
Las cosas que no le importan a la gente
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El candidato a presidir la CPC, Félix de Vicente, asegura que a las personas comunes no les interesa la controversia por las rebajas de condenas a agresores sexuales de menores. Días antes había pedido que la sociedad comprendiera cuánto se sacrifican los empresarios. Entre ambas declaraciones asoma una curiosa manera de interpretar las preocupaciones ajenas.
Hay personas que tienen el extraordinario talento de saber lo que piensa la gente sin necesidad de preguntárselo. Basta con observarla desde una cierta distancia, imaginar sus preocupaciones y ponerle palabras en la boca. Es una habilidad particularmente extendida entre quienes se dedican a dirigir organizaciones, administrar empresas o explicar cómo funciona el país.
Félix de Vicente, exministro de Economía y candidato a presidir la Confederación de la Producción y del Comercio, parece poseer ese talento.
Consultado por la controversia de las rebajas de condenas a 56 agresores sexuales de menores, explicó que se trataba de un asunto político. Algo que, en su opinión, no interesaba realmente a las personas comunes.
Para ilustrarlo, recurrió a dos personajes familiares: el hombre que abre un quiosco por la mañana y el comerciante que levanta la cortina de su almacén. Ninguno de ellos, aseguró, estaría particularmente preocupado por el asunto.
La imagen es entrañable. Uno casi puede ver al quiosquero ordenando los periódicos, al almacenero acomodando las bebidas y a ambos absolutamente indiferentes ante la noticia de que personas condenadas por delitos sexuales contra niños obtuvieron rebajas de sus penas.
Tal vez De Vicente conozca personalmente a esos comerciantes. Tal vez conversó con ellos antes de la entrevista. No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que la encuesta Criteria encontró algo bastante distinto: el 90% de los consultados conocía la controversia y el 95% rechazaba los beneficios otorgados a los condenados. Una proporción difícil de conciliar con la indiferencia generalizada que describió el aspirante a dirigente empresarial.
Pero las encuestas tienen sus limitaciones. Sobre todo cuando contradicen las certezas de quienes ya saben cómo piensa el país.
Hay algo más interesante en este episodio.
Dos días antes, De Vicente había explicado a Emol que una de sus principales aspiraciones era cambiar la imagen del empresariado chileno. Quería transmitir a la ciudadanía cuánto se sacrifican los empresarios, cuánto trabajan, cuánto arriesgan y cuán difícil resulta sostener una empresa.
Llegó a afirmar que los empresarios duermen menos y trabajan más. Una observación que seguramente encontrará comprensión entre las enfermeras de turno nocturno, los conductores del transporte público, los trabajadores de la construcción y las mujeres que combinan un empleo remunerado con el cuidado de sus familias.
No se trata de negar las dificultades de administrar una empresa. Existen, naturalmente. Un pequeño empresario puede perder sus ahorros, endeudarse y pasar noches enteras preocupado por pagar los sueldos.
Pero resulta llamativa la facilidad con que algunas personas convierten sus propias dificultades en una preocupación nacional y las preocupaciones de los demás en asuntos secundarios.
El sacrificio empresarial merece reconocimiento público. La protección de las víctimas de delitos sexuales, en cambio, sería una discusión política que no interesa a quienes trabajan.
Quizás el problema no sea la contradicción, sino el significado que se atribuye a la palabra gente.
En el discurso público, la gente aparece constantemente. La gente quiere seguridad. La gente necesita empleo. La gente está cansada de los políticos. La gente quiere crecer. La gente no tiene tiempo para determinadas discusiones.
Es una multitud muy obediente, que suele pensar exactamente lo mismo que quien la invoca.
Rara vez se le concede la posibilidad de tener preocupaciones simultáneas. Como si una persona que debe pagar el arriendo, comprar alimentos y levantarse a las seis de la mañana no pudiera también indignarse ante una injusticia, preocuparse por los derechos de un niño o exigir explicaciones a sus autoridades.
Como si la necesidad económica redujera la vida moral de los ciudadanos.
El quiosquero imaginado por De Vicente puede estar preocupado por sus ventas y, al mismo tiempo, considerar intolerable que una víctima se entere por televisión de la liberación anticipada de su agresor.
El almacenero puede tener dificultades para pagar las cuentas y también preguntarse por qué el ministro de Justicia continúa en su cargo.
No hay ninguna incompatibilidad entre ambas cosas.
Lo que ocurre es que, en ciertos discursos, las preocupaciones económicas parecen ocupar todo el espacio disponible. Lo demás se convierte en política, y la política, cuando resulta incómoda, pasa a ser una distracción.
Pero la justicia también forma parte de la vida cotidiana. La confianza en las instituciones, la seguridad de los niños y la responsabilidad de quienes gobiernan no son entretenimientos reservados a personas que disponen de tiempo libre.
Son asuntos que atraviesan la existencia de cualquiera, incluso de quienes trabajan demasiado para participar en debates públicos.
La controversia por las declaraciones de De Vicente coincide, además, con una discusión más amplia sobre la relación entre el poder económico y la sociedad.
Durante años, las organizaciones empresariales han reclamado que sus opiniones sean consideradas indispensables para definir las políticas públicas. Sus dirigentes intervienen en debates tributarios, laborales, previsionales, ambientales y educacionales. Y tienen pleno derecho a hacerlo.
Lo curioso es que, cuando se trata de una controversia sobre justicia y responsabilidad gubernamental, uno de los aspirantes a encabezar su principal organización parece descubrir que existen asuntos que no deberían preocupar demasiado a la población.
Quizás todo se reduzca a una frase poco meditada. Es perfectamente posible. Nadie está obligado a producir una teoría de la sociedad cada vez que habla por radio.
Sin embargo, algunas frases resultan reveladoras precisamente porque fueron pronunciadas sin demasiada elaboración.
De Vicente quiere que los chilenos comprendan mejor a los empresarios. Está bien. Es legítimo. Pero tal vez ese esfuerzo de comprensión debería funcionar también en sentido contrario.
Antes de explicar lo que le importa a la gente, convendría escucharla.
El hombre del quiosco y la mujer del almacén no son personajes secundarios de una presentación empresarial. Tienen opiniones, experiencias, afectos, preocupaciones y una idea propia de lo que es justo.
Y puede ocurrir que, después de pagar las cuentas, atender a los clientes y cerrar el negocio, todavía les quede suficiente conciencia para preocuparse por algo más que el bolsillo.
A veces, lo que no le importa a la gente resulta ser, simplemente, aquello que algunos preferirían que no le importara.
