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Allende anunció su inmolación, pero los negacionistas de su suicidio se negaron a escucharlo. Y hasta hoy lo siguen haciendo

«Los seres humanos no somos por naturaleza objetivos, juiciosos, desinteresados, escépticos; sino que tendemos a sacar conclusiones apresuradas a partir de evidencias débiles y a defender irracionalmente nuestras creencias»

 

                                                                                    Henry H. Bauer

 

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Es característico de la actitud de los partidarios de las distintas versiones de la «tesis» del magnicidio de Allende, que casi siempre se pronuncien sólo acerca de aquellos hechos que, en su opinión, apoyarían o confirmarían sus propios planteamientos, mientras que respecto de aquellos que no prestarían apoyo a su posición, guarden el más completo silencio. Un caso ilustrativo de esta manifiesta selectividad lo constituye la actitud de los negacionistas del suicidio ante las innumerables declaraciones de Allende, hechas antes y durante el golpe, en el sentido de que defendería hasta el final su gobierno con las armas en la mano, y si no era muerto en el combate, se quitaría la vida.

 

He aquí un listado, con toda seguridad incompleto, de expresiones en las que el presidente Allende anuncia que combatirá «hasta la penúltima bala» a los golpistas, y entonces se inmolaría:

 

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A.  «Pero sepan ustedes, que yo no voy a renunciar al mandato que el pueblo me entregó. Que voy a morir en mi puesto de combate y de aquí, de La Moneda, no saldré vivo, saldrá mi cadáver»

 

Palabras de Allende en una reunión con el Consejo de Defensa Nacional, frente a cuatro posibles generales golpistas, que tuvo lugar a mediados de agosto de 1973. Reportado por Clodomiro Almeyda. 

 

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B. «No crean señores que, si intentan sacarme de este sillón por la fuerza, yo seré como otros presidentes de América Latina que se suben a un avión y se marchan al extranjero. ¡No! Yo estaré acá. Y me defenderé hasta la última bala…. Perdón…, hasta la penúltima…Yo sé lo que haré con la última.»

 

Palabras finales de Allende al cierre del Consejo de Gabinete del 10 de septiembre de 1973, en el que se encontraban, entre otros, 3 ministros militares, potenciales golpistas. Reportado por Pedro Felipe Ramírez, en La Nación, Documento especial 2008, Allende 100 Miradas, página 30.

 

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Otras expresiones de Allende en el mismo sentido que llegaron a conocerse durante o antes del Golpe: 

 

C. «A mí me van [a tener que] sacar en pijama de madera de La Moneda, pero no voy a claudicar ni voy a salir del país arrancando en un avión».                                                                     

 

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Allende a Hortensia Bussi, noche del 10 de septiembre en la Casa Presidencial de Tomás Moro 200.

 

D. «No, señores, no me voy a rendir, así es que díganle a sus Comandantes en Jefe que no me iré de aquí y no me voy a entregar. Esa es mi respuesta, no me van a sacar vivo de aquí, aunque bombardeen La Moneda. Y miren, el último tiro me lo dispararé aquí.» Terminó diciendo Allende, al tiempo que tomaba su fusil AKMS y lo apuntaba al paladar de su boca. abierta».

 

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9 de la mañana del 11 de septiembre, en uno de los salones de La Moneda el presidente se dirige a los edecanes Sánchez, Badiola y Grez, quienes siguiendo órdenes de los jefes golpistas tratan de convencerlo de que entregue el mando de la Nación.

 

E. «Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se les grabe profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo».

 

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11 de septiembre, 8:45 de la mañana, tercera alocución del presidente por Radio Corporación

 

F. «Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo que el Compañero Presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida

 

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11 de septiembre, párrafo final de la tercera alocución presidencial por Radio Corporación.

G. «Los que no tengan cómo defenderse, deben irse (…) Ordeno a las compañeras que abandonen La Moneda. Quiero que se vayan (…) Yo no me voy a rendir, pero no quiero que el de ustedes sea un sacrificio estéril. ¡Ellos tiene la fuerza! Las revoluciones no se hacen con cobardes a la cabeza, por eso me quedo. ¡Los demás deben irse! Yo no voy a renunciar. A todos les agradezco su adhesión. Los hombres que quieran ayudarme a luchar que se queden; los que no tengan armas deben irse».

 

9:30 de la mañana, palabras de Allende en la última reunión con sus colaboradores, médicos detectives y miembros del GAP, en el Gran Comedor de La Moneda.

