
Gato por liebre: el plan de Kast que desató acusaciones de ‘reforma tributaria encubierta’
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La cadena nacional de José Antonio Kast no fue solo un mensaje al país. Fue, para la oposición, una jugada de alto riesgo político: envolver una reforma estructural en papel de regalo llamado “reconstrucción”. Y el problema —para el Gobierno— es que el envoltorio no resistió ni 24 horas.
Porque lo que vino después no fue debate: fue demolición.
Desde el primer minuto, distintas voces opositoras coincidieron en una acusación que, por repetida, se volvió peligrosa: aquí no hay solo un plan de emergencia, sino una reforma tributaria encubierta. Una de esas maniobras que en política se conocen bien: cambiar las reglas del juego mientras todos están mirando otra cosa.
La diputada Francisca Bello (FA) lo dijo sin rodeos, como quien ya no tiene paciencia para eufemismos: el Gobierno habla de crecimiento “para todos”, pero legisla en beneficio de unos pocos. Y ahí instala una contradicción que golpea directo al corazón del relato oficial: no se puede pedir sacrificios colectivos mientras se aliviana la carga de los que menos los necesitan.
Porque ese es el núcleo del conflicto: ¿reconstrucción para quién?
Bello no solo cuestiona la rebaja del impuesto corporativo al 23%. Lo que hace es desarmar el relato completo. Denuncia que, bajo la excusa de la urgencia, se reinstala un sistema tributario más favorable a grandes empresas, se reducen ingresos fiscales y, de paso, se flexibilizan estándares —incluidos los ambientales— en nombre de la reactivación.
Traducido: crecimiento ahora, costos después. Y que alguien más pague la cuenta.
Pero si Bello dispara con precisión técnica, Emilia Schneider (CS)opta por otra estrategia: politizar el contexto. Y lo hace con una frase que sintetiza toda la crítica opositora en una sola idea incómoda: el Gobierno estaría aprovechando el dolor de la gente.
No es una acusación menor. Es decir que el Ejecutivo no solo se equivoca, sino que instrumentaliza la crisis. Que usa la reconstrucción —con todo lo que implica en términos emocionales y sociales— como vehículo para empujar una agenda económica que, en condiciones normales, enfrentaría más resistencia.
Y ahí la discusión deja de ser técnica. Pasa a ser ética.
Desde el Partido Socialista de Chile, en tanto, el ataque fue más quirúrgico, pero igual de devastador. Apuntaron a uno de los símbolos utilizados por Kast: el “almacén de barrio”. Esa imagen del pequeño comerciante, esforzado, casi heroico, que el Presidente usó para justificar su propuesta.
La respuesta fue seca: ese almacén no paga el impuesto que usted quiere bajar.
Boom.
Con una sola frase, el PS desarma la narrativa completa. Porque si el beneficio no es para las pymes, entonces ¿para quién es? Y la respuesta, según la oposición, es incómodamente clara: para las grandes empresas. Las mismas de siempre. Las que no necesitan salvavidas, pero igual reciben uno.
Y entonces aparece Irací Hassler (PC), que no entra a la discusión con metáforas, sino con un mazo.
Su diagnóstico es brutal: habla de “indolencia”. No de error, no de diferencia ideológica —indolencia. Es decir, una desconexión profunda con la realidad cotidiana de las personas.
Hassler no se queda en la crítica política abstracta. Baja el debate al terreno donde duele: el bolsillo. Advierte que esta reforma podría significar una reducción gigantesca en los ingresos del Estado, afectando directamente áreas críticas como salud y educación. Y lanza una comparación que es dinamita pura: el costo fiscal del proyecto superaría el gasto completo en atención primaria.
Eso no es solo un dato. Es una bomba narrativa.
Porque instala una pregunta imposible de esquivar: ¿qué se deja de financiar para poder bajar impuestos a los grandes actores económicos?
Y mientras el Gobierno insiste en crecimiento, metas al 2030 y equilibrio fiscal, la oposición logra instalar otra imagen: la de un Estado que se achica justo cuando más se le necesita.
Ese es el verdadero campo de batalla: percepción.
Porque Kast puede repetir que su agenda no es ideológica todo lo que quiera. Pero cuando las medidas apuntan sistemáticamente en una dirección —menos impuestos a empresas, menos recaudación, más flexibilidad— la discusión deja de ser lo que se dice y pasa a ser lo que se hace.
Y ahí la oposición ha sido eficaz: ha logrado encuadrar el debate en términos simples, casi brutales:
No es reconstrucción. Es redistribución… pero hacia arriba.
El riesgo para el Gobierno no es solo legislativo. Es político. Porque si esta narrativa prende —si logra instalarse en la opinión pública— entonces cada medida futura va a leerse bajo esa sospecha: que detrás de cada urgencia hay una agenda escondida.
Y en política, una vez que te cuelgan esa etiqueta, sacársela es más difícil que aprobar una reforma tributaria sin pelea.
En resumen:
Kast habló de esperanza, crecimiento y futuro.
La oposición respondió con una palabra mucho más peligrosa: desconfianza.
Y si algo ha demostrado la historia reciente, es que en Chile, cuando la desconfianza se instala… no se va fácil.
Félix Montano





