
De Ormuz a Bab el-Mandeb: la geografía comienza a jugar a favor de Irán
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El avance de los hutíes sobre la costa occidental de Yemen y la captura de la estratégica isla de Perim abren un segundo foco de presión sobre las rutas energéticas mundiales. Mientras el tránsito petrolero por el Estrecho de Ormuz se ha desplomado y Arabia Saudita intenta sacar su crudo por el mar Rojo, la guerra comienza a extenderse hacia Bab el-Mandeb. Estados Unidos mantiene una superioridad militar indiscutible, pero Teherán descubre que la geografía, sus aliados regionales y la vulnerabilidad de las rutas del petróleo pueden proporcionarle una capacidad de presión que las bombas no han conseguido eliminar.
La guerra entre Estados Unidos e Irán está produciendo una paradoja que probablemente no figuraba entre los cálculos iniciales de Washington. Seis meses después del comienzo de la ofensiva estadounidense e israelí, Irán está sometido a una enorme presión militar y económica, pero el conflicto no se ha limitado al territorio iraní ni ha reducido necesariamente la capacidad de Teherán para alterar el equilibrio regional.
Está ocurriendo algo diferente. La guerra comienza a desplazarse hacia las arterias por las que circula la energía de Oriente Medio.
El Estrecho de Ormuz fue el primer escenario. Ahora aparece Bab el-Mandeb, la estrecha puerta que comunica el golfo de Adén con el mar Rojo y, a través del canal de Suez, con el Mediterráneo. Entre ambos pasos se encuentran Arabia Saudita y algunas de las mayores reservas petroleras del planeta.
Los acontecimientos de los últimos días obligan, por tanto, a mirar ambos estrechos en un mismo mapa.
Los hutíes llegan a Bab el-Mandeb
La ofensiva lanzada por los hutíes en el oeste de Yemen ha modificado rápidamente la situación militar. Después de conquistar Moca, el histórico puerto sobre el mar Rojo, sus fuerzas avanzaron hacia el sur y alcanzaron Perim —también llamada Mayun—, una pequeña isla cuya importancia no guarda relación alguna con su tamaño.
Perim se encuentra literalmente en medio de Bab el-Mandeb.
Reuters confirmó el viernes, citando funcionarios yemeníes, que las fuerzas alineadas con el gobierno reconocido internacionalmente se habían retirado de la isla ante el avance hutí. La operación forma parte de la mayor escalada militar en Yemen de los últimos años.
La posición tiene un enorme valor estratégico. Desde la costa yemení y las islas próximas al estrecho pueden vigilarse y eventualmente amenazarse los buques que conectan el océano Índico con el mar Rojo.
No significa que los hutíes hayan «cerrado» Bab el-Mandeb ni que controlen automáticamente toda la navegación internacional. Esa sería una conclusión prematura. Pero tampoco necesitan hacerlo.
La experiencia reciente lo demuestra.
Desde finales de 2023, sus ataques con drones, misiles y embarcaciones contra determinados buques provocaron que importantes navieras abandonaran temporalmente la ruta del mar Rojo y desviaran sus barcos alrededor del cabo de Buena Esperanza. Para afectar el comercio mundial no es necesario hundir centenares de barcos: basta con aumentar suficientemente el riesgo para que navieras, aseguradoras y propietarios decidan que cruzar el estrecho deja de ser conveniente.
Ahora los hutíes disponen de posiciones geográficas considerablemente mejores para ejercer esa presión.
La otra puerta está en manos de Irán
A unos 2.500 kilómetros de distancia se encuentra el otro gran cuello de botella energético de Oriente Medio: el Estrecho de Ormuz.
Y aquí los números permiten comprender la magnitud del problema.
Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), durante el último trimestre de 2025 atravesaban Ormuz unos 21,6 millones de barriles diarios de petróleo y productos derivados. En el segundo trimestre de este año, después de la guerra y las alteraciones de la navegación, el volumen había caído hasta apenas 4,9 millones de barriles diarios.
Pero mientras Ormuz se cerraba parcialmente, ocurría exactamente lo contrario en Bab el-Mandeb.
