
Levantando la camanchaca de la memoria: Los Andrónicos Antequera olvidaron olvidar
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Así como la camanchaca suele envolver el paisaje costero de Tocopilla en una densa oscuridad, durante mucho tiempo una espesa neblina ocultó la memoria de este pueblo, que fue escenario de una intensa efervescencia social seguida de un inconcebible horror. Ahora, una familia tocopillana realiza un gesto amoroso y significativo para transformar la dolorosa historia de sus padres, hermanos y tíos, Juan Carlos y Jorge Elías Andrónicos Antequera, en un vehículo que fortalece la memoria histórica activa.
El auditorio del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos estaba repleto el 3 de octubre, cuando se presentó Cuando se nos olvidó olvidar, una publicación de minuciosa y bella diagramación que es mucho más que un libro.
Es el proyecto conjunto de tres generaciones de una familia que rescata las vidas no solo de Juan Carlos y Jorge Elías, secuestrados y desaparecidos hace 52 años, sino también la de Herminia “Mina” Antequera Latrille (1929-2020), intrínsecamente entretejida con la historia de sus dos hijos mayores. El libro constituye también un mapa de ruta para transmitir la memoria en tiempos en que el negacionismo se asoma con cada vez mayor fuerza.

“Mina” Antequera Latrille
Esta materialización de una serie de conversaciones dirigidas con el núcleo familiar se complementa con una revisión pormenorizada de archivos judiciales y académicos, así como de los espacios de memoria. Incorpora, además, elementos recogidos durante décadas por la mano de Mina Antequera Latrille. Entre sus tapas, los lectores encuentran una narrativa biográfica, la historia procesal, una abundancia de fotografías, facsímiles de documentos históricos y, finalmente, un manual pedagógico para poner en práctica este abordaje de la memoria histórica.
¿Por qué recordar?
Desde sus respectivas miradas, comentaron diferentes dimensiones del concepto de memoria la psicóloga Elizabeth Lira, la exdirectora de la Secretaría de Derechos Humanos Daniela Quintanilla y el historiador Carlos Rojas, integrante del equipo editorial del libro. También participó Juan Carlos Andrónicos Ahumada, en representación de la familia y en su calidad de director de la Corporación Agitar Memorias, que desarrolla talleres para distintos públicossobre memoria histórica y la gesta persistente de mujeres como su abuela Mina.
Elizabeth Lira, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2017, se ha dedicado al estudio de la memoria y sus consecuencias para una sociedad que olvida. Ella pregunta: “¿Recordarlos para qué? […] Es para comprender a las personas, los procesos, la historia de esta madre que se lo jugó hasta el último día de su vida y la responsabilidad que, como sociedad, tenemos respecto de estos desaparecidos. Especialmente tenemos que hacer memoria porque esto no se puede volver a repetir. Mientras no haya una sociedad que repudie profundamente la desaparición y la tortura, tenemos el riesgo de que esto se repita”.
“Buscar, conservar, contar y transmitir es también una interpelación a las instituciones, a quienes las integramos”, afirmó, por su parte, Daniela Quintanilla, subsecretaria de Derechos Humanos durante los últimos dos años del gobierno de Gabriel Boric. “Asumir esta responsabilidad implica comprender que la búsqueda no ha terminado, que Jorge Elías y Juan Carlos continúan desaparecidos. La pregunta —‘¿dónde están?’— permanece abierta, pero ese intento de borrar su existencia fracasó. Ellos están en el patrimonio que Mina construyó, en la memoria que esta familia ha mantenido viva y en el sueño de una sociedad distinta que este libro nos da la oportunidad de volver a poner en nuestras manos”.
Pero no nos equivoquemos. No es una mirada que comprende el patrimonio como algo estático y definitivo. Cómo señaló Carlos Rojas del Instituto de Estudios Patrimoniales, “una mirada contemporánea de lo patrimonial involucra procesos de activación permanentes, con estrategias que involucren a los sujetos en la valoración de atributos relevantes en su cotidianidad. En esa línea, los documentos y recortes de prensa que Mina dejo sostienen una convicción profunda por persistir siempre en la búsqueda de Verdad y Justicia, sea cual sea el contexto. Eso es lo que queremos transmitir a las nuevas generaciones.”
Las historias no olvidadas
Juan Carlos y Jorge Elías crecieron con sus tres hermanos, con el aroma del pan horneado permeando la casa, adyacente a la Panadería El Sol, negocio de su abuelo paterno, migrante griego. El texto y las fotos recopiladas en el libro dan cuenta de una niñez como la de muchos niños de la zona nortina: disfrutaban de las playas, jugaban béisbol y fútbol en la cancha de tierra de enfrente y elevaban volantines.

