Poder y Política

Lenin

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El presidente del PC chileno ha reiterado que su partido es “leninista”. Como todo personaje histórico, y además en este caso un intelectual con una amplia obra que incluye textos de filosofía y economía, la valoración del significado de Lenin es controversial. También lo son la revolución rusa de 1917 y su destino, percibidas por las clases dominantes en el mundo como la encarnación del mal por cuestionar radicalmente sus intereses y por los proyectos socialistas de raigambre democrática como una tragedia histórica que no logró sacar a Rusia de sus tradiciones autoritarias ancestrales ni, a la postre, del capitalismo puro y duro.

Lenin fue en primer lugar un estratega con un objetivo principal: derrocar a la monarquía zarista que oprimía ancestralmente a Rusia. Su familia provenía de la pequeña nobleza y de la burocracia estatal ilustrada de una ciudad de provincias del Volga. Su hermano mayor había sido ejecutado por atentar contra el Zar y se le impidió cursar normalmente estudios de derecho, los que culminó con una autorización especial para dar exámenes que aprobó con brillantez. Su inspiración ideológica fue el marxismo occidental introducido en Rusia por Georgi Plekhanov y Vera Zasulich, que incluía la emancipación política y social del proletariado y el campesinado y la emancipación de la mujer. Su identificación política se situó originalmente en la socialdemocracia europeo-occidental, que conoció de cerca en su largo exilio, lo que se fue transformando al transcurrir su vida de dirigente de partido en medio de una sociedad incipientemente industrial pero sobre todo rural y campesina, con resabios feudales en un inmenso imperio multicultural.

Lenin constataba que desde el punto de vista de los agentes de la revolución, no se podía contar en Rusia con una clase obrera organizada y educada, ni menos mayoritaria. Su conclusión, subrayada en el libro “Qué Hacer” de 1902, es que era tarea de un partido de vanguardia formado por cuadros disciplinados sintetizar y proyectar los intereses del proletariado, en alianza con el campesinado mayoritario (del que desconfiaba, y de paso también de la democracia representativa por la misma razón) y en conexión con las revoluciones proletarias europeas. Su diagnóstico era que una revolución proletaria -la vía parlamentaria no tenía sentido en la Rusia zarista, aunque siempre favoreció la participación en los parlamentos establecidos en períodos de apertura política- no era estratégicamente viable en una Rusia atrasada y aislada de Europa, pero que su tarea era, no obstante, iniciarla contra viento y marea y luego converger con el resto de una Europa revolucionaria. Lenin desarrolló su estrategia de toma del poder siempre a la espera de la revolución proletaria alemana, que consideraba indispensable para el destino de Rusia, incluso a pesar del vuelco nacionalista de las socialdemocracias en la primera guerra mundial, que lo empujó a romper con ellas y a dividir a su partido en contra de los mencheviques, que consideraba incompetentes para la tarea revolucionaria. Lideró con decisión inquebrantable la acción de la fracción bolchevique del Partido Socialdemócrata Ruso, en una alianza final con Trotsky, el brillante tribuno del Soviet (consejo de organizaciones obreras y populares) de San Petersburgo en 1905 y 1917. Con él organizó la insurrección y la toma del poder por los bolcheviques en un momento de crisis, apoyado en una parte de los soldados del ejército y la marina, en contra de casi todo el resto de la dirección bolchevique, que la consideraban una acción prematura.

La revolución alemana no ocurrió ni antes ni después de que Lenin y Trotsky organizaran el asalto al Palacio de Invierno en octubre de 1917, luego de la caída del Zar en febrero de ese año, que se produjo por los retrocesos rusos en la guerra contra Alemania y la descomposición de la economía y del entonces mayor ejército del mundo, lo que terminó arrastrando a la monarquía de los Romanov.




Al poco tiempo de escalar al poder, Lenin tomó la decisión de disolver la asamblea constituyente previamente convocada, en la que los bolcheviques resultaron minoritarios. Lo hizo en nombre del interés histórico del proletariado como clase, representado por su partido, el que debía prevalecer por sobre la mayoría ciudadana en una sociedad aún atrasada y con población mayoritariamente campesina. No obstante, Lenin mantuvo la democracia interna en su partido, aunque en 1921 propuso que se eliminaran las “fracciones”, al que terminó llamando “comunista” aludiendo su finalidad última de alcanzar una sociedad sin clases. Tuvo que sortear una prolongada y cruenta guerra civil contra los zaristas y el resto de partidos rusos apoyados por las potencias europeas. No dudó en anudar alianzas, que incluyeron reconocer la independencia de Ucrania -hecho hoy recriminado por Putin- pero tampoco en reprimir sin contemplaciones a sus enemigos en la guerra civil, lo que incluyó apoyar la ejecución del Zar y su familia en 1918 frente a un posible rescate por fuerzas enemigas. Suspendió todo pluralismo en el sistema político, salvo hasta cierto punto en su partido, y lideró el naciente Estado soviético con mano de hierro, lo que le valió pasar a la historia como un gobernante implacable a la hora de conquistar y conservar el poder.

