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La vigilancia digital está desmantelando la vida democrática: la ONU alerta de un daño estructural irreversible

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La expansión global de sistemas de vigilancia digital —alimentada por la securitización, el antiterrorismo y la militarización policial— está erosionando la vida asociativa y debilitando los cimientos mismos de la democracia. En su último informe, la Relatora Especial Gina Romero advierte que los efectos inhibidores sobre la movilización social y la participación política ya son palpables, y que el daño podría volverse irreversible si los Estados no actúan con urgencia.

Tras 1945, los Estados consolidaron aparatos de vigilancia orientados al control ideológico y político. La lógica del “enemigo interno” se convirtió en un principio estructurante de las políticas de seguridad. Los atentados de 2001 marcaron un punto de inflexión: el antiterrorismo se transformó en un marco jurídico global que justificó la ampliación masiva de capacidades de vigilancia, desde la interceptación de comunicaciones hasta la retención de datos. Este giro consolidó la narrativa de la seguridad nacional como justificación universal. Con la irrupción de Internet, los teléfonos inteligentes y las plataformas digitales, la vigilancia dejó de ser exclusivamente estatal. Las grandes tecnológicas se convirtieron en actores centrales del ecosistema de control, acumulando datos a una escala sin precedentes y colaborando —formal o informalmente— con gobiernos. La combinación de inteligencia artificial, biometría y análisis predictivo permitió pasar de la vigilancia selectiva a la vigilancia ubicua, donde cualquier persona puede ser rastreada, identificada y perfilada en tiempo real. La vigilancia ya no solo observa: moldea comportamientos, inhibe la protesta, fragmenta la solidaridad y debilita la capacidad de organizarse. Es el paso de la vigilancia como herramienta a la vigilancia como arquitectura social.

La vigilancia digital amenaza la vida asociativa y erosiona la democracia, advierte la ONU

En un contexto global marcado por la securitización, la expansión de marcos antiterroristas y la militarización de las policías internas, la vigilancia digital se ha convertido en una arquitectura de control que penetra todos los espacios de la vida social. Así lo alerta la Relatora Especial de la ONU sobre los derechos de reunión pacífica y de asociación, Gina Romero, en un informe que describe un escenario de deterioro acelerado del espacio cívico y de los vínculos colectivos.

Su advertencia es inequívoca: si los Estados no actúan ahora, los daños estructurales sobre la vida asociativa —y, con ella, sobre la democracia misma— podrían volverse irreversibles.

Del “derecho a la privacidad” al control colectivo permanente

Durante décadas, la vigilancia se analizó únicamente desde la óptica de la privacidad individual. Romero sostiene que ese enfoque ya no basta: la vigilancia contemporánea opera sobre lo colectivo, sobre la capacidad de organizarse, movilizarse y sostener movimientos sociales.




“Los activistas trabajan bajo la suposición permanente de estar siendo observados”, afirma. Este “encierro digital” no solo inhibe la acción política: reconfigura la subjetividad, genera autocensura y erosiona la confianza interpersonal, un elemento esencial para cualquier forma de organización social.

Un daño compuesto: cuando la vigilancia desmantela derechos habilitantes

El informe muestra cómo la vigilancia digital interfiere simultáneamente con múltiples derechos:

  • privacidad,
  • libertad de expresión,
  • participación política,
  • no discriminación.

Pero el impacto más profundo recae sobre los derechos de reunión y asociación, considerados “habilitantes” porque permiten defender todos los demás. Cuando estos derechos se debilitan, la defensa de los derechos humanos en su conjunto se vuelve inviable.

La criminalización de la acción colectiva

Romero documenta un patrón global: los Estados utilizan narrativas de seguridad nacional para invertir la presunción de inocencia. La carga de la prueba recae sobre individuos y organizaciones, obligados a demostrar que no representan una amenaza.

La acción colectiva es etiquetada como:

  • “interferencia extranjera”,
  • “amenaza a la seguridad nacional”,
  • “terrorismo”.

Estas categorías permiten justificar legalmente infraestructuras de vigilancia masiva que, en la práctica, buscan desactivar la movilización social.

Impactos operativos: desmovilización, miedo y drenaje de recursos

La vigilancia —real o percibida— tiene efectos devastadores sobre el espacio cívico:

  • disminuye la participación en protestas,
  • dificulta el reclutamiento de nuevos miembros,
  • obliga a las organizaciones a desviar recursos hacia seguridad digital y defensa legal,
  • reduce su capacidad de acción y alcance social.

La introducción de tecnologías como el reconocimiento facial y las prohibiciones de cubrirse el rostro eliminan la posibilidad de anonimato en el espacio público, desincentivando la participación en manifestaciones.

Cuando los movimientos se ven forzados a operar en entornos digitales, enfrentan ataques remotos dirigidos, apagones de Internet y campañas de difamación.

El costo humano: trauma, agotamiento y vigilancia interiorizada

El informe también detalla los efectos médicos de la represión digital: depresión, agotamiento emocional, hiperalerta severa, burnout y trastorno de estrés postraumático.

La vigilancia deja de ser un mecanismo externo para convertirse en una presencia interiorizada, que condiciona la conducta y limita la acción colectiva incluso sin intervención directa del Estado.

El papel de las empresas tecnológicas: complicidad estructural

Las empresas tecnológicas y los proveedores de telecomunicaciones son actores centrales en esta arquitectura. Según Romero, muchas priorizan el beneficio económico sobre la protección de los usuarios, mediante:

  • acuerdos formales o informales de intercambio de datos,
  • explotación deliberada de vacíos legislativos,
  • despliegue de tecnologías intrusivas sin evaluación de impacto.

La frontera entre vigilancia estatal y vigilancia corporativa se vuelve cada vez más difusa.

Un llamado urgente: supervisión independiente y responsabilidad estructural

Para evitar daños irreversibles, la relatora exige que los Estados abandonen las revisiones centradas únicamente en la privacidad y adopten mecanismos independientes de supervisión integral que evalúen la proporcionalidad de todo el aparato de vigilancia.

La cuestión, advierte, no es técnica: es política y democrática. La vigilancia masiva no solo controla a individuos: desmantela la posibilidad misma de construir solidaridad, organización y resistencia.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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