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La izquierda existe y aún está ahí

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El exalcalde de Recoleta, Daniel Jadue, alza la voz y se le cruza a su partido y a la abanderada presidencial de éste, Jeannette Jara. Ya lo había hecho antes pero ahora se lanza puñal entre los dientes.

Del mismo modo, no ha dejado de apuntar su crítica al presidente Boric, infinitamente justificada por la traición a sus principios lo que ya es mucho si se considera que no tiene tantos.

Con todo, sus volteretas son imperdonables desde el punto de vista de la gente que creyó en su discurso que aludió a Salvador Allende y que venía a poner fin, faltaba más, al neoliberalismo en su mismísima cuna.

Pero que se rindió no más sintió la dulzura aterciopelada del poder y se aterró ante la ultraderecha




Ese cadáver, el neoliberalismo, luce galano y con buena salud luego de las vueltas de carnero que el magallánico exdirigente estudiantil se ha dado después de que se metió en algo de lo que no tenía idea, pero que le permitirá un buen pasar de aquí en más.

Algunos creen que el enemigo se le metió muy adentro, otros más mal pensados, dicen que lo traía de antes.

Y todo esto porque no habría una izquierda que pusiera las cosas en su lugar.

Una vez certificada la debacle del empeño Boric y para ser justos, un poco antes, el exalcalde Jadue se sale de las líneas que el sistema, que es como decir la suma de los partidos del sistema político, marcan para disciplina y certeza, y provoca un revuelo comprensible.

Pero lo de Jadue podría tener efectos concretos solo si de verdad diera un paso al costado y propusiera alguito que fuera si se considera que su misma crítica ya la han enarbolado muchos desde mucho antes. Y no ha pasado nada.

Jadue dice que no hay izquierda, pero esa porfiada sigue ahí. Lo que pasa es que ha asumido una forma difícil de ver si se mira desde la formalidad del sistema.

El partido de Daniel Jadue y la pequeña burguesía irresponsable que se hizo del gobierno más inútil de los últimos tiempos, incluso más que el de la Nueva Mayoría, habrían abandonado las ideas de la izquierda dejando el espectro con un vacío imposible de llenar.

Decir izquierda en estos tiempos es algo peligroso. Resulta que ahora se ha puesto de moda una serie de pseudónimos de un cierto tono ideológico pero que no es sino una faramalla que utilizan los oportunistas y corruptos para encubrir y manipular a la gente que sigue aferrada a la esperanza de algo mejor.

Desde la izquierda democrática, hasta el progresismo, pasando por el socialismo democrático, no hay sino un intento de parecer no siendo.

Y he aquí que, contrariando al exalcalde díscolo afirmo con convicción y prueba que sí existe la izquierda en este país estafado y vuelto a estafar. Más aun, siempre ha existido.

Y existe silenciosa, heterogénea, revolucionaria, con experiencia, valor y con el convencimiento intacto de que no solo otro país es posible, sino que es absolutamente necesario. Maltratada, sonámbula, despistada, sin atinar a mucho, pero existe.

Al menos sabe que se puede avanzar en una agenda que ponga justicia dónde hace medio siglo no ha habido, en la posibilidad de que la gente que construye a diario este país tenga acceso de grados crecientes de felicidad, que los niños sean bien tratados, que los viejos mueran con un resto de dignidad, que no se envenene el aire, el agua y la tierra para que un puñado de hijos de puta se hagan aún más ricos.

Todo esto, que no es mucho ni es socialismo, a condición de que sea el pueblo el que impulse esos cambios, que ejerza su poder cuando se organiza y es seducido, es decir movilizado, por un convencimiento por el cual daría la vida.

Es decir, una izquierda que reemplace las consignas que no dicen nada, que se entienda con precisión las cosas que hay que cambiar, que se asuma los rasgos de este tiempo de crisis, por lo tanto, de cambios que definen los ritmos y profundidades.

Y, sobre todo, que aún en el capitalismo más extremo, se puede avanzar hacia su superación si se tiene claro qué pie va antes y cual después.

He ahí que, de seguir al exalcalde habrá que coincidir en que lo que no existe es una izquierda en el formato que admite el actual orden: partidos sometidos y usufrutuando de una ley que los define, financia y consagra.

La izquierda que realmente existe no tiene ese formato: deambula desorganizada y sonámbula en las poblaciones, colectivos, sindicatos, escuelas, facultades, agrupaciones y barrios, pero no en el formato que la haría visible y certificada: da la impresión de que la única prueba de la existencia de ideas y proyectos es en el formato partido oficialmente inscrito.

Y no es así.

¿No habrá otra manera de organizar, de vincular, de articular, de actuar, de convencer, dirigir y levantar un proyecto que no sea en el formato que el sistema ha sintetizado y que le ha dado todos los réditos posibles?

¿Es que la organización contemporánea y futura de la izquierda debe adherir a un modo de organización que dicta la ley y el orden y que no va con el pueblo?

La izquierda sigue ahí.

Está en donde no llegan los partidos, es decir, en todos lados. Eso lo sabe muy bien el Partido Comunista que nació, se creó, se desarrolló, se refugió y combatió desde, con y por los pobres del mundo. Aunque ahora encontrar un pobre flaco y mal vestido entre sus cuadros dirigentes está difícil.

En suma, la izquierda, esa marginal y despreciada, esa que sirve para el disfraz y la manipulación, la perseguida desde nación, la que se desvela por un país mejor, la que sigue contando sus muertos, desparecidos y torturados, sigue viva en un formato que es invisible para quien acostumbró su vista a lo que ofrece y obliga la cultura dominante.

Es el pueblo allendista que no olvida. Es el contingente que vivió la Unidad Popular y sabe que no se trata de utopías pequeñoburguesas que se diluyen no más se compran una casa en Ñuñoa o Providencia. Son los hombres y mujeres que se jugaron la vida durante la dictadura y que saben que la política, si es de principios, es un ejercicio de convicción y consecuencia.

Esa gente que sabe que recuperarte del desprestigio de la deslealtad, la traición y la mentira, es una gestión muy difícil.

 

Ricardo Candia Cares

 



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Ricardo Candia

Escritor y periodista

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