El 22 de mayo se conmemoran 60 años del mega terremoto de 1960 que azotó una gran extensión del centro-sur del país. El suceso es considerado por los estudiosos del tema como el mayor de los movimientos telúricos que registre la historia de la humanidad en tiempos modernos. La zona devastada abarcó desde La Península de Arauco, Región del Bio-Bio, hasta la península de Taitao, Región de Aysén, en una longitud superior a 1.000 kilómetros con un registro de 9,5 grados en la escala de Richter.

No obstante que el acontecimiento se remonta a un tiempo de hace seis décadas, el recuerdo   perdura en la memoria de generaciones que se van extinguiendo por el paso de los años. El relato, principalmente oral, se ha podido conservar como testimonio de la tragedia, de un pasado, cuando los medios de registro audiovisual eran escasos y en el presente sólo perduran algunos recortes de prensa y, excepcionalmente, filmaciones y registros fotográficos.

A riesgo de restar interés al relato central, no puedo evitar un grado de subjetividad propio de quien no sólo escribe sobre un capítulo de la historia, sino que lo hace desde el recuerdo de una  experiencia  límite, o más bien desde la sobrevivencia. En razón de lo expuesto, me permito un paréntesis que espero ayude a explicar el contexto de la restante parte del relato.

// Nací en la ciudad de Valdivia y allí transcurría mi vida. Había cumplido recién los 13 años e iniciado Estudios Secundarios en el Instituto Comercial de la ciudad– en la actualidad Enseñanza Media- y, por circunstancias que no viene al caso relatar, me encontraba solo en casa de mis padres ese día. Es una experiencia difícil de expresar en palabras. La furia de la tierra la pueden medir los instrumentos, pero no la puede describir con precisión un preadolescente, más allá de los imborrables recuerdos que deja una tragedia personal y colectiva.

 

Poco antes de las 15 horas se produjo un fuerte movimiento sísmico que me estremeció y casi me desplaza del lugar en que me encontraba. No tenía referencias claras al respecto, pero recuerdo haber pasado otros temblores fuertes en mi infancia. De manera que traté de olvidarme de la situación. No habían pasado más de 15 minutos, cuando se desató el infierno sobre la ciudad.  No recuerdo cuántos minutos “interminables” duró aquella pesadilla, en que caí al suelo y antes de ponerme de pie, volvía a caer, en una serie de intentos, la mayoría de ellos fallidos, hasta que la tierra, volvió poco a poco a disminuir su furia y recién entonces pude constatar que estaba físicamente entero.

Después, vino el tiempo de la vida a sobresaltos – la tierra no paraba de temblar-  llegó el hambre a la ciudad y se instalaron “ollas comunes”, albergues improvisados, “rucos” (albergues familiares y colectivos de sobrevivencia) el frío y la lluvia se filtraban por todas partes, la incontrolable crecida del río Calle-Calle, y más tarde las aguas que se acumulaban en el Lago Riñihue -con su salida natural obstruida por efecto del sismo- que amenazaba con sepultar la ciudad. Esa situación, de extrema gravedad, hizo que me acogiera a un programa del Ministerio de Educación y pude dejar la ciudad, en el mes de junio, en calidad de “evacuado” y terminar el año escolar en el Instituto Politécnico de Linares, en un lugar seguro y del cual guardo un agradecido recuerdo por la solidaridad con que fuimos acogidos//.

 

Retomo el tema central que es el sismo de 1960 conocido como “El mega terremoto de Valdivia” que, en rigor, abarcó una extensa zona del país. El día anterior se había producido un sismo de enormes proporciones en la Región del Bio Bio, conocido como el terremoto de Concepción, cuyos efectos devastadores para el país se hicieron sentir en la suma de dos cataclismos de enorme magnitud que se sucedieron en un lapso de 24 horas, dejando  un saldo de  más de 2 millones de personas sin hogar.

El domingo 22 de mayo de 1960 amaneció con un día inusualmente soleado, para esa época del año en la ciudad de Valdivia. Las noticias radiales pronto nos dieron a conocer el terremoto de Concepción ocurrido el día anterior a las 06.02 hora local, con una magnitud oscilante de:  7.3- 8.2 en distintos puntos de la región.

