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Irán en la crisis del imperio y del capitalismo global

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Una cosa es criticar la arquitectura interna de un régimen, y otra distinta es no entender el lugar que ocupa dentro de una configuración global en crisis. El mundo actual no vive una etapa de expansión democrática ni de cambios estructurales. Vive una crisis profunda del orden capitalista global. Y en las crisis sistémicas lo que suele fortalecerse no es la emancipación, sino la militarización, el endurecimiento de los Estados y los nacionalismos defensivos.

No se trata solo de un conflicto regional. La financiarización extrema, el desgaste de la hegemonía estadounidense y la competencia entre potencias emergentes han erosionado el equilibrio que sostuvo el orden posterior a la Guerra Fría. En ese contexto, la militarización aparece como mecanismo de contención de una crisis más amplia y persistente.

Pero incluso al hablar de Irán conviene salir de la caricatura. No estamos ante una sociedad medieval congelada en el tiempo. Irán es una nación con altos niveles de alfabetización, una amplia red universitaria, fuerte desarrollo en ingeniería y ciencias, y una presencia femenina mayoritaria en la educación superior. Universidades como la Universidad Tecnológica Sharif o la Universidad de Teherán forman miles de profesionales cada año, muchos de ellos mujeres.

Eso no elimina las restricciones legales ni las tensiones sociales. Pero muestra que la sociedad iraní es más compleja que el esquema “teocracia versus modernidad”. Existe una juventud urbana educada, sectores críticos, disputas culturales y políticas reales.




Como todo Estado contemporáneo, Irán no es una unidad homogénea. En su interior operan fracciones de poder vinculadas al capital estatal, al complejo militar y a sectores económicos nacionales que han crecido al amparo de las sanciones y del control estratégico de áreas clave. La presión externa no suspende esas contradicciones; más bien tiende a reorganizarlas en favor de los sectores más duros del aparato estatal.

Precisamente por eso, la amenaza constante tiende a cerrar filas en torno al núcleo más rígido del poder, no a fortalecer alternativas laicas o progresistas. Esa es una dinámica histórica observable en múltiples contextos bajo asedio.

Entonces, cuando se plantea “¿cómo la izquierda puede apoyar una teocracia?”, la pregunta parece radical, pero mezcla planos distintos. Defender la soberanía frente a una arquitectura de dominación impulsada centralmente por Estados Unidos y su alianza estructural con Israel no equivale a idealizar el modelo interno de ese Estado. Confundir ambas cosas convierte el debate en moralismo. Y el moralismo, aunque suene firme, no altera la correlación de fuerzas.

Incorporar esta dimensión estratégica no implica ignorar las demandas democráticas ni las tensiones sociales internas, sino evitar que esas demandas sean instrumentalizadas dentro de una lógica de desestabilización que históricamente ha producido más fragmentación que emancipación.

Los colapsos inducidos desde fuera en Medio Oriente no han producido sociedades más laicas ni más justas. Han producido fragmentación, milicias, sectarismo y Estados fallidos. Pensar que la caída abrupta de un régimen abriría automáticamente un horizonte emancipador es más deseo que análisis. Y en política, el deseo no sustituye las condiciones materiales.

Tampoco sirve romantizar cualquier actor que confronte a Washington o a Tel Aviv. Irán tiene contradicciones internas profundas, tensiones culturales, disputas de poder y una estructura económica donde confluyen capital estatal, intereses militares y sectores privados nacionales. Reducirlo a un estereotipo facilita precisamente la narrativa que legitima la desestabilización.

Mientras tanto, lo que sí avanza globalmente no es una nueva ola emancipadora, sino discursos securitarios, racistas y deshumanizantes. Se normaliza la idea de que hay pueblos sacrificables y regiones descartables. Ese es el clima de época. Y en ese clima prosperan tanto los fanatismos religiosos como las derechas extremas occidentales.

No son fenómenos aislados; son productos de una misma crisis sistémica.

Si algo exige esta etapa es menos gesto moral y más análisis estructural. Menos pureza discursiva y más comprensión de las contradicciones reales. Porque la historia no se mueve por indignación abstracta, sino por fuerzas materiales organizadas.

Tal vez el desafío no sea decidir a quién condenar con mayor intensidad, sino comprender qué contradicción pesa más en cada momento histórico y qué es efectivamente transformable en la correlación de fuerzas existente.

En ese sentido resulta pertinente recordar las reflexiones de Fidel Castro en sus últimos años sobre la tensión en torno a Irán. Su preocupación no era doctrinaria ni romántica, sino estratégica. Defendía el derecho iraní al desarrollo nuclear con fines pacíficos dentro del marco internacional, pero advertía que la presión combinada de Estados Unidos y su alianza estructural con Israel podía desembocar en una escalada de consecuencias incalculables. No se trataba de idealizar a Teherán, sino de señalar el doble rasero en materia nuclear y el riesgo real de una guerra preventiva en una región ya atravesada por conflictos acumulados.

Su advertencia conserva vigencia en un contexto de crisis de hegemonía global. Cuando las potencias tensan el hilo más allá de su resistencia, el desenlace deja de depender de la voluntad política y pasa a depender de dinámicas que nadie controla plenamente. En un escenario atravesado por armas de alta capacidad destructiva y alianzas rígidas, el margen de error se reduce peligrosamente.

Por eso, incorporar esa mirada no implica clausurar la crítica interna a ningún régimen, sino añadir una dimensión estratégica al análisis. En tiempos de inestabilidad sistémica, la responsabilidad política exige medir no solo las legitimidades morales invocadas, sino también las consecuencias materiales de cada movimiento dentro de una estructura internacional cada vez más volátil.

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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