
El ataque a Irán es inseparable de la cuestión palestina
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Muchos expertos, entre ellos altos mandos retirados estadounidenses y británicos, dudan de que Estados Unidos vaya a imponerse en Irán y prevén otra debacle. Puede que tengan razón o puede que no. Sin embargo, lo que le importa a Netanyahu no es el éxito del ejército estadounidense, sino la idea de que Irán se debilite, sea cual sea el resultado. Si esto no ocurriera, el Estado sionista —la «supersparta», como Netanyahu describió a Israel hace unos meses— es capaz de desatar una catástrofe sin precedentes usando sus armas nucleares, lo que haría parecer insignificante, en comparación, el genocidio de Gaza.

Gran parte del debate en torno a la actual guerra contra Irán se centra en sus posibles consecuencias para Estados Unidos. Una de las preguntas más frecuentes es si Washington sufrirá otra pérdida de prestigio en Oriente Medio. Pero esta es una pregunta equivocada. Incluso si la guerra provoca el caos y, en última instancia, perjudica a Estados Unidos y Europa, como lo hicieron las intervenciones anteriores en Irak, Libia y Siria, la cuestión más importante es qué beneficios obtendrá Israel, promotor e iniciador de la guerra. Al fin y al cabo, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha dicho que llevaba 40 años planeando esta guerra.
La razón de ello es la postura de principio de Irán en favor de la justicia para los palestinos. Ese compromiso trasciende las divisiones religiosas: Irán es predominantemente chiíta, mientras que los palestinos son predominantemente sunítas. Los iraníes y sus aliados en el Líbano y Yemen están dispuestos a morir como mártires, y muchos ya han sido asesinados por los ataques conjuntos de Israel y Estados Unidos. Sin embargo, el anhelo de justicia ha demostrado ser profundo y resistente.
Irán sigue siendo el principal bastión de la resistencia a Israel. No solo condena el régimen de apartheid y el genocidio de Israel en Gaza, sino que también apoya a grupos de resistencia armada como Hezbolá y Hamás. Por el contrario, casi todos los gobiernos de la región solo se oponen declarativamente a la ocupación y la opresión de Palestina por parte de Israel mientras en la práctica colaboran.
Turquía es un importante punto de tránsito para el petróleo y el gas que se suministra a Israel. Egipto ha ayudado a Israel a aislar Gaza y a matar de hambre a sus habitantes. Durante el último ataque israelí contra Irán en 2025, las defensas aéreas jordanas y saudíes protegieron a Israel de los misiles iraníes. Los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán formalizaron sus relaciones con Israel a través de los Acuerdos de Abraham de 2020. Elbit, una empresa israelí, representa el 12 % del total de las importaciones de armas de Marruecos, y otros regímenes árabes compran abierta o tácitamente armas y equipos de vigilancia israelíes. Este patrón se observa en muchos otros países, especialmente en Occidente.
Sin mencionar su propio arsenal nuclear, Israel ha estado dando la voz de alarma sobre la amenaza inminente de un arma nuclear iraní. Blandiendo diagramas, Netanyahu ha argumentado durante décadas que Irán está a solo unas semanas de fabricar la bomba. Estas repetidas afirmaciones solo han servido para confirmar las conclusiones de los profesionales de la inteligencia estadounidense y de otros países de que Teheran no estaba buscando ese tipo de armas. Sin embargo, estas acusaciones infundadas han sido invocadas por Donald Trump y otros, como el primer ministro canadiense Mark Carney, que han expresado su apoyo a la guerra con Irán. Este síntoma de la desmodernización política de Occidente —el retroceso del debate racional hacia la afirmación emocional sin pruebas— también es evidente en la actual campaña de militarización basada en supuestas amenazas de China y Rusia.
La preocupación de Israel por los derechos humanos de los iraníes es igualmente falsa. En realidad, Israel busca fragmentar, debilitar y desarmar a Irán, eliminando así a la República Islámica como el último gran Estado que se opone a Israel en la región. Israel quiere que Irán acepte la tutela israelí/occidental en la forma de Reza Pahlavi, el hijo mayor del último Sha de Irán, u otro colaborador. Pero el objetivo principal es eliminar la última defensa de los derechos palestinos y hacer que el Estado iraní sea disfuncional.
Por lo tanto, la causa fundamental del ataque militar contra Irán es la cuestión de Palestina. Todas las guerras de Israel se han librado para perpetuar la naturaleza sionista del Estado, es decir, para resistirse a la idea de la igualdad de todos los habitantes de la tierra entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. En otras palabras, el sionismo es la principal causa de la violencia en la región.
