Cultura

Y nos habíamos olvidado del circo

(Homenaje al poeta Ángel Pizarro) (1924-2020)

Cualquiera, provisto de un discreto olfato, huele el inicio de la temporada de circo. Infinidad de hechos indican que la fiesta va a comenzar, aunque los entendidos, aseguran que se inició hace tiempo. Se ajusta esta información a la realidad, por tratarse de un anticipo. Quienes participan desde enero o antes en esta avanzada, son artistas novicios. Algunos quedaron cesantes del circo anterior y como el hambre a todos nos puede doblegar, sin tardanza se engancharon en el nuevo circo. Ni la pandemia del coronavirus y las desgracias por la muerte de miles de personas por causas de esta epidemia, han detenido el inicio de la fiesta circense. Nos encontramos en septiembre, y los nostálgicos del circo, añoran la época de la aparición de los payasos, el traga sables, el equilibrista y la señora de los perritos amaestrados, números apreciados por grandes y chicos. Nos referimos al verdadero circo, ajeno a los improvisados de esta época de pandemia, donde los payasos hacen llorar y los perritos se niegan a obedecer las instrucciones de su adiestradora y terminan mordiendo y meando al público. El domador de leones se esconde detrás de una silla, mientras tirita y el equilibrista va a dar al suelo con su humanidad. Quien no ama el circo es por naturaleza, una persona amarga, enemiga de la risa. Hay un proverbio muy socorrido, que es una mala invención o un rotundo desacierto. Dice: “En la boca del tonto, abunda la risa”. Yo pienso lo contrario. Más bien son tontos los fulanos graves, angustiados, en cuya expresión nunca asoma un gesto de felicidad o la espontaneidad de la risa. Suponen que la adustez es sinónimo de inteligencia. ¿Existe mayor deleite que ver a un bebé reírse? Ahora, el gobierno de los tiempos mejores, del oasis, del cuerno de la abundancia, o de la paz de los cementerios, ofrece día a día, un nuevo espectáculo.  A veces cae en la tentación de imitar a una ópera, por ejemplo a “Un baile de máscaras” de Verdi, donde los amores imposibles, la traición, los celos y el crimen, tiñen la obra. No se ha llegado a tales extremos, pues en política, lo imposible es posible y viceversa. Volvamos al circo. Ni hablar del hombre bala y la domadora de fieras, personajes que por su arrojo y valentía, ponen la piel de gallina. Es necesario aclarar, que existen diferencias en los circos. Ya sea por la calidad de su carpa, el profesionalismo de sus artistas y el mensaje de su actuación. Frente a este grupo debe hallarse el director, persona provista de carisma, voz de mando, habilidad en el manejo de la escena y excelente conducción de los tiempos. Si se producen baches o descoordinación en los números, el público advierte la falencia y se aburre. Recurrir al circo, cuando el agua les llega al cuello a los gobiernos, se remonta a 3000 años de antigüedad. O quizás más, donde los guerreros iban acompañados de acróbatas y malabaristas en sus campañas bélicas. Hay antecedentes que en China e India, se conocían los espectáculos de esta naturaleza y luego pasaron a Egipto, Grecia y Roma. Mantener al pueblo en diaria farándula, ofreciéndoles diversión, canto, música y risa se convierte en panacea. Los casinos tradicionales se mantienen cerrados, pero los clandestinos funcionan con o sin cuarentena y la televisión ofrece concursos a destajo, para que cualquiera se haga rico, arriesgando mil pesos..

Así funciona nuestro circo, la desatada fiesta semejante a épocas lejanas o actuales, con ciento de miles de invitados, donde se ignora quién la paga. Desde luego usted, a través de sus impuestos, el saqueo de su jubilación, el robo a sus ingresos, orquestado por el gobierno. Como premio a su inocencia, por ser usted una persona honesta, va a recibir dos entradas a galería, para ir al circo en esta temporada.

 

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Por Walter Garib

 

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Escritor

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