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¿Quién quiere matar a Trump?

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Bueno, la pregunta puede ser más bien retórica. Ciertamente, al presidente de Estados Unidos enemigos no le faltan; potenciales asesinos puede haber muchos. Claro está, otra cosa es que tengan éxito en su propósito.  Por lo que se aprecia, al menos por ahora, habrá Trump para rato. Lo más probable, sin embargo, es que tanto enemigos como quienes en su entorno quieren heredar su puesto prefieran dejar que el curso natural de las cosas, en su momento, se ocupe de Trump.

El incidente ocurrido durante la cena anual del presidente con los periodistas que cubren la Casa Blanca también ha desatado una ola de conjeturas: ¿fue este un atentado real o una suerte de montaje?  Las redes sociales ya esa misma noche vibraban con todo tipo de teorías conspirativas. Por cierto, en el caso de haber sido algo como un episodio de un reality show, el procedimiento debió estar muy bien elaborado y, para ello, tendría que haber contado con la involuntaria cooperación del frustrado asesino: Cole Thomas Allen, caracterizado por el propio Trump como un loco y un “lobo solitario”, esto es, un sujeto actuando por propia iniciativa, sin otros participantes.

Un hipotético modus operandi para “escenificar” un atentado consistiría en utilizar información que ya estuviera en manos de los servicios policiales: que Allen tenía intención de actuar esa noche; dejarlo instalarse en el mismo hotel del evento y hasta permitirle entrar, pero, por supuesto, impedir que consumara su intención asesina. ¿Parece guión cinematográfico? Ciertamente, pero como dice la policía ante un crimen, “todas las vías de investigación están abiertas”. Naturalmente, este es un escenario que puede parecer rebuscado y sesgado. En realidad, lo es; después de todo, las características del personaje central de este drama invitan a plantearse hipótesis sospechosas.  Por lo demás, si la hipótesis de un montaje fuera la real, lo más seguro es que nunca pueda probarse. Conspiraciones de este tipo se hacen precisamente para no ser jamás descubiertas, aunque dejen detrás “la sombra de una duda”, apropiándome aquí del título de una película del genial Alfred Hitchcock.

Por cierto, en rigor, tampoco puede descartarse lo que hasta ahora parece ser mayoritariamente aceptado: que se trató de un genuino atentado para asesinar no solo al presidente de Estados Unidos, sino también al vicepresidente y, probablemente, a otros miembros del gabinete que estaban en la mesa de honor esa noche. Un atentado frustrado y quizás condenado al fracaso desde el comienzo, pero, y aquí viene lo interesante, llamado a crear un nuevo escenario político.




Señalo esto porque, en definitiva, si este ha sido un episodio montado o un genuino intento de asesinato contra Trump, es prácticamente irrelevante en términos de sus consecuencias políticas. La maquinaria propagandística de Trump, independientemente del verdadero carácter del suceso, aprovechará el incidente para mejorar la imagen del presidente, que hasta ese momento registraba una notable baja en su aprobación. Y vaya que ya lo estaría consiguiendo, según algunas reacciones del público estadounidense.

El propio Trump, que mal que mal conoce de producción televisiva, mostró un cambio de actitud muy sorprendente durante la conferencia de prensa que ofreció después del incidente. Quienes hubieran esperado escuchar a un enfurecido mandatario denunciando el clima de violencia desatado por sus enemigos y culpando a la “izquierda radical” por lo ocurrido esa noche, se han visto sorprendidos por un Trump muy relajado, que ha empleado un tono inusualmente amable y conciliador. En un momento, incluso, mencionó que en el lugar del hecho había “republicanos, demócratas, conservadores, liberales y progresistas” e —inusualmente— pareció apreciar esa diversidad. Fuera de eso, su intervención no tuvo otros aspectos remarcables, pero sí fue destacable ese tono, inesperado de parte de un hombre propenso a un lenguaje agresivo, incluso no exento de improperios.  Ese tono relajado lo mantuvo también en sus respuestas a los periodistas, de nuevo, en intercambios de inesperada cortesía, algo sorprendente en un hombre que en ocasiones ha tratado a periodistas de “ignorantes” y a una reportera la ha llamado “chanchita”.  Gústenos o no, cualquiera haya sido el verdadero origen y carácter de este singular incidente, lo cierto es que para Trump es una oportunidad para mejorar sus índices de aprobación que, de seguro, él no va a desaprovechar.

Por supuesto, en vista de todo lo ocurrido, uno bien podría concluir que, sin duda, a Trump mucha gente lo querría ver muerto. Él mismo lo sabe. Sin embargo, aun en ese escenario más extremo, lo que más debe preocupar es hasta qué punto las políticas que ha impuesto Trump ya han dejado de ser meros antojos de un hombre que algunos descartan como un loco y ya se han hecho carne del ser mismo de Estados Unidos. El “trumpismo” de alguna manera dejó al desnudo la naturaleza imperialista y expansiva, así como el nacionalismo extremo, de un Estados Unidos que, por décadas, cubría sus acciones con un manto de defensa de supuestos valores democráticos (líder del “mundo libre”). Trump ha “sincerado” las reales intenciones de Estados Unidos: comprar o tomarse Groenlandia, intentar hacer de Canadá el estado número 51, amenazar con retomar el Canal de Panamá, apoderarse del petróleo venezolano, hacerse del petróleo iraní, amenazar a Cuba, sólo para nombrar las propuestas que Trump ha explicitado. Todas estas intenciones están basadas sólo en el interés nacional de Estados Unidos, sin mayor consideración ni por los aliados ni, mucho menos, por el resto del mundo.

“Estados Unidos puede hacer lo que quiera…” le habría dicho un alto funcionario del Pentágono al representante diplomático del Vaticano en un singular encuentro en enero pasado. Y si uno observa lo que ocurre actualmente, pareciera que, en efecto, así es. Puede ser un dato curioso, pero el único que hasta este momento se ha plantado frente a la prepotencia de Trump ha sido el papa León XIV. Aunque el primer ministro canadiense Mark Carney y el jefe del gobierno español, Pedro Sánchez, han elevado sus voces de protesta cuando, en su calidad de aliados, sus países han sido públicamente ninguneados por Trump, este último sabe que puede usar ese lenguaje sin temor a grandes consecuencias negativas.

Lo anterior llevaría a preguntarse cómo las otras grandes potencias están reaccionando ante estas posturas de Trump y a constatar que, hasta ahora, actúan con mucha cautela. China parece apoyarse en una cómoda posición de observador distante ante una conducta que, evidentemente, conduce al debilitamiento económico de su mayor adversario. Sólo cuando sus intereses se ven afectados emite sus advertencias: el bloqueo del estrecho de Ormúz, por ejemplo, afecta las provisiones de petróleo de la potencia asiática. A Xi Jinping eso no le hace gracia y pide apresurar una solución al conflicto, pero no se compromete más allá. Rusia, por su parte, se halla con las manos atadas por el prolongado conflicto en Ucrania y, para salir de él, depende, hasta cierto punto, de la mediación del propio Estados Unidos. Vladimir Putin tiene, así, poco interés en provocar a Washington.

Así, observamos que tanto Pekín como Moscú emiten declaraciones frecuentes sobre la situación en el Medio Oriente, que ni siquiera merecen una respuesta por parte de Washington. Claro está, se trata de meras declaraciones sin mayor efecto real. Curiosamente, eso sí, las únicas declaraciones que han provocado respuesta, y desde el propio Trump, han sido las emitidas por el Papa, de ahí lo que constataba antes: León XIV es el único que confronta a Trump a nivel mundial. Ciertamente, el Papa no tiene divisiones bajo su mando, parafraseando expresiones de la Segunda Guerra Mundial, pero sus declaraciones producen un mayor impacto por la influencia de su organización, la Iglesia Católica, la mayor entidad transnacional del mundo. (Que, de paso, también sufre cuestionamientos, pero que aun tiene influencia, la tiene…)

Aunque no puede escapar a ningún análisis el hecho de que Estados Unidos se halla sumido en agudos problemas económicos, tampoco puede ignorarse que dispone de un potencial militar muy grande y, en este sentido, es hoy por hoy la mayor amenaza para la paz mundial. Trump ciertamente lo sabe y ha utilizado ese poder hasta el punto de que debe haber sorprendido a la propia élite dirigente de Estados Unidos, incluyendo, por cierto, a la jerarquía del Partido Demócrata, que en política exterior no se diferencia mucho del Partido Republicano. Es lo que destacaba cuando advertía que los pasos dados por Estados Unidos bajo Trump para afianzar su dominación mundial serán muy difíciles de desandar por alguna futura administración. El peso del nacionalismo, del orgullo patriótico, en fin, toda esa verborrea que cautiva a las “almas simples”, como se denominaba en tiempos medievales a la gente manipulable, será muy grande.

Aunque cueste admitirlo, Trump pese a lo caricaturizable de su personalidad, ha dejado un impacto muy fuerte en la mentalidad del pueblo estadounidense. La idea de que Estados Unidos puede hacer lo que quiera, esto es, ignorando el derecho internacional y el respeto a otras naciones, es un concepto que parece encantar a un pueblo sujeto a una manipulación constante y será muy difícil de erradicar. La imagen del pueblo alemán, cautivado por el nazismo en los años 30, viene fácilmente a la memoria. Estados Unidos puede estar bajo el mismo poder hipnótico.  Atentado real o reality show, lo ocurrido en Washington el domingo 26 de abril puede marcar un peligroso fenómeno de identificación del pueblo estadounidense con su presidente, al extremo de lo que Freud una vez describió como “la proyección del súper yo en la figura del Führer (líder)” en referencia al nazismo y cómo éste había logrado envolver al pueblo alemán.

 

Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

 

 

 

 



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