El volumen transportado por ese estrecho pasó de 3,9 millones de barriles diarios en el primer trimestre de 2025 a 8,1 millones durante el segundo trimestre de 2026. Es decir, prácticamente se duplicó.
No es una coincidencia.
Al dificultarse la salida tradicional del petróleo del Golfo Pérsico por Ormuz, las rutas alternativas adquirieron una importancia extraordinaria. Y entre ellas se encuentra precisamente el corredor saudí hacia el mar Rojo.
La guerra fortaleció involuntariamente el valor estratégico de Bab el-Mandeb.
Y ahora los hutíes están allí.
La pinza sobre Arabia Saudita
Para Arabia Saudita el problema es especialmente grave.
Riad dispone de una ventaja estratégica que pocos productores del Golfo poseen: el gigantesco oleoducto Este-Oeste, de unos 1.200 kilómetros, capaz de transportar petróleo desde los campos orientales hasta Yanbu, en la costa del mar Rojo.
Su razón estratégica es evidente: permite sacar petróleo saudí sin atravesar Ormuz.
Pero el viernes ese oleoducto fue alcanzado por drones y quedó fuera de servicio. El ataque se produjo precisamente cuando el avance hutí llegaba a Perim. Reuters informó este domingo que las reservas acumuladas en Yanbu permitirían mantener las exportaciones durante apenas cinco a siete días si la infraestructura continúa paralizada. Después de ese plazo podría quedar amenazado un volumen equivalente a aproximadamente 4% del suministro mundial de petróleo.
Bagdad confirmó además que los drones que atacaron el oleoducto procedieron de territorio iraquí, aunque eso no establece por sí mismo quién ordenó la operación.
La imagen estratégica comienza entonces a resultar inquietante.
Ormuz está severamente perturbado. La vía terrestre saudí que permite evitarlo ha sido atacada. Y en la salida meridional del mar Rojo los hutíes avanzan sobre Bab el-Mandeb.
No estamos ante tres episodios aislados. Son acontecimientos distintos, protagonizados por actores distintos y sin que esté demostrada una dirección operacional única desde Teherán. Pero juntos están alterando el equilibrio de la guerra.
Irán no controla a los hutíes como un ejército propio
Esta distinción es importante.
Los hutíes mantienen desde hace años una estrecha relación política y militar con Irán y han recibido armamento, tecnología y asistencia iraní. Sus intereses estratégicos coinciden hoy ampliamente con los de Teherán.
Pero eso no convierte automáticamente al movimiento yemení en una unidad del ejército iraní.
Incluso el Institute for the Study of War, abiertamente crítico del régimen iraní, advierte que ambos actores pueden compartir actualmente el objetivo de ampliar el control hutí sobre la costa del mar Rojo mientras los dirigentes yemeníes conservan autonomía para determinar hasta dónde participan en los objetivos regionales de Irán.
La diferencia es relevante porque revela una de las fortalezas —y también una de las incertidumbres— del sistema de alianzas construido por Teherán.
No existe necesariamente un mando central que dé una orden y obtenga una respuesta mecánica. Existe una red de actores armados con intereses propios que pueden converger con los iraníes cuando las circunstancias lo permiten.
Y las actuales circunstancias lo permiten ampliamente.
La superioridad militar estadounidense encuentra un límite
Estados Unidos continúa poseyendo una capacidad militar incomparablemente superior a la iraní. Ha golpeado instalaciones, fuerzas e infraestructura de la República Islámica y mantiene una enorme presión económica sobre Teherán.
Pero una potencia militar puede destruir instalaciones; resulta bastante más difícil modificar la geografía.
Irán se encuentra junto al Estrecho de Ormuz. Los hutíes dominan una extensa franja del territorio yemení sobre el mar Rojo. Arabia Saudita necesita sacar millones de barriles diarios desde una región encerrada entre ambos corredores marítimos.
La guerra empieza así a mostrar una asimetría.
