
Génesis de una derrota: Boric, el manual de Tironi y la “normalización”
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Cuando Gabriel Boric asumió la presidencia de Chile en marzo de 2022, lo hizo portando un mandato histórico: ser la expresión política razonable de la rebelión social de octubre de 2019 y del clamor por «enterrar el neoliberalismo». Su coalición, que reunía al Frente Amplio, el Partido Comunista y Socialismo Democrático (PS, PPD, PR, PL), llegó al poder con una agenda ambiciosa de transformaciones estructurales. Sin embargo, cuatro años después, esa misma coalición abandona La Moneda no solo derrotada en las urnas de manera humillante, sino profundamente fracturada y desorientada. ¿Qué ocurrió en el intertanto?
La respuesta parece resumirse en una palabra que el sociólogo Eugenio Tironi, íntimo del gobierno, ha convertido en su principal tesis explicativa: «normalización». Así el sociólogo y empresario describió la estrategia del gobierno de Boric de priorizar la estabilidad, el orden y la gobernabilidad por sobre las transformaciones estructurales prometidas, adaptándose a los marcos políticos y económicos existentes.
El concepto de ‘normalización’ —que el filósofo y epistemólogo francés Michel Foucault, bien conocido por Eugenio Tironi, legó a la sociología— denota una estrategia de gobierno fundamentada en las tecnologías del poder propias del neoliberalismo, entendido no como mera ideología económica, sino como una ‘racionalidad política’ o ‘tecnología de gobierno.
Desde la óptica del filósofo la normalización no se limita a imponer estabilidad, sino que busca producir y conducir las conductas de los sujetos —la población— para que internalicen como «natural» un modelo donde el Estado debe retirarse de la redistribución de la riqueza, los individuos deben convertirse en «empresarios de sí mismos» gestionando su propio bienestar, y las relaciones sociales se rigen por la lógica del mercado. Este proceso busca sustituir la posibilidad de un conflicto político por un consenso biopolítico que administra la vida bajo una nueva racionalidad económica. La «normalización» del gobierno de Boric, en este marco, sería, in fine, la implementación de esa racionalidad neoliberal a través del aparato estatal, alejándose de un proyecto transformador.
Para Tironi, el mayor logro del Gobierno de G. Boric y de su coalición fue precisamente normalizar un país que se encontraba, según la crítica hegemónica, «al borde del abismo» tras el estallido social, la pandemia y el fracaso del primer proceso constitucional. Desde esta perspectiva, Boric emergería como un «gran referente» por haber logrado esta estabilización.
Pero un examen más detallado de los hechos revela que esta lectura no solo es tendenciosa, sino que encubre una realidad más cruda: la llamada normalización no fue una estrategia exitosa, sino la confesión de una derrota anticipada. Lejos de representar un pragmatismo laudable, fue la consecuencia directa de una renuncia programática y de una falta de voluntad política para impulsar las transformaciones que se habían prometido. No obstante, esta adaptación al marco existente no contuvo a la derecha; por el contrario, desactivó el impulso que llevó al gobierno al poder, desencantó a su base social y, en una paradoja trágica, creó las condiciones ideales para el retorno al poder, en modo extrema derecha, de las fuerzas políticas y económicas que su proyecto buscaba moderar.
II. La evidencia de la claudicación: cuatro reformas frustradas
La distancia entre las promesas y los resultados concretos es el mejor termómetro para medir esta renuncia. Cuatro áreas emblemáticas del programa de gobierno ilustran con claridad el proceso.
- La reforma previsional: el fortalecimiento del modelo que se prometió desmantelar
Boric llegó al poder anunciando que «las AFP, en esta reforma, se terminan», prometiendo sustituir el sistema privado de capitalización individual por uno con un fuerte pilar solidario y estatal. Sin embargo, la ley finalmente promulgada fue el resultado de un amplio acuerdo político que, en esencia, reconfiguró y fortaleció el rol de las AFPen lugar de eliminarlas. El diseño final destinó la mayor parte del nuevo aporte patronal (4,5% de un total de 8,5%) a las cuentas de capitalización individual administradas por estas empresas, mientras que solo una fracción menor (4%) financió un seguro social con solidaridad limitada. Críticos del propio espacio oficialista señalaron que el gobierno había «renunciado a eliminar las AFP» y, en cambio, había «validado y perfeccionado» el núcleo del modelo que decía querer cambiar. Resultado: pensiones de hambre para mayorías que envejecen. - La salud pública: la ausencia como política
Aunque en el discurso se invocaba con frecuencia la aspiración de un sistema universal de inspiración canadiense, el gobierno nunca presentó una iniciativa legislativa integralpara crear un sistema nacional de salud público y unificado. Los esfuerzos se concentraron en incrementar el financiamiento del sistema mixto y fragmentado ya existente, una medida paliativa que no alteró sus fundamentos estructurales. La incapacidad incluso de formular una propuesta concreta revela que el temor a la complejidad técnica y al conflicto con los poderosos actores de la salud privada prevaleció sobre el compromiso programático. - La reforma tributaria: la derrota que desnuda la falta de estrategia
El gobierno diseñó un impuesto al patrimonio para las grandes fortunas, una medida técnicamente sólida y simbólicamente potente. Sin embargo, no logró construir un relato público convincente que la presentara como un pilar de justicia social, permitiendo que la oposición y los gremios empresariales dominaran el debate con el discurso del «riesgo para la inversión». Más significativo aún, no generó los acuerdos políticos necesarios para su aprobación. A diferencia de la reforma previsional, aquí el resultado no fue un acuerdo moderado, sino una derrota legislativa completa. Este fracaso demostró, de la manera más cruda, una falta de voluntad y de capacidad táctica para librar la batalla política fundamental contra los intereses económicos concentrados. - En educación, como en pensiones, salud y tributación, se repite el patrón del gobierno de Boric: una renuncia a la transformación estructural a cambio de gestionar y ajustar el modelo heredado. No hubo una propuesta para desmontar el mercado educativo, sino un conjunto de medidas que, pese a algunos logros simbólicos, no alteraron los pilares del sistema, priorizaron de manera cuestionable los recursos y fracasaron en resolver las urgencias más apremiantes, como la crisis de aprendizajes post-pandemia.
III. Tironi, de consejero de la normalización a puente con Kast
Recordemos y contextualicemos. En los albores de la transición democrática, el rol de Eugenio Tironi como asesor del Presidente Patricio Aylwin ya esbozaba el núcleo de su pensamiento político posterior. Su citada afirmación de que «la mejor política en comunicaciones es no tenerla» no fue una mera boutade técnica, sino una decisión estratégica de profundo calado. Al renunciar deliberadamente a construir una narrativa pública propia y a disputar el espacio de la opinión, el gobierno de la Concertación entregó de facto el monopolio de la construcción del sentido común a los conglomerados mediáticos controlados por la oligarquía empresarial. Esta capitulación temprana en el campo cultural y espacio público –la aceptación de un rol subalterno en la batalla de las ideas– sentó un precedente funesto. No fue un vacío, sino una política: la de normalizar la hegemonía del adversario como el terreno natural e incuestionable de la política, allanando el camino para que, décadas después, la misma lógica de adaptación y renuncia se aplicara a la economía, las pensiones, la tributación y la educación bajo el gobierno de Boric.
Hoy E. Tironi se ha convertido en un factótum del bloque progresista. Operador intelectual clave que busca dar dirección al bloque de centroizquierda derrotado, actuando desde un lugar de influencia más que de autoridad formal. El sociólogo opera como un significante amo lacaniano: función que intenta ocupar al proponer los términos clave («normalización», «pragmatismo») que organizan el sentido de la derrota y buscan definir una nueva identidad y camino para el grupo desorientado.
El rol de Eugenio Tironi es clave para comprender la dimensión política-ideológica de esta derrota y su peculiar desenlace. Durante el gobierno de Boric, Tironi fue un defensor público del giro hacia la «normalización», argumentando en columnas y entrevistas que el gobierno «vino con una agenda de cambio» pero «se ha tenido que convertir en un gobierno de normalización, de orden», presentando esta rectificación como un mérito político.
Tras la derrota electoral, Tironi ejecutó un giro discursivo y político revelador. El miércoles 14 de enero de 2026, apenas José Antonio Kast aseguró su victoria, el presidente electo fue invitado a un almuerzo en la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales. Entre los asistentes, junto a figuras emblemáticas del establishment intelectual y político chileno como el rector UDP Carlos Peña, el ex director de El Mercurio Cristián Zegers, la empresaria Patricia Matte y el ex ministro de Piñera Cristián Larroulet, se encontraba Eugenio Tironi.
