
Canadá en la encrucijada
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A veces resulta curioso cómo puede cambiar la percepción de la realidad en un tiempo muy breve. En el ámbito noticioso, Canadá muy rara vez atraía la atención mundial. Más de algún editor periodístico habría descartado a este país como fuente de noticias de interés: allí no pasa nada, habría comentado. Canadá, en la percepción de las salas de redacción, no era más interesante como sujeto de noticias que Liechtenstein o San Marino, sólo muchísimo más grande en territorio, pero no más que eso: un aburrido gigante.
Como muchas cosas que han cambiado (para mal) en este último tiempo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha contribuido a poner a su gigantesco vecino del norte en los titulares de los noticieros. Primero fue su grotesca e insolente insistencia en que Canadá se convirtiera en el estado número 51. Como esa idea fue recibida con profundo rechazo y levantó una ola de sentimiento patriótico en el pueblo canadiense (algo inusual en un pueblo que, a diferencia de casi todos los otros, no acostumbra a hacer alardes de nacionalismo), el inquilino de la Casa Blanca entonces se lanzó por otros caminos, algunos abiertamente pueriles como rebautizar el Lago Ontario, conocido con ese nombre desde antes de la llegada de los europeos, como “Lago de América” (“América”, a su vez, entendida como equivalente a Estados Unidos, no en su acepción correcta que abarca a todo el continente). Incluso una agresión militar podría haber estado en los planes de Trump, y el primer ministro canadiense, Mark Carney, admitió que Canadá había considerado la preparación para tal contingencia. Una cuestión de “gestión de riesgos”, la explicó Carney—un economista—aludiendo a que este país tenía que considerar esa eventualidad, aunque pareciera improbable.
El propio Trump más tarde aclaró que no consideraba una opción militar, sino más bien una de presión económica. En efecto, eso es lo que ha implementado Washington: primero, imponiendo aranceles del 50% sobre la mayor parte de los productos que Canadá exporta a Estados Unidos, con excepción de petróleo, gas y potasa (materia prima para fertilizantes). Como Canadá respondió imponiendo similares aranceles a productos estadounidenses, un indignado Trump replicó con la prohibición de importar a Estados Unidos una serie de productos canadienses como alcohol, lácteos y otros artículos manufacturados. La guerra comercial estaba lanzada.
Todo eso, sin embargo, es sólo el comienzo de lo que en verdad puede ser una estratagema a mediano o largo plazo para debilitar y, eventualmente, desestabilizar a Canadá. Lamentablemente, eso coincide con tensiones internas en este país que pueden servir muy bien a los propósitos de Trump.
Este lunes 5 de octubre tienen lugar las elecciones provinciales en Quebec y las encuestas favorecen al Parti Québécois (PQ), una formación política cuyo principal objetivo es separar a esta provincia—la única de mayoría francoparlante—del resto de Canadá. Exacerbando un sentimiento nacionalista francófono que existe desde hace mucho tiempo, el PQ ha intentado ya dos veces materializar ese objetivo mediante sendos referéndums, en 1980 y 1995. En ambas ocasiones la mayoría de la población rechazó la propuesta secesionista. De ganar estas elecciones, el PQ haría un tercer intento; eso sí, dada la influencia que puede tener el factor Trump en este proceso, se ha comprometido a convocar esa consulta solo una vez que el mandatario estadounidense deje su puesto en 2029. Como el mandato del gobierno provincial también finalizaría ese año, se entendería que el referéndum se convocaría en 2030.
Las inquietudes separatistas, sin embargo, no se limitan a Quebec: en el oeste del país, Alberta, también enfrenta la irrupción de un movimiento que propone la independencia de esa provincia. A diferencia del separatismo quebequense, que tiene raíces principalmente culturales, en el caso albertano las motivaciones son principalmente económicas: Alberta es muy rica en recursos naturales, principalmente petróleo y gas natural. El sistema federal canadiense tiene establecido un mecanismo de equiparación de recursos (“equalization payments”) que administra el gobierno federal, cuyo objetivo es que los habitantes de todas las provincias se beneficien lo más equitativamente posible de los ingresos que el gobierno recibe por impuestos y gravámenes. Alberta, siendo la provincia más rica, es la que aporta los mayores recursos. Al otro extremo, Quebec y las provincias del Atlántico se sitúan entre las de menores recursos, por lo que reciben más fondos.
En Alberta, muchos—especialmente sectores de la extrema derecha —resienten ese hecho y son los principales sostenedores de la propuesta separatista en esa provincia. El gobierno de Alberta ha convocado para el 19 de octubre una consulta referendaria en la que se preguntará si se está o no de acuerdo con convocar un referéndum sobre la separación de la provincia. En los hechos, se tratará de un “referéndum sobre si hay referéndum”, como se ha dicho, lo que recalca el procedimiento un tanto convoluto que la premier de la provincia, Danielle Smith, del Partido Conservador, ha empleado. Esto revelaría que la propia premier tendría una actitud un tanto ambigua ante este tema tan importante. Aunque ella ha llamado a rechazar la propuesta separatista, algunos miembros de su propio partido han abrazado la idea y, en el pasado, siempre fue muy crítica de los gobiernos centrales y de la manera en que, según ella, las políticas emanadas de Ottawa discriminaban a Alberta mientras favorecían a Ontario y Quebec, las dos provincias con más población y, por tanto, con mayor influencia electoral en los comicios nacionales.
