
La frontera distópica imaginada por Macaya: análisis de una imagen política generada con IA
Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 18 segundos
En tiempos de inteligencia artificial, la propaganda ya no necesita cámaras ni hechos: puede fabricar realidades completas. La imagen difundida recientemente en X por el senador Javier Macaya es un ejemplo claro de esto. A primera vista, parece una fotografía documental de la frontera entre Chile y Perú. Pero al mirarla con atención, se revela como algo distinto: una construcción ideológica cuidadosamente diseñada.
No estamos frente a un registro, sino frente a una tesis visual.
La escena muestra un muro de hormigón que se extiende hasta el horizonte, acompañado de una zanja paralela, maquinaria pesada, carabineros, una torre de vigilancia y un dron sobrevolando. Todo ocurre en un paisaje desértico completamente vacío. A un lado aparece una bandera chilena integrada al dispositivo de control; al otro, una bandera peruana aislada, sin contexto humano.
Lo primero que llama la atención es lo que falta.
No hay migrantes. No hay personas cruzando, ni esperando, ni caminando. No hay familias, ni mochilas, ni rastros de vida. La imagen habla de migración sin mostrar migrantes. Esa omisión no es accidental: es el núcleo de su operación. Al eliminar a los sujetos, el fenómeno deja de ser humano y se transforma en un problema técnico. Ya no hay historias, hay “flujos”. Ya no hay personas, hay “amenazas”.
En ese vacío, todo lo demás adquiere sentido.
El muro no es solo una estructura: es un símbolo de orden absoluto. Su perfección —recto, limpio, interminable— no responde a la realidad, sino a una fantasía de control total. La zanja paralela refuerza esa idea: no basta con una barrera, se necesitan dos. No se trata de gestionar, sino de sobreasegurar. Es la estética del “nada debe pasar”.
La maquinaria pesada cumple un rol clave. Excavadoras y bulldozers en acción introducen una narrativa de progreso: esto no sería una postura ideológica, sino una solución técnica. Se naturaliza así una decisión política —cerrar la frontera— como si fuera simplemente ingeniería en marcha.
Los carabineros, en tanto, aparecen sin tensión. No están enfrentando nada; están ocupando el territorio. Su presencia transmite dominio, no conflicto. Lo mismo ocurre con el dron y la torre de vigilancia: no representan una situación específica, sino una condición permanente de supervisión. El mensaje es claro, aunque no se diga: todo está bajo control.
Pero quizás el gesto más revelador está en las banderas.
Chile aparece como Estado activo, visible, organizado. Perú, en cambio, queda reducido a un signo. No hay sociedad peruana, no hay historia compartida, no hay relación bilateral. Solo hay un “otro lado” del cual hay que protegerse. Es una reducción simbólica que convierte a un país en una fuente abstracta de riesgo.
A esto se suma el paisaje: un desierto vacío, sin pueblos, sin tránsito, sin vida. La frontera es presentada como un espacio sin historia ni habitantes, disponible para ser intervenido. Se borra así la complejidad real del norte chileno: sus comunidades, sus dinámicas transfronterizas, su memoria andina.
Todo en la imagen está demasiado ordenado.
La composición es casi perfecta: el muro al centro, las banderas equilibradas, el dron en el cielo, las máquinas distribuidas armónicamente. No hay azar, no hay desorden, no hay ambigüedad. No parece una foto; parece un afiche. Y eso es precisamente lo que es: un dispositivo de comunicación diseñado para ser comprendido en segundos.
La imagen no busca informar. Busca instalar una idea.
Y lo hace con eficacia. No apela directamente al rechazo del extranjero; sería demasiado evidente. En cambio, construye un escenario donde la militarización aparece como sentido común. No se presenta como dureza, sino como responsabilidad. No como ideología, sino como gestión.
Ahí radica su potencia.
Al eliminar a las personas, convertir al territorio en objeto y presentar al Estado como máquina eficiente, la imagen logra algo más profundo que un mensaje explícito: redefine el problema. Ya no se trata de migración, sino de control. Ya no se trata de derechos, sino de seguridad. Ya no se trata de vínculos, sino de fronteras.
En ese desplazamiento, la xenofobia no necesita nombrarse.
Se vuelve infraestructura.
Simón del Valle





