa condición, ya fuera porque habían sido invadidos por alguna potencia imperial o porque sus gobernantes, presionados por la presencia amenazante de algún vecino más poderoso, aceptaban quedar bajo la tutela de algún otro estado más fuerte.

En tiempos feudales, cuando se establece una institucionalidad altamente estratificada, la figura del estado vasallo se hace parte de la estructura geopolítica de ese entonces. Haciendo una analogía con los vasallos humanos sujetos a la autoridad del señor feudal, los estados en esa categoría estaban en una relación de sujeción respecto a la potencia dominante. Esta sujeción incluía no sólo el pago de tributos al estado  dominante, sino también facilitarle soldados en los casos de guerra u otros recursos que aquel requiriera. En principio, como en la relación entre señor feudal y siervo, la potencia dominante también tenía ciertas obligaciones para con su estado vasallo, principalmente la de brindarle apoyo en caso que de ser invadido o agredido por otro país. Esto último conduciría, en épocas más modernas, a un cambio de nombre; en lugar de “estado vasallo” se introdujo una expresión más eufemística: “protectorado”.  El Imperio Británico aplicó esta denominación a algunos de los territorios que controlaba pero en los cuales no había establecido asentamientos permanentes o cuya presencia administrativa y militar era muy onerosa. Era evidentemente más conveniente que esos territorios fueran manejados por reyes u otros jefes locales, que, eso sí, fueran leales al Imperio.

Estas reflexiones vienen a propósito de la reciente cumbre convocada por Donald Trump  a la que asistieron once gobernantes en ejercicio de América Latina y el Caribe, más el presidente electo de Chile. El lazo común de todos los invitados era el de ser políticamente afines con el anfitrión. Esto significa, en los hechos, el compartir la agenda política de Trump que contiene varias prioridades, la más obvia, desplazar a China de su sitial de principal socio comercial de varios de esos países. A ese primer objetivo, se agregan lo que se ha llamado la lucha contra los carteles del narcotráfico—lo que más bien es un pretexto para ejercer presión sobre México y mantener un no solicitado patrullaje sobre las aguas del Caribe y el Pacífico—y en última instancia asegurar el control político sobre todo el hemisferio. Trump mismo ha señalado que se trataría de una puesta al día de la tristemente célebre Doctrina Monroe (que él ha rebautizado como “Donroe”).

El mensaje implícito de Trump es claro: los estados latinoamericanos y caribeños pasarían a ser estados vasallos de Washington bajo el liderazgo de Trump—convertido en una suerte de emperador en este nuevo esquema. Los signos de este vasallaje ya están en marcha y por cierto, no son nuevos: siempre hubo en América Latina algunos dispuestos a ser servidores obsecuentes del imperio, principalmente algunos uniformados, Castillo Armas que tomó control de Guatemala luego de derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz  o los militares argentinos (“gorilas”) que en 1962 mandaron una fragata para reforzar el bloqueo estadounidense a Cuba durante la crisis de los misiles.




Sin embargo, en estos tiempos en que parece haberse perdido toda noción de vergüenza, hay quienes parecen gustosos de asumir ese rol de vasallos y tratar de complacer al “emperador”. Hasta hace poco, el arquetipo de esa actitud parecían ser las del mandatario argentino Javier Milei y el hondureño Nasri “Tito” Asfura (ganador en una cuestionable elección), pero, para no ser menos, el mandatario electo de Chile, no ha querido quedarse atrás en esto de demostrar pleitesía, aun a costa de haber hecho el ridículo al intentar saltarse todo protocolo y quedarse al lado de Trump para la foto oficial. Esto en circunstancias que, siendo el único asistente que aun no estaba en ejercicio de su cargo, tenía que haberse ubicado en la segunda fila y atrasito.  Faux pas de nuestro presidente electo…

La cumbre que le ha servido a Trump para lanzar su Escudo de las Américas no agota el tema del vasallaje que intenta imponer sobre América Latina y el Caribe. La primera víctima de este modelo de dominación ha sido Venezuela cuya situación actual es bastante compleja. En estricto rigor—con rabia contenida y gran impotencia—tenemos que admitir que ese país calza en este momento con la calificación de estado vasallo. La presidenta Delcy Rodríguez simplemente es una administradora del aparato del Estado, pero las decisiones importantes en materia económica como el manejo de sus recursos petroleros y de gas, así como sus relaciones internacionales, son controladas desde Washington. Se trata, sin duda, de un caso inédito en que luego de un ataque tan calculado, se deje en pie la misma estructura estatal preexistente. Claro está, se trata de un gobierno que en los hechos ha sido desprovisto de los atributos más importantes de su soberanía. A esta altura aun no conocemos los detalles del tipo de arreglo que el gobierno de Trump convino con las autoridades venezolanas, pero el resultado concreto de esa intervención nos lleva claramente a que ese país ha sido sometido a una condición de vasallaje, eso aun cuando sus autoridades interinas—por cierto legítimas—no han sido removidas. Su rol, sin embargo, se ha reducido a la de mero administrador sujeto a la supervisión de la potencia imperial.

Las ambiciones imperiales de Washington apuntan ahora a Cuba, país que está sometido en este momento a un inhumano intento de asfixia económica mediante el bloqueo al aprovisionamiento de petróleo. Trump ha afirmado este fin de semana que “Cuba está a punto de caer”, posiblemente una expresión de sus deseos más que una evaluación más realista de la situación. Sin embargo, ello no debe llevar a engaño: mientras más tiempo transcurra, la situación en la isla se irá siendo más dramática. Trump desde ya viene anunciando que intenta o forzar a las autoridades cubanas a un acomodo de “estado vasallo” similar al que hoy sufre Venezuela, o eventualmente, remover al actual gobierno

Hipócritamente, algunos hablan de “restaurar la democracia en Cuba” cuando en realidad de ocurrir lo que Washington desea, lo único que se restauraría sería la condición de una Cuba pre-revolucionaria de nuevo convertida en el prostíbulo de Estados Unidos con la mafia controlando casinos y cabarets.

¿Estamos asistiendo a tal retroceso a nivel internacional, por obra de Estados Unidos, que nos encaminamos a reproducir relaciones de poder inventadas en tiempos de asirios y babilonios? Esperamos que ciertamente en esto y pese a lo adversas que se ven las actuales condiciones, la última palabra la tengan los pueblos, y no la camarilla del régimen estadounidense en Washington.

 

Sergio Martinez

(temporalmente desde Ñuñoa, Chile)



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Sergio Martinez

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