Este acto no fue una mera cortesía. Su sentido político era profundo y calculado: Tironi, uno de los principales ideólogos de la «normalización» boricista, se presentaba ahora ante Kast y la opinión pública como un puente legítimo y necesario hacia el nuevo gobierno. Inmediatamente después de este encuentro, articuló una tesis tortuosa y funcional al nuevo ciclo: que Boric, al estabilizar el país, le había «fijado la agenda» (seguridad, migración, crecimiento) a Kast, insinuando incluso que «Kast ya no es Kast». Con esto, Tironi buscaba lograr un doble objetivo: blanquear la derrota del bloque izquierdo-progresista presentándola como un servicio histórico a la gobernabilidad del país, y reposicionarse a sí mismo como el analista indispensable; el factótum que puede interpretar —y facilitar— las transiciones de un bloque de poder a otro, independiente de su color ideológico.
Su aspiración a erigirse en el «portaestandarte» intelectual del bloque oficialista derrotado es la culminación lógica de una política que, desde un inicio, priorizó la gestión técnica y la adaptación al poder establecido por sobre la construcción de una alternativa hegemónica. Tironi no quiere liderar una reconstrucción; quiere capitalizar las ruinas que ayudó a crear, ofreciéndose como guía para un bloque progresista desorientado que, en su visión, debe aceptar su rol subalterno en el nuevo escenario.
IV. Las ruinas del campo popular: fragmentación y desorientación
La consecuencia final y más dramática de esta estrategia no es solo la pérdida del gobierno, sino la fragmentación histórica y la profunda desorientación del bloque que llevó a Boric al poder. La derrota no unió a la coalición; la atomizó. El Partido Socialista, el PPD y la Democracia Cristiana han dado los primeros pasos para formar un bloque de oposición que excluye explícitamente al Frente Amplio y al Partido Comunista. Esta maniobra, leída internamente como «esencialmente táctica y estratégica», busca minimizar los costos de haber gobernado con Boric y explorar un papel de «puente» u oposición responsable frente a Kast, incluso a costa de romper la coalición de gobierno.
Las críticas internas son abiertas y severas. Políticos como el DC Luis Ruz han señalado directamente que Boric «no fue el jefe de Gobierno y el jefe de coalición que habíamos visto post dictadura», apuntando a un «déficit político de conducción». Analistas coinciden en que la falta de liderazgo y arbitraje del presidente fue determinante en esta fractura. Así, el bloque generacional que llegó al poder con la promesa de un cambio de época (la narrativa Jackson-FA) no solo no transformó el modelo económico y social, sino que se desintegró políticamente tras administrarlo.
V. Conclusión: la normalización como antesala del giro derechista
El ciclo político que se cierra con la entrega del mando a José Antonio Kast deja varias lecciones amargas, pero nítidas. La primera es que un proyecto de izquierda que llega al gobierno con un mandato de cambio no puede eludir el conflicto estructural con los poderes constituidos y sobre todo los antagonismos generados en todo el campo social por el poder enorme de la oligarquía empresarial. La intentona de Boric de ser, simultáneamente, la voz del cambio y el garante del orden, terminó por vaciar de contenido su propio proyecto y dejarlo atrapado en una contradicción insalvable: no pudo satisfacer las expectativas de su base, ni ganarse la confianza de sus adversarios.
La segunda lección es que la llamada «normalización», lejos de ser un acierto de realismo político, fue la fórmula perfecta para la autoderrota. Al renunciar a las banderas transformadoras en pensiones, salud, justicia tributaria y educación, el gobierno desmovilizó a los suyos y le entregó a la derecha el monopolio de las ofertas políticas nítidas. Le regaló a Kast un escenario donde podía presentarse no como un salto al vacío, sino como la opción de «orden y crecimiento» en un país ya estabilizado.
Finalmente, la figura de Eugenio Tironi cierra el círculo de este proceso como un símbolo elocuente. Él fue el arquitecto intelectual de la capitulación, su principal justificador público y, ahora, un operador político que busca un lugar bajo el sol del nuevo poder. Su trayecto personal —de consejero del Príncipe al almuerzo con Kast— es la metáfora perfecta del viaje de un sector de la elite intelectual chilena: siempre dispuesto a servir de puente y de intérprete del poder de turno, siempre reacio a acompañar los procesos de confrontación y construcción de poder popular que podrían alterar los fundamentos del orden que habitan.
La «normalización» no fue, en definitiva, un logro. Fue la antesala de una especie de restauración conservadora, y su principal teórico hoy se apresta a escribir la historia oficial de ese tránsito, dando entrevistas en los medios mainstream y presentando la derrota de un proyecto de izquierdas como su mayor y más útil contribución a la estabilidad del sistema.
Leopoldo Lavín Mujica
B.A en Journalisme et philosophie y M.A. en Communication publique de l’université Laval, Québec, Canadá.
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