Aunque los dos separatismos coinciden en apuntar sus fuegos sobre Ottawa y lo que consideran políticas centralistas de sus autoridades, los dos difieren en cuanto a sus motivaciones: en Quebec, el resentimiento hacia Canadá por parte de sectores de la élite francófona se remonta incluso a lo que llaman “la conquista”, la derrota de las fuerzas francesas en la Guerra de los Siete Años que culmina en 1759 con la caída de Ciudad de Quebec a manos británicas. Esta fue una de las tantas guerras entre estas dos entonces importantes potencias europeas y significó la transferencia de la colonia conocida como Nueva Francia a Gran Bretaña por el Tratado de 1763.
Aunque eventualmente la creación del Dominio de Canadá en 1867 confirió a la población francófona iguales derechos y reconocimiento legal a la lengua francesa y a las instituciones que entonces regían gran parte de la vida de la sociedad quebequense, en especial la Iglesia Católica, malas prácticas de parte de algunas administraciones tanto federales como de otras provincias, resultaron en crear una mentalidad de encierro en sectores de la población francófona. Esto ha sido explotado por sectores nacionalistas en Quebec para lanzar, en los últimos 50 años, diversas iniciativas destinadas a “tomarse revancha”, y los que han “pagado el pato” han sido los ciudadanos de habla inglesa, que han visto sus derechos sistemáticamente atacados. De paso, también los inmigrantes y miembros de comunidades étnicas han sido blanco de estos ataques por considerarlos que no se integran lo suficiente a la cultura francesa.
Algunos, entre ellos el jefe del izquierdista Nuevo Partido Democrático, Avi Lewis, han hecho también otra distinción entre los dos separatismos que, sin embargo, es errónea. Ellos han querido ver que, mientras el separatismo albertano es puramente económico y está alimentado ideológicamente por la extrema derecha, Alberta misma no reuniría los requisitos para aspirar a constituirse en nación independiente, el separatismo de Quebec, en cambio, sí respondería a una aspiración nacional; Quebec sería una nación mientras Alberta no. Sin embargo, ese es un argumento muy débil, porque lo que se llama “nación” (un pueblo que comparte tradiciones, cultura, historia, idioma y otras características que pueden variar) es, en última instancia, un constructo social; es decir, puede crearse. En los hechos, la idea misma de “nación québécoise” es relativamente nueva, hasta los años 60 se hablaba de “francocanadienses”. Nada impediría, por tanto, que, del mismo modo en que élites intelectuales y políticas quebequenses han formulado la idea de la nación de Quebec, sus congéneres puedan hacer lo mismo en Alberta.
Esto nos lleva entonces a subrayar que no hay un separatismo bueno (el de Quebec) y otro malo (el de Alberta). Ambos apuntan a debilitar y, en última instancia, desestabilizar Canadá. Peor aún, ambos le hacen el juego a Trump y sus aspiraciones de someter a este país. De hecho, estos días se ha revelado que personeros del PQ han estado en contacto con agentes del gobierno de Estados Unidos. Por otro lado, importantes figuras de la extrema derecha de Alberta, como una activista que durante la pandemia estuvo involucrada en una protesta contra el gobierno de Ottawa, fueron recibidas cálidamente por la embajada estadounidense.
Por cierto, la retórica del separatismo en ambas provincias puede llevar a engaño. El concepto de ser “libre” por ejemplo, se ha manejado mucho en Alberta (y no olvidemos cómo Javier Milei hace uso y abuso de la idea de “libertad” en su movimiento). En el caso de Quebec, por lo menos en sus comienzos, en los años 60 y 70, su retórica buscaba asociarse a los movimientos de liberación nacional que entonces surgían con fuerza en África y en otras partes del mundo. René Lévesque, su líder histórico, aunque ideológicamente un liberal, tenía, sin embargo, rasgos progresistas. No hay nada de eso en el movimiento independentista que hoy encarna su Parti Québécois: el actual líder, Paul Saint-Pierre Plamondon, tiene más coincidencias ideológicas con la extrema derecha europea que con las ideas progresistas que algunos miembros de ese partido formulaban en 1980. El líder del PQ ha prometido cerrar la inmigración a Quebec si es que sale elegido; también intenta impedir que los jóvenes de las minorías étnicas estudien en inglés en el CEGEP (colegios post-secundarios y de formación técnico-profesional), en circunstancias en que esa es una oportunidad que los jóvenes étnicos tienen para mejorar el uso de un idioma que hoy por hoy es la lingua franca, un requisito importante para tener un buen empleo. El discurso antiinmigrante del actual PQ contrasta con la idea que alguna vez tuvieron otros dirigentes nacionalistas, quienes reivindicaban una suerte de “nacionalismo territorial” inclusivo. El nacionalismo québécois de hoy, en cambio, es excluyente e identitario, en el que, si uno no es francófono, sólo puede ser aceptado si se asimila, transformándose en una suerte de caricatura de ciudadano québécois.
Tumultuosos tiempos, pues los que se avecinan para Canadá, aunque se espera que, tanto en Alberta como en Quebec, llegado el caso de definir su permanencia o no en el país, predomine el buen sentido y la sabiduría, como ya lo demostraron los propios québécois en los referéndums anteriores, y vuelvan a decir que no a los vendedores de ilusiones. Porque, además, en este caso, el que está al acecho, al otro lado de la frontera, listo para sacar provecho de cualquier fragmentación de este país, no es otro que el siniestro ocupante de la Casa Blanca.
Sergio Martínez
(desde Montreal, Canadá)
