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Autocrítica sin coartadas

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La palabra autocrítica se ha vuelto incómoda en la izquierda chilena. No porque no se pronuncie —se repite con frecuencia ritual—, sino porque rara vez se la toma en serio. Se la invoca como gesto, como señal de buena voluntad, pero se la esquiva cuando amenaza con tocar intereses, trayectorias o certezas largamente instaladas. En ese contexto, las declaraciones recientes de Jeannette Jara no son irrelevantes. Son, más bien, un síntoma.

Cuando Jara afirma que la derrota frente a la ultraderecha exige “una reflexión incómoda y descarnada”, introduce una tensión real en un progresismo que, hasta ahora, ha preferido explicaciones externas antes que responsabilidades propias. No basta —y ella lo dice explícitamente— con atribuir el resultado a una “ola internacional”, a Trump, a Milei o a una derecha global en ascenso. Ese diagnóstico puede ser parcialmente cierto, pero es insuficiente. La pregunta incómoda sigue siendo otra: ¿qué hicimos mal nosotros?

Durante demasiado tiempo, la izquierda gobernante se acostumbró a una explicación autocomplaciente: la ciudadanía “no entendió”, “se dejó llevar por el miedo”, “fue víctima de la desinformación”. Todas esas frases, repetidas hasta el cansancio, terminan funcionando como una coartada moral. Eximen de revisar decisiones políticas concretas, renuncias programáticas y, sobre todo, la distancia creciente entre discurso y práctica.

Jeannette Jara toca un punto sensible cuando reconoce que “cambiar de idea en organizaciones centenarias es difícil”. Lo es. Pero más difícil aún es sostener ideas que ya no dialogan con la realidad social. El problema no es solo la inercia doctrinaria; es la incapacidad de traducir principios en políticas reconocibles por las mayorías. Y cuando esa traducción falla, la política se vacía y el terreno queda libre para soluciones autoritarias.




La autocrítica que se necesita no es psicológica ni generacional. No se trata de culpar a “los jóvenes” por inexperiencia ni a “los viejos” por dogmatismo. Se trata de asumir que el progresismo gobernó —y en parte sigue gobernando— con un horizonte cada vez más estrecho, atrapado entre la administración del orden existente y el temor a desbordarlo. El resultado fue previsible: se frustraron expectativas, se erosionó la confianza y se abrió el camino para una derecha que promete orden, castigo y simplicidad.

Aquí aparece otro punto clave de las declaraciones de Jara: la relación con los derechos humanos y la política internacional. Al afirmar sin ambigüedades que en Venezuela hay una dictadura, introduce una fractura con una tradición de silencios selectivos que ha dañado profundamente la credibilidad de la izquierda. No se puede defender los derechos humanos “según la bandera”. Esa ambigüedad no solo es éticamente insostenible; es políticamente suicida. La ciudadanía percibe esas contradicciones con mucha más claridad de lo que algunos dirigentes creen.

Pero el núcleo del problema no está solo en la política exterior. Está en casa. Está en la desconexión entre la izquierda institucional y el mundo social real. No basta con “escuchar más a la militancia”, como se repite ahora. La militancia no es el país. El país está en los trabajos precarios, en los barrios endeudados, en las listas de espera, en la inseguridad cotidiana, en la sensación de abandono. Si la izquierda no logra ofrecer respuestas claras, comprensibles y materialmente verificables, otros lo harán —aunque esas respuestas sean falsas o autoritarias.

La autocrítica, entonces, no puede reducirse a un ajuste comunicacional ni a un cambio de tono. Tiene que ser política en el sentido fuerte del término: revisar prioridades, asumir errores, reconocer renuncias. El progresismo no perdió solo por lo que hizo, sino también —y sobre todo— por lo que dejó de hacer. Dejó de disputar sentido común, dejó de organizar esperanza, dejó de hablar con claridad.

En este punto, conviene decirlo sin rodeos: la derrota frente a la ultraderecha no fue un accidente, fue el resultado de un proceso. Un proceso de moderación excesiva, de miedo al conflicto, de adaptación al marco neoliberal heredado. Gobernar no es solo administrar; es también confrontar intereses, asumir costos, incomodar. Cuando eso no ocurre, la política se convierte en una gestión tecnocrática sin alma.

Jeannette Jara acierta cuando afirma que la autocrítica es condición para que Chile vuelva a ser gobernado desde el progresismo. Pero esa posibilidad no depende solo de diagnósticos correctos, sino de decisiones futuras. El desafío no es menor: reconstruir un proyecto que vuelva a hablarle a mayorías sociales sin condescendencia, sin tutelaje, sin miedo.

Si la autocrítica se queda en palabras, será otro capítulo de una larga decadencia. Si, en cambio, se transforma en una revisión real del rumbo, quizá todavía haya espacio para algo más que la resignación. La historia no está escrita, pero tampoco espera indefinidamente.

Simón del Valle

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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Simon Del Valle

Periodista

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