Washington dispone de portaaviones, bombarderos, submarinos, satélites y una gigantesca capacidad logística. Teherán dispone de territorio, proximidad y aliados capaces de imponer costos lejos de las fronteras iraníes.
La consecuencia ya aparece en los mercados. El petróleo superó nuevamente los 100 dólares por barril la semana pasada y los operadores esperan nuevas presiones cuando abran los mercados este lunes. En Estados Unidos, además, el precio minorista del diésel alcanzó este domingo un récord superior a 6,20 dólares por galón.
La guerra deja entonces de ser solamente una confrontación entre ejércitos.
Se convierte en petróleo, transporte, seguros, inflación y cadenas globales de suministro.
Washington ante otro frente
El avance hutí presenta además un dilema inmediato para Donald Trump.
Según Reuters, el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman pidió personalmente al presidente estadounidense asistencia militar contra los hutíes. Washington, hasta ahora, habría ofrecido principalmente apoyo de inteligencia. Estados Unidos ya bombardeó durante dos meses posiciones hutíes en 2025 y no parece dispuesto a abrir fácilmente otra campaña militar de gran escala mientras continúa la confrontación con Irán.
Pero la alternativa tampoco resulta sencilla.
Si Washington no interviene, Arabia Saudita puede sentirse crecientemente vulnerable. Si interviene masivamente en Yemen, abre otro frente de una guerra que precisamente está demostrando una extraordinaria capacidad para expandirse.
Y cuanto mayor sea esa expansión, mayores serán las posibilidades de Teherán de trasladar hacia sus adversarios parte del costo económico que Estados Unidos intenta imponerle.
De la guerra a la negociación
Quizás por eso el acontecimiento más importante de las próximas horas no ocurrirá en un campo de batalla.
Representantes iraníes y de varios países árabes del Golfo tienen previsto reunirse este lunes en Omán para discutir la navegación por Ormuz. Teherán afirma que presentará allí un entendimiento alcanzado con Omán sobre las futuras rutas de navegación, aunque Mascate no ha confirmado públicamente los términos y todavía existen importantes diferencias entre los participantes. Irak anunció que enviará una delegación; Bahréin, en cambio, señaló que no mantendrá conversaciones con representantes iraníes.
El canciller iraní Abbas Araqchi ha advertido además que un eventual acuerdo regional no significará automáticamente la reapertura del estrecho mientras Estados Unidos no satisfaga las exigencias de Teherán.
Aquí puede encontrarse uno de los objetivos políticos de la estrategia iraní.
Teherán pretende pasar de ser considerado el responsable de la inseguridad de Ormuz a convertirse en un interlocutor indispensable para garantizar su navegación.
Es una diferencia enorme.
Y los acontecimientos de Bab el-Mandeb fortalecen indirectamente esa posición. Si la alternativa a Ormuz también puede quedar amenazada, las monarquías petroleras del Golfo tienen mayores incentivos para buscar algún entendimiento que permita recuperar la normalidad de las exportaciones.
La geografía como arma
Nada de esto significa que Irán esté ganando la guerra. Su economía está sometida a una enorme presión, su infraestructura ha sufrido daños y la superioridad militar estadounidense continúa siendo abrumadora.
Tampoco significa que Teherán controle dos estrechos.
Pero sí indica algo más profundo: Estados Unidos no ha conseguido confinar la guerra a Irán.
La confrontación se ha extendido hacia Yemen, Arabia Saudita, Irak y las rutas marítimas de las que depende una parte sustancial del comercio energético mundial. Y cuanto más se extiende, más actores adquieren capacidad de intervención y más difícil resulta resolverla exclusivamente mediante superioridad militar.
Ormuz y Bab el-Mandeb son dos pequeños puntos sobre el mapa. Pero por ellos pasa buena parte de la energía que mueve la economía mundial.
Entre ambos se encuentra ahora una guerra.
Y esa geografía, que durante décadas convirtió al Golfo Pérsico en una zona estratégica para Estados Unidos, comienza paradójicamente a convertirse en uno de los principales instrumentos de presión de Irán.
Félix Montano
Fuentes: Reuters, NYT, Al Jazeera, AP.
