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Un imperio en declive no se vuelve pacífico 

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 Hay momentos históricos en que el barniz se cae y lo que queda a la vista no es la democracia, ni la institucionalidad, ni el “orden basado en reglas”, sino el poder desnudo, asustado y golpeando para no caer. Eso es lo que hoy se está viendo en Estados Unidos. No es una desviación, no es un exceso puntual, no es un error de algunos agentes: es un imperio en fase de pérdida de hegemonía actuando como han actuado siempre las potencias cuando sienten que el suelo se les mueve bajo los pies. Hacia afuera bombardean, bloquean, sancionan, cercan; hacia adentro reprimen, disciplinan, criminalizan, convierten la pobreza, la migración y la protesta en amenazas de seguridad. La novedad no está en la violencia, sino en que ahora se ve sin maquillaje y en tiempo real. 

 

Las redadas, las detenciones sin garantías reales, la gente tratada como mercancía dentro de un sistema de cárceles privadas que lucra con el encierro, no son una anomalía dentro del modelo: son su expresión coherente en una etapa de crisis. Cuando la economía ya no puede ofrecer integración, cuando la movilidad social es un mito gastado y cuando la deuda crece mientras el poder real se tensiona, el Estado deja de cumplir su función de consenso y refuerza su función de coerción. Lo que antes se resolvía con crédito, consumo y promesa de futuro, hoy se gestiona con policía federal, con miedo, con un discurso que convierte al “otro” migrante, pobre, disidente, en enemigo interno. 

 

Trump, en ese cuadro, no es la causa sino el síntoma más crudo. Es la forma política que adopta un sector de la clase dominante cuando siente que ya no puede gobernar como antes. Es el lenguaje brutal de un poder que ya no seduce, que ya no convence, que solo amenaza. Pero reducir todo a su figura sería un error cómodo: detrás hay estructuras económicas, complejos industriales, aparatos de seguridad y fracciones del capital que hace décadas vienen empujando en esta dirección. Él pone la cara, el gesto desatado, la frase sin filtro; el proceso es más profundo y venía incubándose mucho antes. 

 

Esta deriva interna no se puede separar del escenario mundial. La disputa con China no es solo comercial ni tecnológica, es una pugna por la conducción del sistema global. Y cuando una potencia que organizó el orden durante décadas empieza a perder terreno relativo, su reacción histórica no ha sido la retirada elegante, sino la sobreactuación del poder. Presiona gobiernos, interviene procesos, tensiona regiones enteras. Pero al mismo tiempo, su margen ya no es el de antes. Cada movimiento externo tiene costos, cada escalada abre frentes, cada sanción acelera mecanismos alternativos. La fuerza sigue siendo enorme, pero la autoridad se erosiona. Y un poder fuerte sin legitimidad es un poder inestable. 




 

Por eso lo que ocurre dentro de Estados Unidos no es un asunto doméstico más: es parte de una crisis de hegemonía. La violencia estatal hacia su propia población, la normalización de prácticas que recuerdan a otras épocas oscuras, la militarización de la política interna, son señales de un sistema que empieza a gobernar más por miedo que por consenso. Y eso es peligroso, no solo para quienes viven ahí, sino para el mundo entero, porque un imperio en declive puede volverse más impredecible que uno en ascenso. La tentación de desviar la crisis hacia afuera, de escalar conflictos, de jugar con fuegos mayores, siempre aparece cuando las contradicciones internas aprietan. 

 

Pero la historia no se mueve en una sola dirección. Así como se profundiza la represión, también crece la conciencia de que algo no cuadra, de que la promesa se rompió, de que el “sueño” era para pocos. Las protestas que se multiplican, la gente que pierde el miedo a cuestionar abiertamente al aparato estatal, las redes de solidaridad que se tejen, son también parte de este momento. Las crisis de dominación no solo abren la puerta al autoritarismo; también abren grietas por donde puede entrar otra idea de sociedad. Nada está garantizado, ni el horror ni la emancipación, pero la pasividad ya no es la única escena. 

 

Lo que se juega, en el fondo, es si esta fase de endurecimiento logra reordenar el sistema a punta de miedo o si, por el contrario, acelera procesos de organización y ruptura más profundos. Si el poder logra imponer la resignación o si los pueblos, dentro y fuera de Estados Unidos, leen esta etapa no como destino inevitable sino como señal de que el modelo llegó a sus límites históricos. Porque cuando un orden solo se sostiene a golpes, es que ya perdió la capacidad de presentarse como horizonte para la humanidad. 

 

Estamos en un umbral. Y los umbrales son inestables, peligrosos, pero también fértiles. La repetición de la historia no es mecánica: se repiten las contradicciones, no los desenlaces. Entre la barbarie administrada desde arriba y la posibilidad de una salida desde abajo, lo que definirá el rumbo no será la voluntad de un solo hombre, por poderoso que parezca, sino la capacidad colectiva de transformar la rabia, el miedo y el dolor en conciencia, organización y proyecto. 

 

Y aunque suene a lugar común, nos podrán cortar las flores, pero no pueden detener la primavera. 

 

Delfo Acosta 



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