Columnistas Portada

El embajador y la frontera invisible

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 42 segundos

Doctrina y vecindario

La escena fue presentada como un acto administrativo: retiro de visas, ejercicio soberano, reglas claras. El protagonista, el embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, insistió en que su país solo decidió “quién entra y quién no”. Formalmente, nada que objetar. Sustantivamente, todo por discutir.

Porque cuando el representante de la potencia hemisférica comparece para cuestionar la capacidad de un gobierno en ejercicio, eleva el tono contra Gabriel Boric y, al mismo tiempo, envía guiños explícitos al presidente electo José Antonio Kast, la frontera entre la diplomacia y la política interna se vuelve, por decirlo con elegancia, porosa.

Judd no solo defendió la revocación de visas —entre ellas la del ministro Juan Carlos Muñoz— en el contexto del proyecto de cable submarino Chile China Express. Fue más allá: habló de “incursiones malignas”, puso en duda la capacidad chilena para proteger datos, advirtió sobre eventuales revisiones en los intercambios de información y remató con una frase que no necesita traducción política: “En diciembre, el pueblo chileno votó masivamente por un cambio”.

El mensaje no es técnico. Es político.




Soberanía, pero con condiciones

La contradicción estructural es evidente: “Chile tiene derecho soberano a decidir”, dice el embajador. “Lo que no puede elegir son las repercusiones”. Traducido: son libres de decidir, siempre que decidan lo correcto.

En esa lógica, la doctrina Monroe revive con actualización retórica. Versión 2.0, con acento de seguridad digital y un telón de fondo geopolítico donde China aparece como amenaza sistémica. El proyecto que busca unir Valparaíso con Asia mediante fibra óptica no sería solo un cable; sería un vector de vulnerabilidad estratégica.

Washington lo plantea como prevención. El problema es el tono y el contexto: la advertencia pública, el reproche explícito, la insinuación de que el actual gobierno no actuó y que el entrante sí lo hará. Eso no es solo política exterior; es una señal doméstica amplificada.

Y aquí entra la derecha chilena, que ha cerrado filas con el embajador, celebrando la “claridad” de sus dichos y relativizando cualquier acusación de injerencia. Resulta curioso: quienes suelen invocar soberanía como principio innegociable, hoy la redefinen como una variable negociable si el aliado estratégico así lo estima conveniente.

Seguridad como llave maestra

La matriz de intensidad democrática obliga a distinguir: no estamos ante tanques ni ultimátums formales. Estamos ante algo más sutil y contemporáneo: el uso de la seguridad como llave maestra para reordenar prioridades políticas.

Cuando un embajador afirma que podría revisarse “todo el espectro de intercambio de información” con Chile, el mensaje no es técnico; es disuasivo. Cuando sugiere que la sorpresa del gobierno es “irrisoria”, no está dialogando; está marcando jerarquías.

El riesgo democrático no radica en la revocación de visas —facultad soberana indiscutible— sino en la normalización de un discurso donde una potencia externa valida a un gobierno electo y desautoriza implícitamente a otro. Si eso se acepta como parte del paisaje, la línea entre cooperación y tutelaje se desdibuja.

La ministra Camila Vallejo habló de medida “arbitraria y unilateral” y recordó que Chile decide “sin presiones externas”. Es la respuesta esperable. Pero el debate de fondo no es solo bilateral; es cultural: ¿cuánto estamos dispuestos a aceptar que la geopolítica determine la agenda interna?

La derecha y el espejo

Hay una segunda contradicción: la derecha que denuncia cualquier atisbo de multilateralismo “ideologizado” hoy respalda sin matices una intervención retórica directa. Si el mismo tono proviniera de otro eje de poder —imaginemos una capital latinoamericana o europea—, ¿la reacción sería idéntica?

El entusiasmo con que algunos sectores celebran la dureza del embajador revela algo más profundo: la tentación de externalizar la validación política. Si Washington critica al gobierno saliente y elogia al entrante, entonces la historia parece alinearse con una narrativa local.

Pero la democracia no se mide por simpatías externas, sino por la capacidad de resolver tensiones dentro de sus propias instituciones.

Historia, memoria y pregunta

Chile tiene una historia suficientemente compleja con las “preocupaciones” externas como para trivializar los gestos. No se trata de dramatizar ni de sobreactuar. Se trata de recordar que la soberanía no es una consigna; es una práctica cotidiana que se ejerce incluso cuando incomoda a aliados.

La cooperación estratégica es necesaria. La protección de datos y la infraestructura crítica también. Pero el tono importa. Y las señales políticas, más aún.

Si normalizamos que un embajador opine sobre la dirección política deseable para el país mientras sanciona a autoridades en ejercicio, ¿no estamos aceptando, con elegante resignación, que la frontera entre amistad y condicionamiento se vuelva cada vez más difusa?

En tiempos de polarización y pulsiones iliberales, la pregunta no es si Chile puede decidir. La pregunta es si estamos dispuestos a defender que decida sin tutor.

Félix Montano



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *