
El primer siglo del Comandante en Jefe de los pobres y humildes de la tierra
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Fidel es más hijo del tiempo que de Lina y de Ángel. Es un hombre que fue capaz de leer las leyes que rigen tanto los procesos sociales y políticos de este mundo convulso y de esta tierra azotada, como los que suceden por dentro de las personas, en sus conciencias, pesares y alegrías.
No por otras razones su pensamiento y acción releva por sobre aquellas cuestiones materiales, las que nacen de aquel musculo que permite proezas impensadas que solo las explica el convencimiento más profundo de estar haciendo lo correcto por la humanidad toda.
Por aquellos que merecen el amor de manos hermanas. Por aquellos que son lo que el capitalismo considera no personas, sino que humanos sin derechos ni posibilidad alguna de acceder a algún grado de felicidad en toda su vida.
Ahí, en esas zonas oscurecidas por quienes escriben la historia a su amaño, es en donde se entiende en toda su humana magnificencia la vida, pensamiento y acción de Fidel Castro Ruz: los pueblos pueden y deben construir su propia historia si se proponen el valor de vivir para verla o morir para sembrar un ejemplo.
Y se entiende mejor a Fidel leyendo al Apóstol que guio los pálpitos de su corazón y le puso ese ritmo humano y poéticamente rebelde. El epítome del poeta soldado.
Fidel es en gran medida la continuación necesaria de Martí, su visión, humanidad y consecuencia. Es decir, esa capacidad de decir haciendo y de amar en el campo de batalla.
Quienes mejor han entendido su pensamiento y acción han sido los pobres del mundo. Pero los de verdad, no los que aparentan una pose para estar en sintonía con lo que cursa en instituciones y acomodaciones. Esos que hacen de la carencia un negocio.
Decimos de quienes cuando nacen solo saben que van a morir. Los que van a pasar sus existencias en medio de los padecimiento necesarios para que un puñado de miserables vivan una vida de lujos y maravillas.
Aquellos que hacen de la muerte y del sufrimiento de millones de niños una ganancia sagrada y celestial, fueron y serán para siempre los enemigos necesarios de Fidel. Y aquellos hasta donde llegó la extensión de su espíritu solidario, es decir lo más profundamente humano de sus hombres y mujeres combatientes, fueron y serán sus compañeros definitivos.
Los pueblos celebran la vida de un hombre de este tiempo que cumple su primer siglo. No los apena su muerte tanto como se extraña su perfil de compañero.
Ese que pensaba que los desheredados del planeta merecen ser abrazados por quienes pueden un metro más y deciden compartir no lo que sobra sino lo poco que se tiene.
He ahí la real alma humana y no la que vuela entre nubes inasibles.
El concepto del internacionalismo proletario, esa ternura de los pueblos, jamás ha sonado más hondamente humano como cuando Cuba y su pueblo entiende que hay otros pueblos que requieren el concurso de una mano hermana: de su ciencia, de su saber, de sus maestros y médicos.
Y de sus soldados, de su valor y su sangre.
Estos años telúricos y desconcertantes hacen más inciertas las contradicciones sin la reflexión profunda y fundada del Comandante en Jefe de los pobres y humildes del planeta.
Se extraña su palabra que, mucho más que entregar la receta, impulsaba la reflexión y la resolución de la duda apasionada y productiva.
Más aún cuando Cuba pasa por dificultades y no todas adjudicables al genocida bloqueo que por más de sesenta años asedia a la heroica isla.
El 17 de noviembre de 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, Fidel Castro advirtió: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla jamás son los enemigos, nosotros mismos podemos destruirla, y sería culpa nuestra”
Según el escritor Gabriel García Márquez, Fidel Castro tenía por costumbre ir al futuro para luego volver a contarlo. Quizás por esa razón misteriosa, sus afirmaciones extrañas para la época cobran cada vez más sentido en un mundo en el que las cosas cambian de maneras impensadas. Entre otras, el proceso revolucionario cubano.
Y a nosotros, sus combatientes formados a la vera de sus enseñanzas y criterios, nos alarma la posibilidad de su vaticinio.
Pero estamos aquí sus semillas. Enarbolamos el honor de haber cursado algunos años como contemporáneos con uno de los más humanos de los seres humanos y de haber afinado el colimador con su mismo fusil.
Sin una mancha en su comportamiento, como diría de Ché, Fidel es un hombre que dignificó el sentido de lo humano y fue capaz de representar los más avanzado de la evolución de quizás la única vida que haya en el infinito universo.
Porque si hay una esperanza para el ser humano sobre la tierra, esa esperanza será la que en su vida definió Fidel con su actitud, con su pueblo aguerrido, con su honor y decoro: hay que luchar siempre.
Fidel Castro honró profundamente el sentido de lo humano.
Como dicen bellamente sus compañeros: ¡para lo que sea, como sea, donde sea, Comandante en jefe, ordene!
Ricardo Candia Cares





