
En la escotilla siete
Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 3 segundos
Ayer supe que fue por ahí que entré al Estadio Nacional aquella noche del 19 de septiembre de 1973. Pude ubicar con precisión y incontrolable emoción, el lugar preciso en donde caí desde la baranda del camión que me llevó al Estadio.
Ya nos habíamos salvado del fusilamiento el final de la calle Carrascal en el puente Lo Boza que por entonces era de madera y debajo de cual vivían numeroso familias pobres.
Esta fueron las que salvaron la vida de Pablo Santibáñez y la mía.
El bisoño subteniente que mandaba, los que según alcancé a oír eran de la escuela de artillería de Linares, hizo numerosos disparos de su fusil SIG para expulsar a esa gente desde ese lugar en donde nos dijeron que no matarían.
La gente no se movió porque vivía ahí.
Recuerdo que luego de los tiros de fusil para asustar a aquella gente muy pobre y asustada, el militar afirmaba la boquilla del arma en mi cuello. Sentí el calor del valor de los soldados formados por Ejército de Chile, jamás vencido.
Tenía 16 años, era flaco, con nueve hermanos, una madre campesina, un padre obrero ferroviario y con muchos sueños en la cabeza.
Pero sueños que eran posibles porque ya se veía un retoñar: mi madre cantaba cuando lavaba la ropa y cuando cocinaba.
Y ahora, iba de boca en un camión tres cuarto con Pablo a mi lado. El mundo parecía que se derrumbaba.
En el trayecto el subteniente se ensañó con nosotros. Se subía sobre nuestro hombros y nos golpeaba con una pistola que olía a grasa consistente. Años mas tarde super que era una Colt 1911, calibre 45.
Por fin llegamos al estadio, de noche. Muchos gritos, órdenes, y soldados.
Yo llevaba la cara tirante por la sangre reseca y la frente rota. Sentía que a dos de mis muelas algo les pasaba. El hombro derecho lo sentía adormecido y me costó levantarme cuando sentí que el pequeño camión se detenía y la voz marcial del subteniente ordenó que nos bajaran.
Me puse de pie con alguna dificultad y lo mismo le pasó a mi compañero Pablo.
Desorientado no sabía para dónde debía caminar. El subteniente le ordena aun conscripto que me baje a golpes. El soldado se gira hacia a mí y hace la mímica de pegarme con la culata de su fusil Mauser, pero se acerca y me empuja con el arma. Entonces veo que debajo de su casco de acero caen dos lágrimas que brillaron con el concurso de las luces de ese pasillo. Lo peor vino cuando me dijo, intentando aplacar un sollozo profundo: Te van a matar, cabro.
Y ahí yo me encomendé a mi madre. Para Santo, no daba
Intento salvar el portalón trasero del camión y al tratar de afirmarme con mi brazo derecho me doy cuenta de que no lo podía mover y me caigo desde la altura sobre otro soldado que estaba abajo. A golpes me pone de pie y me indica que me ponga en esa fila, y apunta hacia un pasillo el que tenía una puerta a su lado izquierdo.
Lo hacemos. Tiritamos de miedo y de frío. Hay gritos y órdenes. Filas de hombres jóvenes sin camisa se ordenan en una larga fila que termina en dos escritorios en donde unos soldados llenan una especie de ficha de cada uno.
Se acerca un soldado y nos ordena salir de la fila y ponernos afirmados nuestros brazos en el muro. Hay una pileta a mi lado izquierdo junto a la entrada de lo que luego me di cuenta era una enfermería.
Y ahí nos quedamos, los brazos entumecidos, cegado mi ojo derecho por mi sangre.
Hay una persona en el suelo, cerca de nosotros. Clama por agua. El hombre joven, de bigotes recortados, pelo ondulado, está mal. Un soldado le abre la llave que está a mi izquierda, Toma agua, le dice burlesco. El joven se arrastra, intenta llegar a la pileta, yergue su abdomen para alcanzar el chorro. El milico cierra la llave y golpea la cabeza del sediento con su bota. Al rato, unos civiles, se lo llevan.
Nos salvamos luego de una noche de espanto. No pudieron encontrar nuestros carnés y la ficha que debían llenar nuestros captores por las razones que tuvieron. Un capitán nos declara de economía, es decir, de más.
Nos dejan afirmados en el pilar que sostiene una luminaria del estadio. Minutos después nos suben a un bus Pegaso lleno de pacos. Pasamos por no menos de diez comisarías hasta que nos dejan en Catedral esquina Matucana, en donde hoy se luce el Museo de los Derechos Humanos.
Algo ha cambiado desde ese tiempo.
Al saltar del bus caigo sobre una cámara de fierro, de esas por donde pasa el tendido eléctrico subterráneo: por entonces era cuadrada, hoy es redonda.
Mi amiga Loreto Muñoz se sorprende cuando descubro algo que había olvidado: donde me caí del camión esa noche lejana. Recree a cargo de mi hipertimesia esos momento de terror. Pero no lloré como dice la Lore.
Más bien me reí porque me rio siempre y porque con mi risa descubro que no me vencieron del todo, y porque me di cuenta, otra vez, de que estaba vivo. Y esas es una condición para cualquier cosa que uno quiera o deba hacer.
Le dije a la Lore: solo lloro cuando me acuerdo de mis hijos que están lejos y cuando escribo.
Como ahora que termino este relato.
Ricardo Candia Cares