La ideología del sionismo está consagrada en una de las Leyes Fundamentales de Israel, que funcionan como su constitución. Es oficialmente un Estado sionista y se describe a sí mismo como «el Estado-nación del pueblo judío». Esto incluye a los judíos que viven fuera de Israel, independientemente de su actitud hacia el Estado sionista, ya sean partidarios entusiastas, opositores o indiferentes. Esto, en la práctica, convierte a los judíos de todo el mundo en rehenes, haciéndolos vulnerables al oprobio e incluso a la violencia de quienes están horrorizados por las acciones de Israel.
Un número cada vez mayor de israelíes cree que los palestinos, incluidos aquellos que evitaron la expulsión en 1948 y ahora son ciudadanos israelíes, no tienen cabida en el país. Varios ministros del actual Gobierno están llevando a cabo activamente una limpieza étnica mediante penurias, exilio forzoso o genocidio. La tragedia de Gaza es la encarnación más convincente de la ideología sionista.
El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha admitido que el ataque de su país fue provocado por el ataque planeado por Israel contra Irán. Washington creía que el ataque israelí provocaría represalias contra los activos estadounidenses en la región, por lo que lanzó su propia «operación preventiva». Esta explicación es significativa. Sugiere que se dio luz verde a Israel para comenzar a bombardear Irán en el momento que eligiera. Esto puede parecer sorprendente, dado que gran parte del armamento avanzado de Israel es de fabricación estadounidense y su despliegue a gran escala requeriría la coordinación con Washington. La admisión de Rubio ha reavivado la vieja discusión entre los críticos de la derecha y la izquierda política de que las acciones de Estados Unidos en Oriente Medio han estado impulsadas en gran medida por las prioridades estratégicas de Israel, y no por las de Estados Unidos.
Por lo tanto, poco importa si las guerras estadounidenses en la región benefician a Estados Unidos económica, militar o políticamente. Tampoco importa el precio que los estadounidenses han pagado en sangre y dinero. La verdadera pregunta es si Israel se ha beneficiado de ellas.
Se podría argumentar que Israel ha sido el único beneficiario de las desventuras de Estados Unidos en Oriente Medio. La invasión de Irak en 2003 eliminó a Sadam Husein y a su Partido Baaz, lo que supuso la desaparición de Irak como potencia militar regional importante. La guerra civil siria, alimentada y prolongada por la intervención de la CIA y sus homólogos europeos, ha debilitado gravemente a otro adversario histórico de Israel. Mientras tanto, la intervención de la OTAN en Libia provocó el colapso de un Gobierno que había apoyado durante mucho tiempo la resistencia palestina. En cada uno de estos casos, los Estados que se habían opuesto al despojo de los palestinos por parte de Israel y que tenían el poder de actuar de forma independiente salieron mucho más debilitados que antes.
Estas acciones lideradas por Estados Unidos ponen en práctica las ideas expuestas en un documento político de 1996 titulado *A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm* (Un nuevo comienzo: una nueva estrategia para asegurar el reino). Este documento fue elaborado para el nuevo Gobierno israelí de Benjamin Netanyahu por un grupo de estudio dirigido por el estratega neoconservador estadounidense Richard Perle, que más tarde se convirtió en presidente del Consejo de Política de Defensa. Otros miembros del grupo eran Douglas Feith, que más tarde se convertiría en subsecretario de Defensa de Estados Unidos y a menudo se considera el arquitecto de la guerra de Irak de 2003, así como David Wurmser, que pasaría a ser asesor para Oriente Medio de Dick Cheney y John Bolton. El informe proponía una nueva estrategia regional mucho más ambiciosa para Israel. Este documento, elaborado por miembros de la élite de Washington a menudo denominados «Israel-firsters», se hizo público, lo que significa que sus ideas son una cuestión de hecho y no de conjeturas.
Israel se ha mostrado centrado y flexible a la hora de recabar el apoyo de las grandes potencias. Al principio de su existencia, el Estado dependía del respaldo político y las armas de la Unión Soviética. Stalin pretendía debilitar a Gran Bretaña en Asia Occidental y esperaba, aunque en vano, que la retórica socialista de Israel lo convirtiera en un aliado de la URSS en la región. Más tarde, Israel se alió con Gran Bretaña y Francia cuando estas se aferraban desesperadamente a sus imperios coloniales. Sin embargo, encontró su apoyo más duradero en Washington.
