Guerra ruso ucraniana

La guerra de Ucrania en un mundo multipolar

El historiador ateniense Tucídides, (contemporáneo del estratega Pericles), merece el nombre de Padre de la Historia: a diferencia de  Heródoto, cuya historia está saturada de mitos, Tucídides privilegia el relato de hechos contemporáneos sobre la realidad, basándose en las causas y consecuencias de los  históricos.

En la principal obra de su autoría,  La guerra del Peloponeso, Tucídides omite los mitos y los dioses. La narración se basa en una serie de discursos, y los más famosos los dirigía a Pericles, en homenaje a los atenienses muertos en la guerra, obra que constituye una apología a la democracia griega. Otro de los discursos lo dedica al diálogo de los atenienses con los espartanos, en que se da la disputa entre el derecho de la fuerza y el de un pueblo inferior, (desde el punto de vista de las armas pequeño), con el objetivo de mantenerse neutral. El último discurso está dedicado al relato de la peste, que asoló a Atenas en plena guerra del Peloponeso.

La trampa de Tucídides, concepto utilizado en la geopolítica, hoy vuelve a ponerse de moda. Esa trampa consiste en que una potencia hegemónica, (en este caso, Esparta), declara la guerra a una nueva potencia que, en corto tiempo, pone en riesgo a la potencia principal. Según ese historiador griego, cuando ocurre el hecho de la disputa entre una potencia principal y una secundaria, que pone en riesgo su hegemonía, necesariamente se buscará cualquier pretexto para declarar la guerra.

El historiador y geopolítico norteamericano, Graham Allison, en su libro Hacia la guerra. América y China, la Trampa de Tucídides caracteriza a América como la potencia hegemónica, y a China como la potencia que pone en peligro esa hegemonía.

La relación de Atenas, (poseedora de los mares), con Esparta, no puede ser traspasada al conflicto entre Norteamérica y China. En la Grecia del siglo V A.C. Atenas, en muy poco tiempo, se había convertido en la Ciudad de la cultura, del arte, de la filosofía y de la democracia, además, había construido una poderosa flota, mientras que Esparta era la potencia guerrera por excelencia. Durante mucho tiempo Atenas y Esparta coexistieron definiendo distintas áreas de influencia, por ejemplo, la primera, Atenas, dominando el mar, y mientras que la segunda, Esparta, la tierra.

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Desde 1945, final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se había convertido en la potencia hegemónica del mundo, (el dólar se impuso como la moneda de cambio en el comercio, que rige hasta hoy). Durante la “guerra fría”, la URSS y Estados Unidos no se enfrentaban directamente, sino en guerras e invasiones de países periféricos, llamadas de “baja intensidad”. La disuasión nuclear impedía que ambas potencias se enfrentaran entre ellas, (el único momento peligroso se dio cuando los aviones de Estados Unidos descubrieron los misiles rusos en Cuba, (octubre de 1962).

La caída del Muro de Berlín, sumado al derrumbe de la URSS, terminaron con la creación de un mundo unipolar: Estados Unidos, potencia única, podía hacer y deshacer. Los distintos gobiernos norteamericanos a partir de 1990 desplegaron una violencia desmedida y egoísta en contra de Rusia que, en ese entonces, padecía de una grave crisis económica y un fuerte desánimo de sus ciudadanos. El gobierno de Boris Yelsin terminó entregando el poder a las mafias de oligarcas, que raudamente se repartieron las empresas, (antes pertenecían al Estado).

El Presidente actual de la Federación Rusa, Vladimir Putin, ha devuelto a su país el orgullo que ya lo había considerado perdido. Si bien el PIB ruso ocupa el 12º lugar en el ranking mundial, Rusia sigue siendo la primera potencia nuclear y con un ejército sofisticado, numeroso y con gran poder de fuego.

El gobierno norteamericano, por su parte, creyendo que su hegemonía iba a ser eterna, no sólo mantuvo la OTAN, sino que también la extendió a las Repúblicas ex soviéticas del Báltico y los principales ex miembros del Pacto de Varsovia, (Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria). La OTAN ha animado la presentación de Georgia, Moldavia).

La coexistencia entre Estados y Rusia dependió siempre del respeto de las áreas de influencia de cada una de estas potencias: Nikita Kruchev, por ejemplo, retiró los misiles en Cuba, pues esta Isla se encontraba en área norteamericana, (algo similar ocurrió con las rebeliones en la RDA, Hungría y Checoslovaquia, en que la OTAN no reaccionó ante la invasión del Pacto de Varsovia).

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Luego del derrumbe de la URSS se pactó que la unión de las dos Alemanias debía ser compensada con la promesa de que la OTAN rechazara la candidatura de las ex Repúblicas soviéticas, fronterizas con Rusia, (pacto que sería similar al empleado en la crisis de 1962, con Cuba).

Simultáneo a la caída de la Unión Soviética aparecieron dos obras de geopolítica muy importantes: la de Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, donde el autor sostiene que una vez derrotado el bloque soviético, sólo queda el mundo occidental y, contradiciendo esta tesis, se edita la obra del profesor norteamericano Samuel Huntingtom, El choque de civilizaciones y la configuración del orden mundial, en que explica que en la historia siempre se han enfrentado distintas civilizaciones, (en la actualidad, Estados Unidos y China). Este último libro ha sido muy criticado, pues en la definición de “civilizaciones” predominan los elementos culturales y religiosos. Además, su caracterización es discutible, ya divide el mundo en ocho bloques civilizatorios, cuyas fronteras son muy discutibles, (la China, la Japonesa, la India, la islamista, la ortodoxia, la Occidental, la de América Latina y la africana).

La guerra ruso-ucraniana ya no se ubica en el mundo bipolar de la “guerra fría”, sino en uno multipolar, en donde Estados Unidos está a punto de perder su hegemonía.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

18/03/2022

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Historiador y cronista

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