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Las redes y las calles: La política de hoy se juega en dos plazas a la vez

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La política ya no tiene un único campo de batalla. Se disputa al mismo tiempo en la plaza y en el feed, en la asamblea vecinal y en el grupo de WhatsApp, en la pancarta pintada a mano y en el video que se hace viral en media hora. Y una parte de la izquierda, que durante años osciló entre la nostalgia por sus viejas formas y cierto recelo frente a la tecnología, está entendiendo a fuerza de urnas que no puede elegir: necesita volver a sus raíces organizativas, pero usando sin complejos las herramientas de este tiempo.

Lo que pasó en Brasil es la prueba más clara. Lula da Silva se impuso en la segunda vuelta de 2026 después de haber quedado atrás en la primera, y lo hizo con una fórmula que combinó dos fuerzas que parecían distantes: una marea humana en las calles de São Paulo, Río, Belo Horizonte o Recife, y una maquinaria digital capaz de competir de tú a tú con la ultraderecha. La lección excede a Brasil.

Brasil: la remontada que unió calle y pantalla

El dato de partida era adverso. Flávio Bolsonaro había terminado la primera vuelta por delante de Lula por más de dos millones de votos, con un electorado muy movilizado y una estructura digital aceitada durante años. La respuesta progresista no fue encerrarse a lamentar el resultado, fue salir a ganar.




Los analistas coinciden en que lo que vino después fue la ola de movilización más grande desde las protestas de 2013: manifestaciones que empezaron de forma casi espontánea, asambleas en universidades y sindicatos, y una convocatoria que prendió sobre todo entre los jóvenes.

Pero esa energía en la calle vino acompañada de otra decisión que llevaba tiempo postergada: disputar el territorio digital. Si en 2018 y 2022 la derecha radical había ocupado TikTok, YouTube, Instagram y WhatsApp con una mezcla de noticias falsas, moralismo conservador y estética antisistema forjada en la pandemia, en 2026 la campaña de Lula decidió no ceder ese espacio. Los números lo ilustran: más de 200 millones de interacciones para el candidato del PT frente a 54 millones de su adversario.

Lula lo resumió con una frase que condensa la doble victoria: habló de haber derrotado la injerencia externa de las plataformas y, a la vez, de una juventud que salió a defender la democracia en la calle. No hay contradicción. Hubo calle porque hubo relato en redes, y hubo potencia en redes porque había gente real sosteniéndolo afuera. La calle aporta legitimidad, cuerpo, una narrativa que no se puede inventar con un filtro. Las redes aportan escala, velocidad y capacidad de coordinación. Por separado, cada una se queda corta. Juntas, pueden dar vuelta una elección.

Volver a las fuentes sin convertirlas en museo

Cuando hablamos de recuperar las tradiciones de la izquierda, no hablamos de repetir liturgias. No se trata de volver al mitin kilométrico como único repertorio, ni de idealizar una clase obrera industrial que ya no estructura la sociedad como hace cincuenta años. Se trata de rescatar un método que funcionó y que en algún momento se dejó de lado.

Ese método tiene cuatro patas: organización territorial, formación política, movilización sostenida y construcción de poder desde abajo. El encuentro del Foro de São Paulo de 2026 lo formuló con claridad: calle de nuevo, brigadas digitales y democratización de la comunicación. La experiencia brasileña es pedagógica en ese sentido. Entendió que las redes no reemplazan a la militancia barrial, pero que esa militancia, sin redes, corre el riesgo de quedarse sin voz. Y que las redes sin anclaje territorial se vuelven espuma.

Hay otra tradición que toca recuperar y que la izquierda descuidó: la disputa por el sentido común. Mientras la ultraderecha instalaba durante años un discurso sencillo, emocional, repetido hasta la saciedad en cada plataforma, buena parte del progresismo se refugió en el informe técnico, en el matiz, en el programa de doscientas páginas. Y descubrió tarde que la política también es una batalla cultural, una disputa por quién nombra el mundo. Volver a contar historias, ponerle nombre a la injusticia, crear un nosotros. No hay que aplicar recetas obsoletas, hay que pensar el presente con herramientas heredadas y reinventarlas.

Las redes y las calles: habitar los dos mundos

La conclusión es simple y exigente a la vez. Hoy hay que estar en todas partes. El que solo vive en las instituciones se burocratiza y se aleja. El que solo vive en redes se vuelve volátil y dependiente del algoritmo. El que solo vive en la calle se vuelve testimonio sin capacidad de transformar.

La izquierda que venció en Brasil en 2026 no eligió entre esos mundos: los articuló y los hizo trabajar juntos. Esa es la lección que puede proyectarse a otras elecciones futuras. Ya no alcanza con resistir el avance autoritario. Hay que volver a construir.

Construir, en la historia de la izquierda, siempre quiso decir organizar, educar, movilizar y atreverse a imaginar el futuro. Hoy ese futuro se disputa en las calles y en las redes al mismo tiempo. La cuestión no es si hay que estar ahí. La cuestión es si sabremos estar sin diluirnos, sin perder lo que nos hizo ser izquierda en primer lugar.

 

Antonio Elizalde

 

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