
El gabinete Kast: orden, mercado y una señal inequívoca de restauración
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El gabinete presentado por José Antonio Kast no es solo una nómina de nombres: es una declaración política. Una hoja de ruta explícita que busca cerrar el ciclo abierto en octubre de 2019 y reordenar el Estado chileno bajo los principios del orden, la seguridad y la desregulación económica. No hay aquí sorpresas ni giros tácticos: el nuevo gobierno opta por la coherencia ideológica antes que por la amplitud política, y lo hace con un equipo que privilegia el mundo técnico, empresarial y conservador por sobre la experiencia social o el diálogo transversal.
La imagen del gabinete —con un comité político compacto y ministerios clave en manos de figuras cercanas al presidente electo— anticipa un estilo de conducción vertical, con escaso margen para disensos internos. Kast no busca una coalición amplia: busca control político y eficacia ejecutiva.
Hacienda y el corazón del proyecto
La designación de Jorge Quiroz en Hacienda es probablemente la señal más nítida del rumbo económico. Quiroz no es un tecnócrata neutro: es un economista con una visión doctrinaria del mercado, crítico de la regulación estatal y convencido de que el crecimiento depende de liberar “amarras” normativas. Sus recientes declaraciones sobre la “maraña regulatoria”, la liberalización del suelo y la reducción drástica de permisos ambientales y urbanísticos no dejan espacio a ambigüedades.
Este enfoque supone un retorno explícito al neoliberalismo clásico, ahora actualizado con el argumento de la crisis: inversión o estancamiento. En esa lógica, derechos sociales, normas ambientales y planificación territorial aparecen como obstáculos antes que como garantías. No es casual que los sectores inmobiliarios, financieros y extractivos hayan recibido con entusiasmo este nombramiento.
Interior y seguridad: el eje del orden
En Interior, con Claudio Alvarado, Kast instala a un operador político con experiencia en el mundo UDI y una visión dura en materia de seguridad y orden público. Aquí se juega uno de los pilares del nuevo gobierno: la idea de que la crisis chilena es, ante todo, una crisis de autoridad.
La lectura es clara: el estallido social no fue una demanda de transformación estructural, sino una ruptura del orden que debe ser contenida y corregida. Desde esta perspectiva, las policías, las Fuerzas Armadas y el aparato de seguridad recuperan centralidad política y simbólica. No es un detalle menor que este gabinete se configure tras fallos judiciales que refuerzan la impunidad policial y en un contexto donde leyes como la Naín-Retamal siguen vigentes y operativas.
Un gabinete más gerencial que político
La composición general del gabinete muestra una fuerte presencia de independientes, ex autoridades de gobiernos anteriores y figuras técnicas. Esto no implica neutralidad: implica una forma de hacer política que reduce el conflicto social a problemas de gestión. Ministerios como Vivienda, Obras Públicas, Economía y Energía quedan en manos de perfiles alineados con la lógica de mercado, con escasa trayectoria en políticas redistributivas o participación comunitaria.
El mensaje es inequívoco: el Estado no será un actor transformador, sino un facilitador del sector privado. La promesa no es igualdad, sino eficiencia. No es cohesión social, sino crecimiento.
Relaciones Exteriores y el giro regional
En Cancillería, el perfil empresarial de Francisco Pérez Mackenna, ex gerente general por décadas de Quiñenco, del grupo Luksic, refuerza la idea de una política exterior pragmática, alineada con intereses económicos y con gobiernos de derecha en la región. Las recientes giras de Kast por Perú, Argentina y sus guiños a modelos como el de Bukele en El Salvador anticipan una diplomacia más ideológica de lo que se reconoce públicamente, especialmente en temas de migración, seguridad y derechos humanos.
Aquí se perfila un alineamiento regional con gobiernos conservadores, con distancia, por ejemplo, respecto de los consensos multilaterales en derechos humanos.
Lo que no está en el gabinete
Tan importante como los nombres presentes son las ausencias. No hay figuras vinculadas al movimiento social, al mundo sindical, a organizaciones de derechos humanos ni a territorios populares. Tampoco hay señales de continuidad con las reformas sociales impulsadas en los últimos años, salvo en su mínima expresión institucional.
Este gabinete no busca administrar el legado del ciclo progresista: busca clausurarlo.
Un gobierno con mandato claro… y riesgos evidentes
Kast asume con un mandato electoral contundente, pero también con un país profundamente fragmentado. Apostar por un gabinete homogéneo puede otorgarle velocidad y disciplina, pero también lo expone a un riesgo evidente: gobernar sin mediaciones sociales en un país donde la conflictividad no ha desaparecido, solo ha mutado.
La historia reciente de Chile —y de América Latina— muestra que los gobiernos que confunden orden con silencio y crecimiento con legitimidad suelen enfrentar resistencias más profundas de las que anticipan. El gabinete Kast es coherente, sí. Pero esa coherencia también lo vuelve predecible y, por lo mismo, vulnerable.
En definitiva, no estamos ante un gabinete de transición ni de unidad nacional. Estamos ante un gabinete de restauración, que busca reponer un modelo, una forma de autoridad y una idea de país. La pregunta ya no es cuál será el rumbo del gobierno de Kast. Ese rumbo está claro. La verdadera incógnita es si la sociedad chilena —después de 2019— está dispuesta a recorrerlo sin resistencia.
Simón del Valle