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H. La mañana del Golpe Allende le dijo a Miria Contreras: «Prefiero suicidarme antes que renuncia. Reportado por La Payita al abogado comunista Eduardo Contreras en 1980.

 

I. El día 14 de septiembre de 1973, en Ciudad de México, Tencha Bussi declaró que su esposo le había dicho que «Se suicidaría antes que traicionar sus ideales». Esta declaración de la esposa del presidente es especialmente importante y digna del mayor crédito, porque fue dada a conocer solo 5 días antes de que ella misma hiciera público el vuelco desde la verdad de un Allende que se auto inmola, a la falsedad de uno que es ametrallado por soldados golpistas.

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J. El mismo día del derrotado Tancazo, en una reunión del CONSUPSENA, Consejo Superior de Seguridad Nacional, realizada en La Moneda, Allende manifestó que él, como presidente de la República, no entregaría el mando y si era necesario sacrificaría sin vacilaciones su propia vida defendiendo el ejercicio democrático de la jefatura del Estado.

 

Reportado por Orlando Millas en el volumen cuarto, pág. 354 de sus Memorias, 1957-1991, Una Disgresión, Santiago, Ediciones ChileAmérica CESOC, 1996.

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Pero para los negacionistas del suicidio la totalidad de las expresiones del presidente citadas más arriba no serían otra cosa que palabras vacías que no significan nada, a pesar de que ellos saben que una de las constantes de la conducta de Allende, como hombre y como político, fue su respeto por la palabra empeñada. Pero es abismante la ceguera voluntaria y la testarudez de los partidarios del magnicidio ante hechos que tienen, literalmente, frente a sus ojos, tal como se evidencia en las siguientes declaraciones de Renato González, contenidas en una entrevista de Francisco Marín titulada «Eladio» el escolta de Allende» que fuera publicada en la revista mexicana Proceso el día 27 de junio de 2014, donde Eladio afirma, «sin el menor empacho», lo siguiente: «Allende nunca mostró la menor intención de rendirse ni suicidarse. Una persona que piensa en suicidarse tiene una etapa de depresión. Se le derrumba todo».

 

En efecto, Allende no pensó nunca en rendirse ante los golpistas, como lo dice 5 veces en los pasajes citados más arriba, es decir, en A, C, D, E, G y H, donde utiliza distintos sinónimos de la palabra «rendirse»: no renunciaré; no claudicaré; no me entregaré; no daré un paso atrás; no entregaré el mando. En cuanto al suicidio, en al menos cuatro de las frases citadas: la B, D, H e I, de antes y durante el Golpe, Allende anticipó que se suicidaría en caso de que no le quedara otra opción digna, lo que refuta de manera categórica la afirmación de Eladio en el sentido de que Allende no habría manifestado nunca su intención de suicidarse en La Moneda. Según  puede verse, Eladio, así como la totalidad de los partidarios de cualquiera de las distintas versiones de la «tesis» del magnicidio de Allende, adoptan una actitud de total rechazo, rayana en el dogma, ante la sola posibilidad de que Allende se hubiera suicidado, a pesar de que como lo acabamos de mostrar, él anunció muchas veces, antes y durante el golpe, que así lo haría.

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Pero, además, como casi todos los que creen, o quieren creer, en el asesinato de Allende, Eladio parece no tener la menor idea de que existen distintas formas de suicidio, cada una con sus específicas motivaciones y «síntomas», por lo que al no haber visto la mañana del 11 de septiembre a un Allende depresivo y «derrumbado», sino a un líder en total control de sí mismo, quien anuncia su inminente suicidio, Eladio, negándose a escuchar sus inequívocas palabras, e interpretando en forma incorrecta la conducta del presidente ese día, concluye, erróneamente, que éste no habría manifestado nunca la menor intención de suicidarse, ni el 11 de septiembre, ni antes.     

 

Pero, subyacente a aquella frase de Eladio, citada con plena aprobación de Marín, puede encontrarse otro de los supuestos implícitos de la tesis del magnicidio, y es que, dado que los golpistas se habrían propuesto asesinar a Allende durante el combate de La Moneda, éste no pudo sino haber sido efectivamente asesinado, lo que, por cierto, delata una pésima lógica. Porque ellos no consideran por un solo instante el hecho probado de que Allende se retiró a su oficina privada, antes de que los golpistas irrumpieran en el segundo piso del viejo edificio, de manera que tuvo tiempo suficiente para quitarse la vida antes de que los primeros soldados, al mando del general Palacios, consiguieran ingresar al Salón Independencia, minutos después de las dos de la tarde del 11 de septiembre.