Este apoyo ha sido movilizado y organizado por un poderoso grupo de presión formado por sionistas cristianos y judíos. Esto es bien conocido y está documentado en diversas fuentes, entre ellas el libro de John Mearsheimer y Stephen Walt de 2007 *The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy* (El lobby israelí y la política exterior estadounidense). Durante la guerra actual, se ha informado que los sionistas cristianos han estado adoctrinando a las tropas estadounidenses desplegadas presentando el ataque a Irán como una guerra santa y un medio para provocar la segunda venida. Los comandantes han invocado la retórica cristiana extremista sobre el «fin de los tiempos» bíblico para justificar su participación en la guerra con Irán. Un comandante dijo que «el presidente Trump ha sido ungido por Jesús para encender la hoguera en Irán que provocará el Armagedón y marcará su regreso a la Tierra». Aunque el secretario de Guerra, Pete Hegseth, no ha respaldado explícitamente este tipo de propaganda, sus opiniones, y las de muchos otros miembros de la administración Trump, coinciden en gran medida con ellas.
Sin embargo, están apareciendo grietas en el apoyo anteriormente sólido a Israel en Estados Unidos. El genocidio en Gaza ha alienado a muchos judíos y cristianos estadounidenses. Por primera vez en la historia de las relaciones entre Estados Unidos e Israel, en 2026 más estadounidenses expresaron su apoyo a los palestinos que a los israelíes.
Intuyendo que este descontento podría acabar aflojando el control de Israel sobre la política exterior estadounidense, Netanyahu actuó con rapidez y visitó a Trump siete veces en menos de un año. Sucumbiendo a esta presión, Trump tampoco tenía tiempo que perder. La Copa del Mundo se celebrará en Norteamérica en verano y, lo que es más importante, las elecciones de mitad de mandato son en noviembre. Por lo tanto, independientemente del consejo de sus asesores militares y de inteligencia, ordenó a las fuerzas estadounidenses que se unieran a Israel para atacar Irán el 28 de febrero.
Israel lleva mucho tiempo despreciando abiertamente el derecho internacional, utilizando descaradamente su superioridad militar y tecnológica contra sus vecinos. Por su parte, Estados Unidos solía al menos fingir respetar el derecho internacional. Ahora, sin embargo, Trump afirma abiertamente que no lo necesita, y que en su lugar se basa en su «propia moralidad». Su jefe de gabinete adjunto, Stephen Miller, explicó: “Vivimos en un mundo en el que se puede hablar todo lo que se quiera sobre las sutilezas internacionales y todo lo demás”. Añadió que el mundo está «gobernado por la fuerza, por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo».
Muchos expertos, entre ellos altos mandos retirados estadounidenses y británicos, dudan de que Estados Unidos vaya a imponerse en Irán y prevén otra debacle. Puede que tengan razón o puede que no. Sin embargo, lo que le importa a Netanyahu no es el éxito del ejército estadounidense, sino la idea de que Irán probablemente se debilite, sea cual sea el resultado. Si esto no se materializa y el régimen de apartheid de Israel se enfrenta a una amenaza existencial, tiene armas nucleares que puede utilizar como último recurso. Todo lo que se dice sobre la «amenaza nuclear de Irán» no debe ocultar el hecho de que dos potencias nucleares han atacado conjuntamente a un país no nuclear.
Si la apuesta de Israel fracasa, su cultura política cínica y egocéntrica sugiere que utilizaría armas nucleares en lugar de abandonar el sionismo y negociar una transformación política del régimen actual hacia un sistema más inclusivo. Décadas de instrumentalizar el Holocausto han convencido a la mayoría de los judíos israelíes de que solo «el Estado judío» puede garantizar su supervivencia. Israel preferiría destruir Irán, un país de 93 millones de habitantes, antes que aceptar la igualdad con los palestinos a los que ahora controla en Gaza y Cisjordania.
Si bien es importante evaluar las posibilidades de Estados Unidos de mantener su hegemonía mundial tras esta guerra, es imprescindible prestar atención a las posibles consecuencias para Israel, el iniciador de la guerra. El Estado sionista —la «supersparta», como Netanyahu describió a Israel hace unos meses— es capaz de desatar una catástrofe sin precedentes que haría parecer insignificante, en comparación, el genocidio de Gaza. Como ha demostrado el genocidio que se está produciendo en Gaza, nadie se atreve a detener a Israel.
Autor: Yakov Rabkin
(Publicado en: The wrong question about the war in Iran )





