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Apuntes desde una ONU a cuarenta grados

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El mundo se está acabando y nosotros con él.

 Es una frase quizá melodramática, pero también una que, durante los últimos meses, parece haberse instalado con inquietante frecuencia en la conciencia colectiva. Resulta difícil no pensarlo cuando el calor deja de ser una molestia estacional para convertirse en una presencia constante. Hoy, en Ginebra, hace calor. Un calor extremo que no solo ha cubierto la ciudad suiza, sino que amenaza a gran parte de Europa. En algunas regiones de Francia las temperaturas han rozado los 40 °C. Los expertos insisten en que no se trata de un fenómeno meteorológico aislado, sino de una consecuencia directa del cambio climático.

El calor se siente en todas partes: en los departamentos sin aire acondicionado, en las calles que parecen irradiar desde el pavimento y, sorprendentemente, incluso dentro de los salones de la sede europea de las Naciones Unidas.

Hace dos semanas, entre pilares de mármol y bajo el escudo plateado de la Organización, comenzó la 62.ª sesión del Consejo de Derechos Humanos. Creado en 2006, este órgano se reúne tres veces al año con una misión tan ambiciosa como frustrante: evaluar el estado de los derechos humanos en el mundo y sentar a los Estados para que, al menos durante algunas semanas, se enfrenten públicamente a las consecuencias de sus propias decisiones.




La nota verbal del Alto Comisionado de Derechos Humanos del día de inauguración enumeró una realidad bien conocida y de larga cronología. Aun así, hubo un interesante hincapié sobre preocupaciones cada vez más propias de nuestros tiempos. La inteligencia artificial, al parecer, no solo invade nuestros discursos culturales ni se limita a los titulares sobre su preocupante avance, sino que ya está transformando la naturaleza misma de la guerra.

El Alto Comisionado mencionó enfáticamente en su discurso de apertura que los drones autónomos, asistidos o incluso impulsados por IA, están causando un sufrimiento civil como nunca antes. La tecnología avanza con una velocidad muy superior a la capacidad de las instituciones internacionales para regularla. Sus comentarios no se detuvieron en estos hechos, sino que derivaron hacia una reflexión breve, pero con un mensaje inquietante entre líneas. Su voz resonaba entre los ecos de la sala y los idiomas de interpretación al mencionar que tres días de gasto militar global equivalían al presupuesto del Consejo de Derechos Humanos, y que solo dos horas del gasto mundial en soldados y armas equivalían al presupuesto anual de su oficina.

«¿Quién se beneficia de esto?», recalcaba, siguiendo el interrogante con una propuesta abierta: que la economía de guerra fuera reemplazada por una economía de derechos humanos. Si uno pasa suficiente tiempo dentro de las Naciones Unidas descubre que casi todas las discusiones terminan girando en torno al mismo problema: los recursos. Siempre faltan recursos para los mecanismos de derechos humanos, para la cooperación internacional o para la ayuda humanitaria. Eso sí, nunca parecen faltar para la guerra.

El ejército global constituye, colectivamente, uno de los mayores consumidores de combustibles fósiles del planeta. El Departamento de Guerra de Estados Unidos, por sí solo, figura entre los mayores consumidores institucionales de petróleo del mundo. Tanques, portaaviones, aviones de combate y drones funcionan gracias a los mismos combustibles responsables del calentamiento global, por no hablar de la devastación ecológica que se desata cuando estas armas alcanzan su objetivo.

Sin embargo, durante décadas las emisiones militares han ocupado un verdadero punto ciego en el régimen climático internacional. El Protocolo de Kioto las excluyó expresamente. El Acuerdo de París dejó su reporte en manos de la voluntad de cada Estado. El resultado es una paradoja difícil de ignorar donde la misma comunidad internacional que se reúne para debatir cómo frenar el cambio climático continúa protegiendo, mediante excepciones jurídicas y omisiones políticas, a uno de sus mayores emisores.

Es fácil creer que estas crisis pertenecen a categorías distintas. Que el cambio climático es un problema ambiental, la guerra un asunto de seguridad, la inteligencia artificial un desafío tecnológico y los derechos humanos una cuestión jurídica. Pero basta con escuchar durante algunos días las conversaciones que recorren estos pasillos para empezar a notar que todos esos temas están unidos por el mismo hilo.

La guerra acelera el cambio climático mediante el consumo masivo de combustibles fósiles y la destrucción de infraestructura. El cambio climático, a su vez, multiplica las sequías, la escasez de alimentos, el desplazamiento de poblaciones y la competencia por recursos cada vez más limitados. Más que un plan deliberado, lo que sostiene este engranaje es una cómoda indolencia estructural. Para las élites políticas y los arquitectos del complejo militar-industrial, el colapso ambiental es una abstracción lejana cuyas consecuencias jamás pagarán en carne propia.

Esta desconexión se traduce en la política diaria en un cinismo casi ingenuo, como cuando Marine Le Pen promete un plan masivo de aire acondicionado para hacer frente a estas temperaturas sin precedentes. Es el síntoma perfecto del individualismo tardío, enfriar el interior expulsando más calor a una atmósfera ya asfixiada, alimentando un bucle térmico que cada vez más amenaza nuestra cotidianidad.

Hay Estados que prefieren empujar al ciudadano a blindarse de forma individual antes que regular a las corporaciones de combustibles fósiles que sostienen el modelo armamentístico. Para el poder, el sufrimiento o el empobrecimiento de sus propias poblaciones es un costo colateral aceptable, un daño secundario frente a la prioridad imperativa de no tocar los flujos de capital.

Quizá eso era lo que flotaba entre las palabras del Alto Comisionado sin llegar a pronunciarse de manera explícita, que la economía de guerra, la crisis climática y el auge de la inteligencia artificial militar no son crisis paralelas, sino expresiones distintas de un mismo modelo económico y político.

Mientras tanto, el calor sigue aumentando. Y en los salones de mármol de las Naciones Unidas continúa discutiéndose cómo salvar un mundo cuya destrucción sigue siendo, para algunos, un excelente negocio.

 

Sophie Spielberger

Analista/columnista internacional. Las opiniones aquí expresadas son estrictamente personales y no representan a ninguna organización con la que colabore.

 

 

 

 

 

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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Sophie Spielberger

Cientista Politico especialista en Relaciones Internacionales

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