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¿Y entonces qué es una revolución?

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No se sabe muy bien. Pero lo que sí se sabe es que una de las razones por la cual el extremismo ultraderechista se impone en lugares impensados sin esconder su crueldad, su ignorancia y su absoluto desprecio por la vida, la verdad, el respeto por las personas y de la misma democracia que dicen asumir, es porque la izquierda, es decir quienes por genética y la imposición de la leche materna, deberían cruzarse al proyecto que busca que nuestro país, y el mundo entero, sea avasallado por siniestros personajes genocidas, explotadores, mentirosos, millonarios y enemigos de la humanidad, no está haciendo nada en ese sentido.

No hemos sido capaces de saber qué se hace en este momento de peligros inminentes y otros vigentes.

El caso es que mientras hay quienes buscan respuestas, hay otros que buscan preguntas. Y la mayoría no hace ni una ni otra cosa.

Y mientras eso pasa, la ultraderecha sigue su curso con sujetos que se han hecho del poder mediante la mentira, el engaño, el ofrecimiento falaz, el temor y haciendo pagar al pueblo trabajador sus políticas que solo apuntan a hacer más ricos a los ya suficientemente ricos.




Y, por cierto, avalados por la tibieza dubitativa y útil de la izquierda neoliberal, que también existe y hace lo suyo.

Consideremos que la izquierda revolucionaria, para no complicarse, se puede definir como la sumatoria de aquella que estuvo en el proceso de la Unidad Popular apoyando fielmente a Salvador Allende, la que luego del golpe de Estado se dispuso con alma y cuerpo a combatir a la dictadura y la que ahora ha emergido con formas y perfiles propios de este tiempo. Y reconozcamos que hay también una izquierda neoliberal que es la que se reunió para el gobierno de Gabriel Boric.

Y asumamos que desde el retiro de los militares a la izquierda la persigue una confusión que aún sigue cobrando sus efectos: simplemente no sabe para dónde va la micro. Ni de dónde viene.

Por razones propias de esa confusión, además de los cambios paradigmáticos que sufrió cierto tipo de socialismo en el que muchos basaban sus esperanzas y, sobre todo, la manera en que se enfrentó la mal llamada transición democrática, lo que tenemos es a mucha gente valiosa, jugada, con experiencia y ganas de que las cosas no sigan el mismo derrotero, sin saber qué es lo que habría que hacer para salirle al paso a un proyecto ultraderechista que busca retrotraer las cosas al momento en que la dictadura hacía pagar al pueblo sus costos refundacionales usando todas sus formas de lucha.

Esta dispersión ha dado como resultado, entre otros, un hecho cuya frecuencia y efectos han sido muy extraños tanto como dañinos: los presidentes de aquello llamado progresismo, izquierda y/o socialismo democrático, han sido electos por gente que no los quiere y por quienes sienten algo parecido a un franco desprecio.

Vea como la gente genuinamente de izquierda, es decir, aquella a la que no se la ha llevado el ángel neoliberal y/o sus buenos sueldos, barrios gentrificados y el anticomunismo más idiota posible, ha sido la que ha terminado por elegir a gente por la cual no siente precisamente una cercanía política.

Para decir las cosas como son: los presidentes de la Concertación, de la Nueva Mayoría y del Frente Amplio y muchos de sus diputados y senadores, han sido por la gente de izquierda que luego de emitir su voto ha debido, por lo menos, hacer abluciones de descarga emocional para sacarse de encima esa sensación de hastío que queda luego de votar por alguien por quien siente genuino rechazo.

Y luego, como hemos dicho antes, viene esa angustia de no tener por quién votar, llegado el caso, entendiendo que no queda otra que hacerlo por el funesto mal menor. Lo que demuestra que, en el espectro de la política que no admite vacíos si uno abandona su lugar otro lo ocupa, alguien está usurpando algo. Ahí faltan algunos.

Y el mundo sigue su curso.

Porque para decir las cosas como son, canceladas las vías extremas de pugna por el poder, eso de irse a la montaña con un fusil o fundar un nuevo Estado, lo que queda es entender que las elecciones son un legítimo, necesario e irremplazable campo en disputa.

Si la izquierda revolucionaria lo entiende como una expresión burguesa y no como un derecho ganado hace mucho tiempo y no lo asume como terreno a disputar, es que está perdiendo soberanamente el tiempo. Diría que habría que sospechar de quienes dicen que las elecciones son un instrumento de dominación y luego van y votan en blanco o nulo. Es decir, igualmente legitiman un mecanismo que dicen que no es legítimo.

Algunos creen que optar por las elecciones cancela la opción por la lucha popular por los derechos que el sistema niega. Diremos que, al contrario, enfrentar un proyecto político que se decida a ocupar el campo de las elecciones como uno en el que se disputa una parte importante del poder, requerirá como condición necesaria de un proyecto estratégico de movilización popular capaz de seducir a la gente y refuerce su luchas sectoriales por derechos conculcados.

Y, por cierto, movilizar a la gente cotidiana, imaginativa, masiva, articulada decisivamente. Lo que no implica solo desfilar por la Alameda.

Nada hace tanto daño al proyecto neoliberal que disputar y sobre todo ganar espacios de poder desde los cuales cruzarse a esa embestida. En este dominio no le valen las armas de la represión y la acción policial.

Es, a su pesar, la mayor debilidad que quedó instalada en el entramado que quiere tener todo atado y bien atado.

Y dado que el socialismo queda muy lejos, deberíamos abocarnos a resolver la contradicción fundamental: barbarie o sobrevivencia. Es decir, la izquierda revolucionaria debe hacer un esfuerzo de articulación y de alianzas que pongan sobre la mesa una estrategia que supere a la ultraderecha y a la izquierda neoliberal y ponga en marcha una agenda no neoliberal que permita constituir una mayoría social y política en un plazo determinado.

Y quienes creamos que es el socialismo el horizonte que permitirá que la vida humana sobreviva en el planeta, debemos probarlo en ese proceso con hechos de que eso es así y no nos quedemos con que la cosa es porque sí no más. Y que nadie se crea dueño de la pelota.

Y que manden todos o no mande nadie.

Una de las condiciones para construir una nueva sociedad es que sobre la faz de la tierra queden seres humanos para esa construcción y que sobrevivan aún quienes se supone que deben disfrutarla.

Como dijo uno que sabía, revolución es sentido del momento histórico, es cambiar todo lo que debe ser cambiado. Agreguemos: partiendo por la cabeza de muchos de nosotros. Ver menos

 

Ricardo Candia Cares



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Ricardo Candia

Escritor y periodista

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