Ambos hermanos participaron en la campaña presidencial de Allende. Fue en sus respectivas universidades en Antofagasta —Jorge estudió Ingeniería Eléctrica y Juan Carlos, Sociología— donde se unieron al MIR. Coordinar la instalación eléctrica de una nueva población fue una notable labor social de Jorge, en la que participaron otros de sus hermanos. También se sumaron a las movilizaciones que confluían por las calles de Antofagasta en apoyo al asediado gobierno.
La nacionalización de Cobre Chuqui, Soquimich, la planta termoeléctrica y el control estatal del puerto de Tocopilla por parte del gobierno de la Unidad Popular significaron una alta presencia de funcionarios del gobierno socialista. También significó que, al producirse el golpe civil-militar, los resentimientos guardados hacia la política de nacionalizaciones y los oficiales que la implementaron se desataran en revancha mediante una represión cruenta. En la región de Antofagasta y la comuna de Tocopilla, en particular, 31 personas fueron ejecutadas extrajudicialmente o desaparecidas en los primeros meses después del golpe.
No se sabe con certeza qué medidas tomaron los hermanos para protegerse durante ese período aterrador. A principios de 1974, Jorge viajó a Santiago para hacerse cargo de un proyecto comunicacional de resistencia: la Radio Rebelde que el MIR operaba desde una casa de la comuna de La Granja, desde donde se levantaba la antena. En abril, su madre, Mina Antequera, su hermano Juan Carlos y su hermana Arety se unieron a Jorge y su pareja para vivir en esa casa. Alcanzaron a compartir seis meses de convivencia cercana, que recuerdan como un tiempo de “bellos momentos”, entre otros, por el nacimiento del primer nieto de Mina.
Sus vidas cambiaron radicalmente a partir del 3 y el 4 de octubre. La tarde del 3 de octubre llegaron agentes de la DINA a este inmueble estratégico del MIR. Se llevaron a Juan Carlos, pero los represores no se fueron. Cuando en la madrugada llegó Jorge, se lo llevaron, permaneciendo agentes un día más en la casa. Mina les sirvió comida con la esperanza de que “donde estén mis hijos también los atiendan bien”. Su hija le planchó la camisa del que mandaba al grupo de militares. En un bolsillo encontró algo que sería clave en las décadas de investigación que seguirían y que, en ese momento, ni siquiera imaginaba: una credencial que lo identificaba como el teniente Fernando Laureani Maturana. Varios testigos sobrevivientes declararon haber estado con los hermanos en el recinto clandestino de detención y exterminio de calle José Domingo Cañas 1367, comuna de Ñuñoa.
Esa semana, el lugar estaba especialmente lleno de personas privadas de libertad y sujetas a tormentos. El mismo día 4 de octubre raptaron desde la Penitenciaría de Santiago a David Silberman, el director general de Chuquicamata, detenido desde el año anterior, y fue llevado a José Domingo Cañas 1367, como constataron los mismos testigos. Y el 5 de octubre fue abatido el líder máximo del MIR, Miguel Enríquez, provocando una cascada de detenciones.

El legado de Mina, Juan Carlos y Jorge
Desde el 5 de octubre cambió radicalmente la vida de Mina. La denuncia que ese día presentó en el Comité Pro-Paz fue el primero de más de mil pasos que tomaría. En el trayecto, se unió al cauce de mujeres, mayoritariamente, quienes no dejaron piedra sin remover para exigir justicia por sus hijos y otros familiares que les habían sido arrebatados. Fueron transformadas y empoderadas, fortaleciéndose las unas a las otras por la causa común. Entre ellas, conformaron el pulso de la resistencia.
Para Elizabeth Lira, “Mina encarna un conjunto de valores relacionados con la función de cuidado como rol natural de las madres. […] Aparece con mucha fuerza una tarea, una función, de cuidar la vida, de cuidar la organización, cuidar la convivencia, cuidar la familia, cuidar el respeto por los otros, construir la dignidad, educar en eso. Tenemos que buscar cómo ser constructivos y coherentes en todo plano, reivindicando esa función, que me parece a mí tiene una dimensión ética muy fuerte. De esa manera se generan condiciones efectivas para mantener la democracia”.
Después del fallecimiento de Mina, en el proceso de ordenar la casa para venderla, encontraron en el patio un baúl de madera sólida, en el que nunca antes se habían fijado. Al abrir el intrigante baúl, su nieto-compañero Juan Carlos descubrió documentos, recortes de prensa, fotos, pequeños objetos: el registro simbólico y a la vez muy concreto de un compromiso de cuatro décadas impulsado por una poderosa fuerza interior. Era un cofre de tesoro de memoria que dejaba como herencia a las generaciones actuales y por venir.. Hoy su contenido está en proceso de ser incorporado al Archivo Mina Antequera Latrille del Museo de la Memoria y Derechos Humanos.
Juan Carlos Andrónicos Ahumada no conoció a sus tíos. Sin embargo, se ha convertido en un portador de su memoria. Llevar su bandera de lucha es, para él, un legado. “Quizás lo más valioso que recibimos de Mina, Jorge y Juan Carlos no sea únicamente el recuerdo de sus acciones, sino la manera en que decidieron hacerse presentes en el tiempo que les tocó vivir. Una forma de comprender la cultura, la educación, la organización social y el compromiso con las personas como prácticas inseparables de la construcción democrática. Y quizás eso es lo que hoy, 52 años después, todavía permanece”.
Maxine Lowy
