
Confusión en medio de la majamama
Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 59 segundos
Quizá, el título de esta crónica habría sido otro, si hubiese analizado desde otro ángulo, la situación del país. Sí, de nuestra azarosa y vapuleada república, quizá la más aislada del mundo. Al poniente, nos enfrentamos a la nada, aunque nos seduzca ver la puesta de sol: “Nave en llamas que se hunde en la mar de mis sueños”, parafraseando a una poeta de dulce y lánguida mirada, cuyo nombre he olvidado. Y al oriente, la majestuosidad de la cordillera de Los Andes, cuyos dormidos o despiertos volcanes, nos amenazan a diario. Nuestro país es taciturno, aunque a veces corcovea.
Alguien me escribe, aunque ya nadie me escribe, donde refiere que piensa vender su Mercedes Benz de este año, y así, disponer de recursos destinados a comprar bencina a su Lamborghini. “Vende ambos autos y te compras una moto”, le aconsejo. Ser paño de lágrimas a esta edad borrascosa y de olvidos, es una infinita desgracia. Época de llanteríos en medio de lamentaciones. Hay quienes opinan que la vejez da sabiduría, sin embargo, creerlo es una falsedad. Todo se complica, cuando al caminar arrastramos los pies y alguien nos sugiere que debemos usar bastón. Bueno, queridos y admirados borregos, compatriotas, patipelados y vendedores ambulantes, como vivimos en un país donde las arbitrariedades a diario se centuplican, uno termina por agachar la cabeza. Y el moño, en el caso de tenerlo. Protestar es de rotos alzados. Entonces, usted concluye en la plaza, dándole de comer a las palomas. Siempre que las encuentre, donde concurre. Quizás, estas juguetonas avecillas, protagonistas de infinidad de cuentos, poemas e historias, aburridas de la vagancia sin rumbo, hayan decidido emigrar a otras latitudes. Han notado que los viejos cicateros, como yo, no les arrojan trigo, ni migas de pan, sino restos de cualquier porquería. Se nota la diferencia. Adiós a la generosidad. Nosotros, aburridos y nostálgicos peatones, enfrentados a esta majamama de escenarios, a modo de consuelo, al final decidimos quedarnos en casa. Este cobijo, desde tiempos de las cavernas, aunque lo dude, nos da tranquilidad.
Ahora, si usted concurre demasiado a la plaza, lo podrían confundir con un vagabundo. De no vestir las ropas adecuadas, lo tildan de pordiosero, y señoras piadosas, que jamás se acabarán, lo agarran de un ala y se lo llevan retobado a un hospicio. Y aunque usted alegue, despotrique y patalee que semejante medida es un atentado al libre albedrío -¿y por qué no a la libertad de expresión?- al final, las damas terminarán por convencerlo.
Que no se le ocurra decir ser admirador de… y que pertenece a una agrupación de anarquistas o de iconoclastas, pues lo pueden detener por amar el caos, en una sociedad apegada a la cristiandad.
En ciertos países del Asia, se venera a los mendigos, a quienes se tilda de sabios anacoretas. Moran en cuevas y recorren el país, mientras los auxilia la generosidad del pueblo. Si pensamos sobre el futuro de la humanidad, se puede advertir que vamos a finalizar viviendo en rucas o cuevas, para protegernos de las fieras y las adversidades de la vida. Aunque nos duela, día a día nos encaminamos a esa encrucijada. Sí, porque el destino del hombre es matarse entre sí y disfruta en hacerlo.
¿Y de que serviría protestar a causa de tantas arbitrariedades? De ser así, se nos abren dos claras alternativas: mandar a la mierda a esta sociedad suicida y hedonista o quedarse callado. Otra vez la censura se convierte en la posibilidad de permanecer con la boca clausurada. En lontananza se ven los riesgos.
Walter Garib





