Chile al Día Opinión e identidades

Todos los dolores, el dolor

Tiempo de lectura aprox: 4 minutos, 4 segundos

De todos los dolores que hieren nuestra vida emocional –no me refiero aquí a la categoría de los dolores físicos— sin duda el mayor de todos, el que más nos hace sufrir, es el que produce la muerte de un ser querido. Las imágenes que llegan desde Chile en las últimas semanas son muy impactantes e ilustrativas de ese dolor; particularmente fuerte ha sido aquella que muestra al presidente Gabriel Boric dando su pésame y consolando a la madre del cabo primero Daniel Palma.

Los insólitos actos de violencia contra carabineros, resultando en la muerte de tres de sus efectivos en poco menos de un mes, sin duda choquearon a la sociedad chilena y por cierto tuvieron efectos políticos de gran envergadura cuyas repercusiones pueden impactar seriamente a las relaciones entre policía y ciudadanía en el futuro cercano. No cabe duda de que la secuela legal más controvertida ha sido la rápida tramitación en el Congreso y la promulgación presidencial en tiempo récord de la llamada Ley Naín-Retamal, que en lo fundamental confiere a las fuerzas policiales el privilegio de considerar prácticamente cualquier uso de sus armas de servicio como “legítima defensa”. Ciertamente no hay problema en aceptar que dado el contexto de criminalidad muy violenta que aflige a Chile en el último tiempo, la policía deba sentirse suficientemente respaldada para no inhibirse de usar su armamento para atacar a los delincuentes.  El problema surge porque no todas las actuaciones policiales tienen que ver con la lucha contra la delincuencia. La policía también entra en acción cuando hay manifestaciones callejeras, protestas estudiantiles o marchas de huelguistas, esto es el rol represivo o de defensa del status quo que es también una de las tareas esenciales de las llamadas fuerzas del orden, es decir, del orden establecido, para hacerlo más claro.

Sin embargo, escribía sobre el dolor y por eso dejo muy en claro que todo ser humano que se precie de tal tendría que sentirse solidario con el dolor de las madres, cónyuges e hijos de los policías recientemente asesinados a manos de delincuentes. No sería ético intentar relativizar o minimizar el impacto de esas muertes sólo porque uno puede tener—por lo demás, legítimas—aprensiones acerca del actuar policial en otras circunstancias, recientes o lejanas en el tiempo. El dolor es dolor, el de todos, y punto.

Es entonces cuando en la grabadora mental de mi memoria tengo necesariamente que apretar el botón de “retroceder” y remontarme al año nuevo de 1974, a tres meses del golpe de estado, cuando en una reunión familiar de muy bajo perfil, levanté lo que en ese momento era una triste copa comparada a la de otras fechas similares que eran marcadas por la alegría: “¡Por los compañeros que ya no están…!” dije al brindar luchando por retener mis lágrimas. Ya a ese momento eran varios que habían sido asesinados o desaparecido sin dejar rastro; en los meses y años siguientes se sumarían otros tantos. Carlos Berger, a quien había conocido en mi breve paso por la Escuela de Derecho, lo había visto por última vez en una reunión de quienes entonces escribíamos en medios de comunicación de la Unidad Popular, él lo hacía en una revista de las Juventudes Comunistas, pero pronto se iría a dirigir radio El Loa en el norte, donde fue detenido el día del golpe militar. Lumi Videla, la sonriente y muy trabajadora chica del Liceo Darío Salas a quien había conocido en la campaña presidencial de 1964 y que después encontraría en el Pedagógico, donde ella estudiaba Filosofía, igual que yo. Después del golpe sería detenida junto a su compañero Sergio Pérez, ambos eran militantes del MIR y fueron ferozmente torturados. El cadáver de Lumi fue arrojado por sobre el muro de la Embajada de Italia, en un grotesco intento de hacer aparecer su muerte como producto de rencillas internas de los ahí asilados. Víctor Zerega, compañero socialista con quien me junté en la Plaza Zañartu donde nos encontraríamos con otra compañera con quien tratábamos de encontrar un escondite para un importante miembro del comité central en la Población Rosita Renard de Ñuñoa. Eduardo Charme, un revolucionario que poseía también un gran sentido del humor (probando que ambas cosas no son incompatibles), con quien compartíamos oficina en el Instituto de Estudios Sociales de América Latina (INESAL) el primer think tank del Partido Socialista, dirigido por otro compañero desaparecido, Ricardo Lagos Salinas. Charme se ocupaba de la preparación técnica en tanto que yo me dedicaba a desarrollar e implementar los programas de educación política. A Bautista van Schouwen lo había tratado una sola vez, en los tramos finales del gobierno de Eduardo Frei Montalva, cuando el MIR estaba en la clandestinidad luego de una serie de asaltos (expropiaciones) a entidades bancarias. La reunión había sido en mi casa, cuando yo mismo hacía parte de un grupo disidente de las JJ.CC. El padre del “Baucha”, como le decían sus amigos, Don Bautista, junto a la madre del líder mirista Doña Carlota, se convertirían en figuras emblemáticas del exilio montrealés de los años 80, con su figura afable, pero con firmeza reclamando justicia y algo tan básicamente humano como tener al menos información de dónde habían ido a parar los restos de su hijo y los de otros detenidos-desparecidos. Como bien sabemos, sólo algunos de los familiares de los asesinados por la dictadura de Pinochet tuvieron el pequeño consuelo de saber dónde se hallaban esos restos y darles un adiós de modo simbólico.