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A las 7:15 de aquella mañana, ya enterado de que el alzamiento de la Marina se encontraba en marcha en Valparaíso, el presidente abandona la casa presidencial de Tomás Moro 200, no para ocultarse, ni escapar de los golpistas, sino para dirigirse a toda velocidad a La Moneda, en uno de aquellos legendarios FIAT 125 de color azul, conducido por Julio Soto, su chofer y miembro del GAP, su fiel escolta. Una vez en el Palacio, el presidente se dedicará a recabar información sobre la magnitud del alzamiento militar, de boca de sus colaboradores civiles y militares; tratará de movilizar a las organizaciones populares; barajará sus posibilidades de poder neutralizar el golpe; rechazará, con gran firmeza y vehemencia, los «ofrecimientos» de los generales golpistas de poner un avión a su disposición para que abandone el país, junto con su familia y sus más cercanos colaboradores, así como cada uno de los ultimata golpistas hechos bajo amenaza de bombardeo aéreo; se encargará de organizar la mejor resistencia armada posible al asedio militar que permitieran los limitados recursos bélicos y humanos disponibles; se ocupará de proteger y salvarles la vida a las mujeres, quienes, valientemente, habían ingresado a La Moneda aquella mañana, y a cuanto partidario quiso abandonar aquel lugar; Allende combatirá temerariamente (24) el asedio golpista a La Moneda, por más de cuatro horas y media, con su propio fusil AKMS y un lanzacohetes RPG 7, junto a un puñado de amigos, colaboradores, médicos, detectives y miembros del GAP, a pesar del limitado número de sus fuerzas, bajo poder de fuego y escasa munición. Y como si esto no fuera suficiente, el presidente denunció en tres de sus históricas cinco alocuciones radiales de aquella mañana, a los responsables civiles y militares del alzamiento, así como a quienes fueron sus instigadores, tanto chilenos como norteamericanos; se despidió de su pueblo y de sus partidarios y nos dejó para la posteridad aquel inmortal «Discurso de las grandes alamedas», su despedida y testamento ético-político.

          

Allende pondrá término a su histórica alocución final de aquella mañana, con la siguiente frase:

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«Estas son mis últimas palabras. Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición». 

 

¿A qué otro «sacrificio» podría referirse aquí el presidente, sino a su inminente autoinmolación?  

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Como es obvio, ninguna de las acciones arriba descritas le fueron, en modo alguno, impuestas al presidente por los golpistas, sino que fueron la consecuencia de decisiones éticas libremente adoptadas por él en aquellas extremas circunstancias, a partir de su código de honor personal y de sus principios y valores políticos.

 

Se pregunta uno ¿acaso puede alguien, razonablemente, sostener que un hombre que ha sido capaz de comportarse como lo hizo Allende aquella fatídica mañana, pudiera haber sido, en algún grado, dominado por sentimientos de temor y cobardía durante la tarde? Porque cada una de sus acciones muestran que el presidente ingresó a La Moneda con la firme decisión de luchar hasta el fin, expresión que debe entenderse tanto en el sentido de que pudiera encontrar la muerte en el combate, como significando que si esto no llegaba a ocurrir se quitaría la vida, antes que rendirse a los golpistas.

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Esto quiere decir que la autoinmolación no representaba para Allende otra cosa que una salida moralmente digna a la derrota militar, no una forma de escape, cosa que los defensores de la tesis del magnicidio no han podido, o querido, nunca comprender; porque para ellos todo suicidio no sería otra cosa que un acto de simple cobardía, miedo y debilidad, al que temen como al Diablo y evitan como a una peste.

 

 Es curioso que muy pocos, entre quienes han escrito sobre las últimas horas del Presidente, han observado que aquel día él no improvisó ni uno solo de sus pasos, sino que cada una de sus acciones fueron el resultado de un largo proceso de meditación y reflexión previas, así como de sus experiencias del alzamiento militar del 25 de agosto de 1939, en contra del gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, conocido como El Ariostazo, y del frustrado golpe de una fracción del Ejército en contra de su propio gobierno, el 29 de junio de 1973, bautizado como El Tancazo. En realidad, el día del golpe de Estado Allende tuvo el valor, la presencia de ánimo y la visión de preocuparse del significado y la transcendencia moral, política e histórica de cada una de sus palabras, acciones y gestos, y ello no sólo porque él comprendió desde el primer momento que el futuro de la izquierda chilena dependía de su conducta frente el golpe y que allí mismo se estaba jugando su lugar en la historia, tanto de Chile como de América. Pero, además, Allende supo anticipar con gran lucidez que su combate y muerte en La Moneda se constituirían en una poderosa bandera de lucha en contra de la Dictadura, y en el ejemplo y guía de los combates populares del futuro.