Al final de su vida, tuvo la lucidez de dar un vuelco a la etapa del “comunismo de guerra” de férrea planificación central, heredada de los mecanismos propios de la economía de guerra zarista, para dar lugar a la “nueva política económica” con amplios espacios para los mercados y para agentes privados con el objetivo de reanimar una economía exhausta. Esta fue una suerte de prolegómeno de la política china de Deng después de 1980, que Lenin entendía debía prolongarse durante largo tiempo, al menos hasta que existieran bases materiales y capacidades de gestión suficientes para una socialización más completa de la economía.

Sus notas privadas poco antes de morir sobre el régimen que se estaba construyendo son bastante lapidarias: “En cinco años es imposible por completo reformar el aparato en medida suficiente, sobre todo atendidas las condiciones en que se ha producido nuestra revolución. Bastante es si en cinco años hemos creado un nuevo tipo de Estado en el que los obreros van delante de los campesinos contra la burguesía, lo que, considerando las condiciones de la hostil situación internacional, es una obra gigantesca. Pero la conciencia de que esto es así no debe en modo alguno cerrarnos los ojos ante el hecho de que, en esencia, hemos tomado el viejo aparato del zar y de la burguesía y que ahora, al advenir la paz y cubrir en grado mínimo las necesidades relacionadas con el hambre, todo el trabajo debe orientarse al mejoramiento del aparato.”

Y agregaba: “Se dice que era necesaria la unidad del aparato. ¿De dónde han partido estas afirmaciones? ¿No será de ese mismo aparato ruso que, como indicaba ya en uno de los anteriores números de mi diario, hemos tomado del zarismo, habiéndonos limitado a ungirlo ligeramente con el óleo soviético? Es indudable que se debería demorar la aplicación de esta medida hasta que pudiéramos decir que respondemos de nuestro aparato como de algo propio. Pero ahora, en conciencia, debemos decir lo contrario, que nosotros llamamos nuestro a un aparato que en realidad nos es aún ajeno por completo y constituye una mezcla burguesa y zarista que no ha habido posibilidad alguna de superar en cinco años, sin ayuda de otros países y en unos momentos en que predominaban las “ocupaciones” militares y la lucha contra el hambre. En estas condiciones es muy natural que la “libertad de separarse de la unión”, con la que nosotros nos justificamos, sea un papel mojado incapaz de defender a los no rusos de la invasión del ruso genuino, chovinista, en el fondo un hombre miserable y dado a la violencia como es el típico burócrata ruso. No cabe duda que el insignificante porcentaje de obreros soviéticos y sovietizados se hundiría en este mar de inmundicia chovinista rusa como la mosca en la leche.”

Con su salud ya debilitada, Lenin tuvo también la lucidez de pedir a su partido la destitución de Stalin de la secretaría general, el georgiano rudo a quien había puesto en ese cargo por su eficiencia burocrática en el período más duro. Stalin no publicó el “testamento de Lenin”, que se conocería solo en 1956, y que señalaba: “Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer una fútil pequeñez. Pero yo creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y desde el punto de vista de lo que he escrito antes acerca de las relaciones entre Stalin y Trotsky, no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva”.

Y agregaba Lenin sobre el nacionalismo gran ruso: “nosotros, los integrantes de una nación grande, casi siempre somos culpables en el terreno práctico histórico de infinitos actos de violencia; e incluso más todavía: sin darnos cuenta, cometemos infinito número de actos de violencia y ofensas. No tengo más que evocar mis recuerdos de cómo en las regiones del Volga tratan despectivamente a los no rusos, de cómo la única manera de llamar a los polacos es “poliáchishka”, de que para burlarse de los tártaros siempre los llaman “príncipes”, al ucraniano lo llaman “jojol”, y al georgiano y a los demás naturales del Cáucaso los llaman “hombres del Cápcaso”. Por eso, el internacionalismo por parte de la nación opresora, o de la llamada nación “grande” (aunque sólo sea grande por sus violencias, sólo sea grande como lo es un esbirro) no debe reducirse a observar la igualdad formal de las naciones, sino también a observar una desigualdad que de parte de la nación opresora, de la nación grande, compense la desigualdad que prácticamente se produce en la vida. Quien no haya comprendido esto, no ha comprendido la posición verdaderamente proletaria frente al problema nacional; en el fondo sigue manteniendo el punto de vista pequeñoburgués, y por ello no puede por menos de deslizarse a cada instante al punto de vista burgués”.