Como podemos constatar, muy diferente de las circunstancias que han rodeado las trágicas muertes de los carabineros recientemente asesinados. Por cierto, nada más lejos de mi intención al comparar estas cosas, el pretender que en una vuelta de mano los que fuimos perseguidos, exiliados y atacados hiciéramos lo mismo que el fascismo hizo con nuestros compañeros. Eso de ninguna manera, porque entonces nos igualaríamos a esa gente, y si queremos construir una sociedad mejor, pues tenemos que empezar por actuar de un modo éticamente mejor que ellos: esa es nuestra ventaja y no la podemos perder por algún arranque emocional descontrolado e inoportuno.

Esto significa expresar nuestro respeto por el dolor de quienes han perdido a sus seres queridos que, sea por cosa del destino, de vocación o lo que fuera, tocó que vestían el uniforme policial. En un mundo ideal, también esperaríamos que aquellos que tuvieron participación en el masivo asesinato de gente de izquierda durante la dictadura militar, fuera de manera directa—perpetradores de los crímenes— o indirecta—funcionarios o simpatizantes activos del régimen—expresaran de igual modo su respeto por el dolor de los familiares de esas víctimas. Para ser justos, unos pocos han tenido la decencia de hacerlo, pero aun faltan muchos, especialmente algunos que podrían aportar más detalles sobre lo ocurrido.

Entretanto, seguimos sumidos en este dolor, que como expresara la matriarca del clan Kennedy, Rose Fitzgerald Kennedy: “Se ha dicho que ‘el tiempo lo cura todo’. No estoy de acuerdo. Las heridas permanecen. Con el tiempo, la mente, protegiendo su cordura, las cubre con cicatrices y el dolor disminuye. Pero nunca desaparece”.

 

Por Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

Síguenos:
error1
fb-share-icon0
Tweet 20

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



Desde Montreal, Canadá

Related Posts

    • Sergio Martinez says:

      Mire Don Jaime, de acuerdo en que racionalidad y emociones son dos cosas diferentes y obviamente las emociones no deben interferir en la toma de decisiones basadas en la racionalidad, pero de ahí a desconocer el rol de las emociones incluso en la política creo que es dar un paso en falso: «hay que actuar con el corazón ardiente y la mente fría» decía Lenin, por su parte Che Guevara apuntaba a que el revolucionario se mueve por el amor. Por lo demás el tema de mi nota era el dolor, que por definición es un sentimiento, un evento emocional. Por cierto su última acotación sólo tiene valor anecdótico, sin duda Ud. conoce a algunas personas que «han perdido familiares cercanos (y) no son tan sensibles y meditan sin emoción» pero ese dato basado en una experiencia personal no se puede generalizar. Por algo finalicé mi nota con esa cita de una mujer que algo sabe de dolores ya que le mataron a dos de sus hijos.

  1. Gino Vallega says:

    El dolor por la muerte de seres queridos en circunstancias de violencia, causan estragos en las familias. EN TODAS LAS FAMILIAS. No ha sido del mismo tamaño la solidaridad por los muertos por los carabineros durante 50 años de abuso constante. Que descansen en paz los muertos por la violencia y ojalá también tengan paz sus parientes y amigos todos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *