
El látigo en nuestras manos
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Auto explotación, algoritmos y el voto de los sectores empobrecidos a la ultraderecha
Hay una escena que Byung-Chul Han repite para describir nuestro tiempo: la del esclavo que arrebata el látigo al amo y se azota a sí mismo. No lo hace por miedo. Lo hace convencido de que así se libera. Esa es la trampa central del neoliberalismo. La explotación ya no se experimenta como una imposición externa, sino como autorrealización, auto optimización, emprendimiento personal. El sujeto de rendimiento se explota a sí mismo y cree que es libre. El resultado no es la felicidad prometida, sino un cansancio colectivo, un burnout que se ha vuelto norma social.
Esa lógica tiene un correlato directo en la subjetividad de los sectores vulnerables. El discurso de la “libertad” y el “esfuerzo propio” —central en la retórica ultraderechista— resuena con esa auto explotación interiorizada. La idea de que el éxito o el fracaso dependen exclusivamente del individuo, y no de estructuras sociales, cala hondo en quien ha sido educado para creerse único responsable de su destino. Así, votar por opciones que prometen desmantelar el Estado de bienestar puede vivirse no como un acto contra los propios intereses, sino como una afirmación de autosuficiencia y autonomía personal. Es la promesa neoliberal llevada a las urnas de que cada uno es “empresario de sí mismo”.
A esta primera trampa se suma una segunda: la domesticación algorítmica de la psique. Han describe la “infocracia” como un régimen de dominación donde la verdad se desintegra y la comunicación es dominada por afectos, no por la razón. A diferencia del poder disciplinario, que actuaba sobre los cuerpos, la psicopolítica actúa directamente sobre la psique mediante algoritmos e inteligencia artificial. No se necesita un jefe que vigile: el propio sujeto, hiperconectado y sobreexpuesto, se autovigila y se autoexplota.
Los algoritmos de las plataformas digitales, optimizados para maximizar el engagement (nivel de interacción y participación en redes sociales), amplifican la desinformación, el discurso de odio y la polarización. Encierran a los usuarios en burbujas informacionales donde solo escuchan ecos de sus propias creencias, minando la empatía y el debate racional. Para sectores empobrecidos y con desconfianza hacia las instituciones, ese entorno digital puede convertirse en un espacio de reconocimiento y pertenencia tribal. La ultraderecha ofrece un relato simple que canaliza el miedo, la ira y la necesidad de ser visto.
La articulación entre ambos fenómenos explica por qué una parte significativa de los pobres vota por candidatos que prometen destruir sus derechos laborales. Jessé Souza, en su libro El pobre de derecha. La venganza de los bastardos describe el “Síndrome del Joker” en referencia al personaje de la película: la ultraderecha no vende programas sociales, sino discursos subjetivos de odio y miedo que apelan a la necesidad primaria de todo ciudadano de ser reconocido en su valor y singularidad.
El sujeto auto explotado y algorítmicamente domesticado es especialmente receptivo a ese llamado. Ha internalizado que su sufrimiento es su responsabilidad; la política tradicional, con sus propuestas técnicas y matices, no le habla a esa experiencia íntima. En cambio, la ultraderecha le ofrece un enemigo externo —inmigrantes, “casta” política, feministas— sobre el cual proyectar su agotamiento. El voto se convierte entonces en una “satisfacción oscura en el autocastigo”: elegir a quien empeorará sus condiciones materiales puede vivirse paradójicamente como un acto de libertad, de castigar a quienes considera responsables de su precariedad. Es la auto explotación llevada al terreno electoral. El sujeto, creyéndose libre, participa activamente en los mecanismos que garantizan su propio control y sometimiento.
No se trata, por tanto, de una masa irracional que vota contra sí misma por ignorancia. Se trata de un terreno subjetivo labrado durante décadas por el neoliberalismo: individuos agotados, hiperconectados, pero profundamente solos, que buscan desesperadamente un lugar donde su malestar sea reconocido. La ultraderecha no irrumpe en un vacío. Irrumpe en esa soledad, en ese cansancio, en esa necesidad de pertenencia que la izquierda ha dejado de interpelar.
El algoritmo y la auto explotación son las condiciones que hacen posible que ese malestar se traduzca en un voto que, objetivamente, agrava la situación de quienes lo emiten. Comprenderlo no es justificarlo. Es el primer paso para disputar el espejismo, romper la burbuja y reconstruir un relato donde la libertad no sea sinónimo de auto explotación, sino de dignidad compartida.
Antonio Elizalde