Según datos consignados en el Museo de Historia Nacional (Departamento Educativo) El domingo 22 de mayo alrededor de las 15: 11 horas se produjo el gran terremoto.  Los efectos del sismo fueron demoledores: las construcciones se desplomaron, los servicios básicos quedaron totalmente colapsados, carreteras inutilizables, puentes destruidos, la tierra con gigantescas grietas por donde comenzó a brotar el agua a raudales inundando parte de la ciudad.  Valdivia parecía una zona destruida por una guerra cuya destrucción procedía, en este caso, desde las  profundidades mismas de la tierra.  Pero eso no sería todo. Lo peor, estaba por llegar.

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Diez minutos después, una ola gigante de 8-10 metros que avanzaba a una velocidad de 150 km/h  terminó  por destruir lo que quedaba en pie alrededor de la costa. El maremoto se llevó las localidades costeras de Puerto Saavedra, Corral, San Carlos y Queule y otras. Al finalizar el día una vasta área había sufrido los desoladores efectos del mayor sismo y maremoto que se tenga memoria. 15 horas después, las costas de Japón, Hawai, Filipinas, Isla de Pascua, California, Nueva Zelanda y Samoa, entre otras, sufrieron los efectos en destrucción y muerte.

Todavía quedaba por escribir otro capítulo de la trágica historia de Valdivia. La salida del Lago Riñihue – a través del río del mismo nombre hacia el Río San Pedro-  se encontraba bloqueada por los cambios sufridos en la topografía del lugar, amenazando con sepultar las comunidades ribereñas y gran parte de la ciudad de Valdivia. En dos meses un gigantesco despliegue humano, encabezado por el ingeniero Raúl Sáez, logró evitar la tragedia, en lo que se conoció como la “Epopeya del Riñihue”, y que dio origen a un documental fílmico realizado por el historiador chileno-español Leopoldo Castedo.

Parte de este relato, especialmente las cifras, fueron tomadas del Museo de Historia Nacional, antes citado, y también de la página electrónica de es.wikipedia. org. No obstante existir registros históricos de esos hechos, estimo que subyacen consideraciones que la historia a menudo no recoge, me refiero a ciertos aspectos que sólo pueden ser relatados por quienes vivieron los acontecimientos de manera directa, esto es, desde el registro de la memoria.

Desde esa óptica, quisiera resaltar la enorme solidaridad desarrollada por la comunidad afectada por la tragedia. Una solidaridad compartida; brindada, recibida, vivida y proyectada por todos y cada uno de los habitantes conscientes que la vida en sociedad es cosa de todos y que en ello residía la fórmula para sobrevivir a esos acontecimientos. Claro, eran tiempos en que la solidaridad era una práctica nacida y sustentada por una comunidad que creía firmemente en los valores colectivos de los seres humanos y donde el individualismo tenía escasa cabida. Eran los tiempos del “Nosotros”, mucho más que del “Yo”. Eran tiempos de sindicatos fuertes y numerosos que años antes habían dada vida a la Central Única de Trabajadores de Chile. Eran tiempos en que los problemas sociales eran, si no  de todos, de una mayoría y donde el Estado, a pesar de sus limitaciones, jugaba un rol importante en las cuestiones sociales. En fin, todavía no se entronizaba el individualismo del presente.

 

Finalmente, quisiera rendir un homenaje a los anónimos obreros que llevaron a cabo la descomunal y heroica tarea de abrir paso a las aguas del Riñihue y lo consiguieron de manera exitosa. Cuando la maquinaria pesada se tuvo que dejar de lado, porque las condiciones del terreno y el clima invernal hicieron imposible su uso, fueron los obreros que a pulso llevaron adelante la titánica faena.

La llamada “Epopeya del Riñihue” sólo consigna un nombre, el del ingeniero jefe. Está bien. Sus méritos son innegables. Pero, ¿cuánta injusticia conlleva el hecho de que aquellos hombres que se jugaron la vida durante dos meses en arriesgadas labores, colgando de frágiles cordeles, adheridos a las paredes de los acantilados, mientras cargaban toneladas de tierra y lodo, “mojados hasta los huesos” premunidos de una pala, no sean ni siquiera recordados por sus nombres?

 Esos hombres, todavía son anónimos, no son recordados, ni tienen rostros, para la inmensa mayoría de los chilenos.

¿Cuántas mujeres anónimas trabajaron en las tareas domésticas para apoyar la labor de los hombres sobre el fango? ¿Quiénes preparaban la comida? ¿Quiénes lavaban la ropa de esos   trabajadores? ¿Quiénes aseaban los albergues? También ellas quedaron en el olvido.

La historia de Chile tiene una deuda con todos/as ellos/as. Esperamos que se haga justicia, aunque sea, después de 60 años de ocurridos los hechos.

 

 Higinio Delgado Fuentealba

 

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