 

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Lo que el presidente, por cierto, no podía haber anticipado, fue que después de su muerte los propios cuadros dirigentes de la izquierda chilena en el exilio, con la participación central de uno de los miembros de su escolta y de su propio partido, harían público un falso relato de su heroico final, que hasta el día de hoy un considerable número de sus antiguos partidarios siguen teniendo por verdadero, lo que les impide comprender y valorar de manera correcta el significado ético, político e histórico de la heroica inmolación del presidente. 

 

En el contexto de todo lo dicho más arriba ¿qué sentido podría tener afirmar que Allende habría sido «obligado a suicidarse?, cuando él mismo, desde el primer momento, contempló el suicidio como la única opción ética que le quedaba, en caso de que los golpistas lograran acceder al segundo piso de La Moneda e intentaran detenerlo, vejarlo o forzarlo a renunciar?

 

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Por cierto, aquella afirmación carece de todo sentido, pero los partidarios del magnicidio no pueden comprenderlo así porque tienen una actitud contradictoria frente a esta cuestión. Pues,

por un lado, afirman que el suicida es movido por el temor y la cobardía, es decir, por impulsos que no puede dominar, pero por otro lado no pueden negar que la conducta de Allende aquel día fue la de un hombre en total control de sí mismo, que lucha, con todos los medios a su alcance, en defensa de su dignidad e investidura, y cuando ya no le queda otra salida digna, se inmola en su oficina privada. De manera que es en aquella incorrecta visión del suicidio, en general, donde se encuentra la razón última del empecinamiento de quienes creen, o quieren creer, en el asesinato de Allende, al tratar de demostrar, contra todo argumento o evidencia, que Allende no se suicidó, sino que «tuvo que haber sido muerto» en un combate final contra soldados golpistas, relato cuya falsedad nos hemos propuesto demostrar en este libro, por medio de la combinación de los únicos recursos científicos válidos al alcance de los seres humanos pensantes: el examen de las evidencias existentes mediante del uso de la razón crítica. 

 

De allí que no sea, en absoluto, algo casual que la leyenda del magnicidio de Allende haya sido concebida, difundida y defendida, por allendistas, pero no por cualquier partidario de Allende, sino por allendistas, muy probablemente de formación católica, quienes habiendo sufrido en carne propia el trauma del Golpe, la represión y el exilio, siguen creyendo aún que todo suicidio no es más que un acto de cobardía, y por lo tanto indigno de un gran líder. Porque sólo para ellos constituye un problema ético que el presidente se haya quitado la vida en su oficina privada, es decir, en el Salón Independencia, la tarde del 11 de septiembre. Para confirmar lo que aquí sostenemos, basta con nombrar a quienes defienden hoy, o defendieron oralmente y por escrito en el pasado, alguna de las versiones de la «tesis» del magnicidio de Allende: el joven militante socialista, Eleno y GAP, Renato González, el ex maoísta Robinson Rojas, el periodista de izquierda Camilo Taufic, el doctor Luis Ravanal Z., hijo de izquierdistas chilenos exiliados originalmente en Canadá a causa del Golpe, el conocido Abogado de Derechos Humanos, Roberto Avila Toledo, dirigente del actual «Partido Allendista», etc.

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El único caso en el que no se da esta correlación entre allendista de larga data y partidaria del magnicidio de Allende, es el de la periodista Maura Brescia, quien después de haber sido militante y dirigente del Partido Demócrata Cristiano por 36 años (1963 a 1999), renunció al PDC en los momentos en que tambaleaba la dictadura cívico-militar, transformándose en una acérrima allendista-post Allende bajo el primer gobierno de la Concertación, encabezado por el «ex golpista» Patricio Aylwin. Significativamente, en la última campaña presidencial, en cuyas elecciones fue elegido presidente por segunda vez, Sebastián Piñera, Maura Brescia daría públicamente su apoyo al candidato periodista, radical y masón: Alejandro Guillét.

 

Por Hermes Benítez

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  1. Germán Westphal says:

    Dada su integridad moral y política, “colocado en un tránsito histórico” y sin “otra alternativa”, aunque haya muerto por mano propia, a Allende lo asesinó la dictadura. Esto es lo que hay que entender.

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