Crisis sistémica

El fracaso de la democracia y la trampa del aislamiento: cómo el neoliberalismo captura incluso a quienes lo resisten

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En un escenario de democracias debilitadas y desigualdades crecientes, las alternativas que se presentan como rupturas con el orden neoliberal terminan, con frecuencia, reproduciendo sus mismas lógicas. Desde las comunas europeas hasta la izquierda institucional, la fragmentación y el repliegue identitario funcionan como mecanismos que neutralizan la posibilidad de un antagonismo colectivo. La pregunta ya no es solo por el fracaso de la democracia, sino por la capacidad del neoliberalismo para colonizar incluso las formas de vida que buscan oponérsele.

El fracaso de la democracia y la captura neoliberal

La democracia liberal atraviesa una crisis profunda, pero admitirlo implica cuestionar no solo las instituciones, sino también las formas de vida que hemos naturalizado. Reconocer ese fracaso supone aceptar que el sistema no solo organiza la economía: también moldea subjetividades, deseos y modos de relacionarnos. Por eso cuesta tanto imaginar alternativas. Y por eso, incluso quienes buscan salirse del modelo terminan reproduciendo sus lógicas.

Maurizio Lazzarato lo advierte con claridad en ¿Hacia una guerra civil mundial?: uno de los efectos más eficaces del neoliberalismo es la fragmentación de los grupos subalternos, que quedan aislados en luchas parciales, incapaces de articular un antagonismo común. No se trata de un accidente, sino de un mecanismo estructural: dividir para gobernar, separar para neutralizar.




Ese aislamiento adopta formas diversas. En Europa, proliferan comunas y proyectos de vida “alternativos” que rechazan la industrialización y buscan regresar a prácticas premodernas. Sin embargo, lejos de constituir una ruptura, muchas de estas experiencias terminan funcionando como microcomunidades autosuficientes, cerradas sobre sí mismas, con reglas que excluyen a quienes no pueden —por razones médicas, económicas o sociales— adaptarse a ellas. Son, paradójicamente, expresiones de la misma racionalidad neoliberal que dicen combatir: responsabilidad individual, autosuficiencia, meritocracia moral.

La periodista Paola Dragnic lo sintetizó en una entrevista con El Clarín de Chile: “todos somos neoliberales; la pregunta es: ¿cuánto neoliberal soy?”. La frase revela una verdad incómoda: incluso las resistencias están atravesadas por la lógica que intentan cuestionar.

La izquierda institucional tampoco escapa a esta trampa. Como señala Nancy Fraser, la fragmentación de las luchas —feministas, ambientales, territoriales, laborales— ha debilitado la capacidad de construir un proyecto común. Cada grupo defiende su causa, pero la articulación estructural se diluye. El resultado es una izquierda que administra el orden en lugar de disputarlo, atrapada en la gobernabilidad y temerosa de confrontar al poder económico.

El aislamiento, entonces, no es solo un problema organizativo: es una deriva sociológica del neoliberalismo, que produce sujetos solitarios, comunidades cerradas y movimientos incapaces de construir mayorías. En ese paisaje, la democracia se vacía, la política se reduce a gestión y las derivas autoritarias encuentran terreno fértil.

Superar esta trampa exige reconstruir lo común, articular luchas dispersas y recuperar la capacidad de imaginar un horizonte colectivo. Sin esa tarea, la democracia seguirá fracasando y el neoliberalismo continuará triunfando incluso allí donde se proclama su derrota.

¿Pueden existir comunas de izquierda? El espejismo de la alternativa

En distintos puntos de Europa han surgido comunas y proyectos comunitarios que buscan distanciarse de la industrialización, recuperar prácticas premodernas y construir formas de vida “alternativas”. Sin embargo, estas experiencias, que suelen presentarse como rupturas con el orden dominante, reproducen en muchos casos lógicas excluyentes y, paradójicamente, profundamente neoliberales. Su aparente radicalidad convive con una estructura social que permanece intacta.

Estas comunas establecen reglas que, aunque inspiradas en ideales de autosuficiencia y retorno a lo esencial, dejan fuera a quienes no pueden —por razones médicas, económicas o sociales— adaptarse a sus exigencias. La exclusión no es un efecto colateral: es parte de su funcionamiento. Como advierte Lazzarato, el neoliberalismo fragmenta deliberadamente, promoviendo la proliferación de grupos aislados que se repliegan sobre sí mismos y renuncian a disputar el orden general. En ese sentido, estas comunidades funcionan como microespacios de retirada, no como proyectos capaces de articular un antagonismo colectivo.

La renuncia a ciertos logros de la modernidad —como el acceso garantizado a agua caliente, energía o infraestructura sanitaria— se convierte en un gesto simbólico que no altera las relaciones de poder. Los baños secos no hacen la revolución: quienes viven así por necesidad no desean perpetuar esa precariedad, y quienes lo hacen por elección suelen contar con capital económico, cultural o social que les permite convertir la austeridad en estilo de vida. La dignidad, en cambio, implica acceso universal a servicios básicos, algo que sería perfectamente posible si el abastecimiento energético no estuviera capturado por intereses empresariales.

Desde la perspectiva de Lazzarato, estas comunas encarnan una forma de neoliberalismo de izquierda: no confrontan al sistema, sino que coexisten con él, funcionando como válvulas de escape que canalizan el malestar sin poner en riesgo la estructura. La responsabilidad individual —producir, gestionar, autoabastecerse— sustituye la acción colectiva y la disputa política. La crítica se desplaza del plano estructural al plano moral: vivir “correctamente” se vuelve más importante que transformar las condiciones materiales que producen desigualdad.

Este tipo de alternativas, lejos de cuestionar el orden neoliberal, lo refuerzan. Al centrarse en prácticas individuales o comunitarias desconectadas del conflicto social más amplio, contribuyen a la fragmentación que el propio neoliberalismo necesita para gobernar. La retirada hacia lo pequeño, lo local o lo autosuficiente no constituye una amenaza para el poder; al contrario, lo libera de la presión de tener que responder a demandas colectivas. Como señala Wendy Brown, la privatización de la vida —convertir cada problema en un asunto personal o comunitario— es uno de los mecanismos más eficaces de despolitización contemporánea.

El riesgo, entonces, no reside en la existencia de estas comunas, sino en su incapacidad para articularse con luchas más amplias. Sin una conexión con los conflictos estructurales —la concentración económica, la financiarización, la precarización del trabajo, la crisis ecológica— estas experiencias terminan funcionando como espacios de adaptación, no de transformación. La crítica se vuelve estética; la política, un estilo de vida.

En un contexto de democracias debilitadas y desigualdades crecientes, la proliferación de alternativas que no interpelan al poder sino que se acomodan a sus márgenes revela una paradoja inquietante: incluso las formas de vida que se proclaman anticapitalistas pueden reproducir, sin quererlo, la racionalidad neoliberal que dicen combatir.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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