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La poesía alborotaba los corazones: un texto de Manuel Cabieses sobre la prisión política en Chacabuco

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En Chacabuco había dos clases de prisioneros: los poetas y los otros. Los primeros éramos casi todos y así se demostró en el Festival de la Poesía que organizó la comisión de cultura del Consejo de Ancianos. Decenas y decenas de poemas llegaron en el plazo fijado en la convocatoria. Por supuesto todos escritos a mano en papeles de diverso tipo, desde el block de cartas o las hojas arrancadas a cuadernos de composición y matemáticas, hasta el reverso de viejas planillas de contabilidad utilizadas en la antigua oficina salitrera. Plagados de errores ortográficos, casi todos buscaban rimar estrofa con estrofa. El tema recurrente, desde luego, era el amor. Amor por la compañera lejana, por los hijos o los padres. Muchas añoranzas de la libertad perdida. Referencias, aunque veladas, a la lucha contra la dictadura. Elogios al compañerismo y solidaridad encontrados en Chacabuco y en otras prisiones. Recuerdo a un compañero panadero que casi a diario iba en mi búsqueda para entregarme nuevos poemas, recién salidos del horno. Yo le sacaba el cuerpo porque no solo tenía que recibir sus poesías −lo cual era mi obligación−, sino también escuchar su lectura e ingeniármelas para dar algunas consejos presuntamente “doctos” que alentaran su nueva vocación.

Sucede que era imposible no sentirse un poco poeta en Chacabuco. En medio del desierto de Atacama (calor de día, frío en la noche), en los años veinte del siglo pasado albergó hasta siete mil habitantes. Familias completas y también obreros solteros. La mayoría provenían del sur e intentaban ahorrar parte de sus salarios para volver algún día a arar la tierra. Sin embargo sus sueños y esperanzas se marchitaban según pasaba el tiempo. A nosotros, que heredamos los escombros de Chacabuco y las sombras de sus antiguos moradores, nos ocurría algo parecido. También añorábamos la familia y el hogar lejano. Alrededor de 900 prisioneros nos habíamos convertido en señores de un espacio cercado por alambradas y torres de vigilancia. Si se hacía abstracción de los soldados que nos observaban acariciando el lomo aceitoso de sus fusiles-ametralladoras, uno podía imaginar que estaba en libertad y actuar como si el espejismo fuese realidad… En ese instante, en estado de trance que borraba los contornos de las alambradas y del campo minado −que casi a diario despedazaba perros vagos del desierto−, comenzaba el poema de cada día.

En el Consejo de Ancianos nos preocupábamos de organizar cientos de actividades. De lo que se trataba era de mantener la mente y el cuerpo ocupados. No dar lugar al “caldo de cabeza” que hace detonar la demencia en la prisión.. Así surgieron una universidad popular, un policlínico, una pulpería, un correo, un club deportivo y hasta un observatorio astronómico. Se alfabetizaba y se dictaban cursos de idiomas, filosofía, primeros auxilios y conocimientos de medicina, construcción, agricultura, periodismo, sicología, etc. Estaban los periodistas que mantenían un diario mural. Los artistas, cantantes, tramoyistas y directores de escena que ensayaban hasta la perfección el show de los domingos. El coro cantando el Himno a la Alegría de Beethoven que siempre nos hacía lagrimear. Estaban los que leían el tarot y los que practicaban el espiritismo. Los deportistas y sus campeonatos de fútbol y atletismo. Las competencias de ajedrez y las exposiciones de artesanía, dibujo, grabado y acuarela. Estaban los católicos y evangélicos con sus oraciones. Estaban los partidos políticos en la clandestinidad de la prisión. Y una vez al mes, estaba el delirio: la visita de los familiares. El amor de carne y hueso de nuestras valientes mujeres, de nuestros hijos, de las novias y los padres de los más jóvenes.

Chacabuco era un hormiguero de incesante actividad. Al llegar la noche −noches del desierto cuajadas de estrellas que se derraman sobre la tierra−, nos acostábamos cansados. Pero la noche también era para escuchar Radio Moscú y Radio Habana que nos informaban lo que sucedía en el país de más allá de las alambradas.




En ese terreno árido, hecho de jirones de recuerdos y de leyendas pampinas, floreció la poesía y esto permitió convocar a un festival que abrió cauce a los sentimientos apenas contenidos por la dignidad que nos imponíamos en nuestro comportamiento como “prisioneros de guerra”.

Los poemas de Jorge Montealegre, Rafael Salas, Santiago Cavieres, Héctor Benavides y demás compañeros, cuya lectura nos hizo sentir aquella emoción que nubla la vista, forman parte de la historia del Campo de Prisioneros de Chacabuco. Son testimonio de una realidad diferente, más humana, que construimos nosotros mismos para derrotar el temor y tejer la solidaridad, el valor más alto de la especie humana.

Si nuestra experiencia en Chacabuco nos permitió escapar a la pesadilla del horror, bien vale la pena rescatar ese y otros sueños para intentar −una vez más− construir la sociedad solidaria y sin fronteras que se dio en las prisiones y en la clandestinidad.

La poesía, sin duda, puede ser un hilo conductor de este esfuerzo. Porque ella es el eco de sentimientos muy profundos del ser humano, como los que florecieron en el desierto.

Manuel Cabieses Donoso
Diciembre de 2013

*Este testimonio fue publicado originalmente en el libro «Noticias de un pueblo fantasma. Chacabuco: prisión y verso libre» (2023), de Jorge Montealegre, editado como parte de la Colección 50 años de Editorial Usach. Nuestros agradecimientos a Jorge Montealegre por permitir la publicación del texto.



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