
Cuando un país deja de creer en el futuro: El deterioro de las expectativas abre una nueva etapa política para el Gobierno de Kast
Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 21 segundos
Los gobiernos suelen observar con atención las encuestas de aprobación presidencial. Es comprensible. La popularidad del mandatario condiciona la agenda política, influye sobre el Congreso y determina buena parte del debate público. Pero hay momentos en que otro indicador resulta mucho más revelador que la propia aprobación del Presidente: las expectativas que una sociedad tiene sobre su futuro.
La última encuesta Plaza Pública Cadem, correspondiente a la cuarta semana de julio, entrega precisamente esa señal. La desaprobación del presidente José Antonio Kast continúa aumentando, mientras la aprobación permanece estancada. Sin embargo, el dato más significativo aparece en otra parte del estudio: el pesimismo respecto del futuro del país alcanza el peor nivel desde que esta medición comenzó en 2015.
No se trata de una cifra cualquiera. En más de una década de mediciones, que incluyen el segundo gobierno de Michelle Bachelet, el estallido social, la pandemia, el gobierno de Gabriel Boric y el inicio de la administración Kast, nunca las expectativas habían mostrado un deterioro semejante.
La encuesta añade otro antecedente igualmente preocupante. Las expectativas de ahorro de los hogares permanecen prácticamente estancadas. Una amplia mayoría de las familias no cree que podrá ahorrar durante los próximos meses. Más allá del indicador económico, la respuesta expresa algo mucho más profundo: la percepción de que el esfuerzo cotidiano difícilmente permitirá mejorar la situación familiar.
Las expectativas ocupan un lugar central en la economía moderna. John Maynard Keynes sostenía que las decisiones de inversión y consumo no dependen únicamente de los ingresos o de las tasas de interés, sino también de los llamados animal spirits: la confianza, el optimismo o el temor con que las personas enfrentan el porvenir. Décadas después, George Akerlof y Robert Shiller retomaron esa idea para demostrar que el estado de ánimo colectivo constituye una variable económica de primer orden.
Pero las expectativas también tienen consecuencias políticas.
Cuando una sociedad cree que el futuro será mejor, suele tolerar con mayor facilidad las dificultades del presente. Existe la convicción de que los sacrificios encontrarán una recompensa posterior. Cuando esa confianza desaparece, comienza a modificarse el clima social. El pesimismo deja de ser un sentimiento individual para convertirse en una percepción compartida sobre el rumbo del país.
Eso es precisamente lo que comienza a sugerir la encuesta Cadem.
Durante toda la discusión de la megarreforma económica, el Gobierno sostuvo que la reducción del impuesto corporativo, la estabilidad regulatoria y los incentivos a la inversión permitirían recuperar la confianza empresarial, impulsar el crecimiento y, finalmente, mejorar la calidad de vida de la población. La confianza era el concepto central del discurso oficial.
Sin embargo, pocas horas después de que el Congreso aprobara la principal reforma económica de la administración Kast, la encuesta registra el peor nivel de expectativas desde 2015.
La paradoja resulta evidente.
El Gobierno consigue aprobar su proyecto más emblemático, pero la ciudadanía no manifiesta mayor confianza respecto del futuro. La promesa política que acompañó la reforma —que el crecimiento devolvería el optimismo al país— todavía no encuentra respaldo en la percepción de los hogares.
La izquierda ha formulado una crítica persistente durante toda la tramitación de la megarreforma. Sostiene que las principales rebajas tributarias benefician, en primer lugar, a las grandes empresas y a los sectores de mayores ingresos, mientras los efectos positivos sobre el empleo, los salarios y la economía familiar permanecen como una promesa de mediano plazo. La encuesta no confirma ni desmiente esa tesis. Pero sí muestra un dato difícil de ignorar: las familias continúan viendo con preocupación su propia situación económica y mantienen expectativas muy bajas respecto de su capacidad de ahorrar.
Ese contraste abre una pregunta política inevitable. Si la principal apuesta económica del Gobierno ya fue aprobada, ¿por qué no mejora la percepción ciudadana sobre el futuro?
La respuesta probablemente trasciende el debate tributario. Chile enfrenta un escenario internacional marcado por la desaceleración económica, las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, la incertidumbre geopolítica y un crecimiento mundial más débil que el observado durante décadas anteriores. Ninguna reforma nacional puede aislar completamente al país de ese contexto.
Pero tampoco basta esa explicación.
Las expectativas también se construyen a partir de la experiencia cotidiana. El costo de la vida, el empleo, la estabilidad laboral, el acceso a la vivienda o la posibilidad de ahorrar pesan mucho más en la percepción ciudadana que las proyecciones macroeconómicas. Cuando esas experiencias no cambian, el optimismo difícilmente aparece, aunque mejoren algunos indicadores agregados.
La historia reciente muestra que los cambios políticos suelen incubarse primero en las expectativas y solo después en las urnas.
El estallido social de 2019 constituye un ejemplo elocuente. Durante años, Chile exhibió indicadores macroeconómicos relativamente sólidos. Sin embargo, una parte importante de la ciudadanía dejó de creer que ese crecimiento mejoraría efectivamente su vida cotidiana. La fractura no comenzó con una caída abrupta del producto interno bruto. Comenzó cuando se debilitó la expectativa de progreso.
Hoy el país enfrenta una situación distinta, pero la lógica puede ser similar.
Cuando una sociedad deja de creer en el futuro, cambia también su relación con la política. Los discursos pierden capacidad de persuadir, las promesas encuentran mayor escepticismo y las reformas dejan de evaluarse por sus objetivos para ser juzgadas por sus resultados inmediatos. Ese cambio de clima suele preceder a transformaciones políticas de mayor alcance.
Por eso el dato más inquietante de la última Cadem quizá no sea la desaprobación presidencial. Tampoco la discusión sobre la megarreforma. Lo verdaderamente significativo es que Chile parece estar entrando en una etapa marcada por el pesimismo colectivo.
Para cualquier gobierno, esa es una señal difícil de ignorar.
Porque la confianza puede recuperarse. La popularidad también.
Lo que resulta mucho más complejo es reconstruir la esperanza cuando una sociedad comienza a perder la convicción de que el futuro será mejor que el presente.
Félix Montano