Stalin desplazó con alianzas que luego traicionaría a un Trotsky agotado, que había sido primero ministro de relaciones exteriores y luego de defensa y a quien Lenin ofreció ser una suerte de primer ministro al inicio de la revolución, cargo que éste rechazó -según la biografía de Robert Service- al considerar que eso era imposible en Rusia por su condición de judío, a lo que Lenin retrucó que la revolución se había hecho para terminar con las discriminaciones. Pero Trotsky, como “comisario del pueblo” nombrado por Lenin, negoció la paz con Alemania primero y luego formó y condujo con arrojo y determinación al Ejército Rojo hasta ganar la guerra civil, apoyado en oficiales profesionales como Mijail Tujachesvky. A la postre, Stalin logró tomar el poder luego de la muerte de Lenin (en 1924, a los 53 años) y terminaría asesinando a todos los dirigentes originales de la revolución de 1917, incluyendo a Trotsky, Zinoviev y Kamenev, y afianzaría la dominación del partido único en base al terror. Dogmatizó a Lenin hasta el extremo en la codificación del llamado “marxismo-leninismo”, que extendió a los partidos comunistas en el resto del mundo (lo que rechazó, entre muchos otros partidos socialdemócratas y de izquierda, el Partido Socialista de Chile fundado en 1933, entre otros factores como reacción a la estalinización del PC de Recabarren).

Stalin realizó un nuevo vuelco a la economía de guerra a partir de 1930, lo que le permitió preparar la guerra que se avecinaba contra Alemania, pero sacrificando las condiciones de vida obreras y sobre todo campesinas. Luego de cometer crímenes masivos para afianzar su poder dictatorial y errores estratégicos sustanciales, como pactar con Hitler y masacrar a la mayor parte de la oficialidad de su ejército, empezando por su jefe Tujachevsky- terminó ganando la Segunda Guerra Mundial contra los nazis al aliarse a la postre con los capitalistas Estados Unidos y Gran Bretaña. El Ejército Rojo conquistó una sustancial área de influencia en Europa del Este, la mayor que haya tenido Rusia en su historia, lo que inspira la nostalgia de Putin y sus seguidores en la actualidad, y que incluyó a una parte de Alemania, pero no mediante una revolución como la que postulaba Lenin sino a través de una conquista y ocupación militar.

No debe dejar de mencionarse la aguda crítica de Rosa Luxemburgo a Lenin y Trotsky (1918) al dirigirse a ellos desde la prisión alemana poco antes de ser asesinada por la policía:

sin elecciones generales, una prensa no cohibida, la libertad de asociación y la libre lucha de las opiniones, la vida de toda institución pública desaparece, se convierte en una vida ficticia en la que la burocracia se mantiene como el único elemento activo. La vida pública comienza a adormecerse, unas docenas de líderes de partido, de energías inagotables e idealismos sin límites, dirigen y gobiernan, debajo de ellos hay una docena de cabezas sobresalientes que dirigen de verdad y una élite de obreros, convocada de vez en cuando a las asambleas, para aplaudir los discursos de los líderes, aprobar en forma unánime las resoluciones presentadas, es decir, en el fondo, una sociedad de camarillas – de hecho una dictadura, aunque no la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un puñado de políticos – una dictadura en el sentido burgués puro, en el sentido del dominio de los jacobinos”.

Agregaba Rosa Luxemburgo:

Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares… Es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión…La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”.

A la postre, Lenin pavimentó el terreno a Stalin (sobre Stalin se puede leer aquí) al construir un sistema político autoritario de partido único. Pero no compartía suprimir la democracia interna en el “partido del proletariado” y su proyecto no era el del “socialismo en un solo país” de Stalin, más parecido a una forma tradicional de “despotismo asiático”. Recordemos que los escritos de Marx asociaban el “despotismo asiático” a comunidades aldeanas, sin una propiedad privada dinámica como en Europa, y a un Estado que aparece como propietario supremo o árbitro de la tierra, en que la burocracia centralizada organiza la producción y recauda tributos con un poder autocrático poco mediado por clases autónomas, con la consecuencia histórica de un estancamiento relativo. La URSS bajo Stalin destruyó las comunidades rurales y estuvo muy lejos de una emancipación proletaria y campesina: devino en un régimen de dominación e hiperestatización autoritaria y burocrática, muy lejos del autogobierno de los trabajadores y de la desaparición del Estado en una sociedad sin clases, tal como fueron postulados por Lenin en su libro “El Estado y la Revolución” de 1917.

Los marxistas actuales suelen distinguir con razón entre el Lenin analista del capitalismo y del imperialismo y conductor de la estrategia revolucionaria contra el zarismo , y el “leninismo” como modelo dictatorial de partido-Estado y de ideología dogmática y excluyente, que es de esperar no sea el que reivindican Lautaro Carmona y el PC. Si ese sigue siendo el caso, las posibilidades de cohesión de largo plazo de un proyecto político plural de la izquierda chilena no se pueden considerar demasiado auspiciosas, aunque en el corto plazo pueda haber una unidad de acción suficientemente armonizada frente al adversario común de extrema derecha.

 

 

Gonzalo Martner



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Gonzalo Martner

Economista, profesor de la Usach, expresidente del PS.

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